CUENTO
Padrenuestro, un cuento de Harold Kremer
28 · JULIO · 2026

Me levantaba, me bañaba inmediatamente y, luego de vestirme, rezaba un padrenuestro. La Leona me dijo que lo hiciera, que eso ni me quitaba ni me ponía y que, quizás, me iba a ayudar un poco.
—Vale —me dije, y empecé a hacerlo.
*
A veces caminaba las 17 cuadras hasta el Hospital Psiquiátrico. Otras, me iba en bus. Antes de entrar, arrimaba a una cafetería a tomar café con arepa. Allí atendían el Caliche y su mujer. Él siempre se quedaba un rato conmigo, contando cosas de su vida o lo que les había pasado a otras personas.
—Cuando el tipo se resbaló, el otro aprovechó y le pegó cinco pepazos —contó una mañana—. Dicen que el hombre debía algo y por eso le dieron.
—Cada vez que matan a alguien la gente afirma que debía algo —le dije—. ¿Te parece que ese sea un motivo para asesinar?
—Yo lo distinguía y siempre me pareció que era un vicioso —agregaba.
Terminaba el café, me levantaba y el Caliche preguntaba:
—¿Cuándo nos vemos para tomar unas cervezas?
Entonces señalaba con los labios hacia su mujer. Le decía:
—Si la llevamos a ella, vamos esta noche, ¿te parece?
*
Al entrar, la Leona me saludaba levantando las cejas. Ya estaba hablando con la gente, los escuchaba y anotaba en una libreta un dato. Yo leí varias veces esa libreta: “Pedro, posible esquizofrénico. Anciana coja: ansiedad. El tuerto: neurosis. El negro calvo: rehabilitado, alcohólico”. Me sentaba en el escritorio y me dictaba los nombres de la libreta. Cuando no sabía el nombre, se acercaba y me daba el dato al oído: “El enano de camisa roja”. Nunca creí que existiera gente que no sabía su nombre. La Leona me decía que sí lo sabían, pero que no querían decirlos. Cuando ella entraba al consultorio, miraba la lista, me acercaba a cada uno de ellos y les preguntaba el nombre. Algunos ni me miraban. Otros me decían varios nombres. Creo que no sabían sus nombres. Al final me guiaba por los datos de la Leona. Miraba la lista y sabía que seguía “el canoso que huele feo”. A media mañana, la Leona me llevaba a la cafetería. A veces yo no quería ir, pero insistía. Dos horas de trabajo y ya estaba agotada. Bebía un café. Se recogía el espeso cabello con un gancho. Después íbamos al patio y encendía un cigarrillo. Me preguntaba cómo estaba, qué tal dormía, qué necesitaba.
—Todos los días rezo el padrenuestro —le decía.
Me miraba, aspiraba el cigarrillo:
—Eso está bien. No te va a hacer ningún daño rezar. Además, el padrenuestro es el poema más bello que existe en cualquier lengua.
Le pregunté si ella rezaba.
—No, soy atea, no creo en nada, pero todos los días leo en voz alta un poema. Siempre uno distinto. Eso me ayuda.
Ella también fue drogadicta, estuvo en varios centros de rehabilitación. Era psiquiatra y creía que un día se iba a derrumbar.
—Hay días en que quiero mandar todo a la mierda, pero trabajar con esta gente me ayuda.
*
A las seis salía para la casa. Vivía con mi abuelo, hasta que volviera a recaer.
—Te quiero mucho, Luisa —me dijo cuando me recibió—, pero yo ya estoy más allá que acá y no tengo fuerzas para luchar por ti. Además, eso de meter drogas es un vicio feo. En mi época sólo nos emborrachábamos, algo decente. Por eso, si vuelves a consumir, te vas de mi casa.
Nadie lucha por nadie. Eso ya lo sé. Siempre hacía el recorrido a pie porque a esa hora de la tarde los buses van congestionados. Un día iba por un lado de la calle, el siguiente por el otro. Caminaba hasta un parque y me sentaba en una de las bancas a observar a los niños. Luego, seguía hasta el parque siguiente y daba una vuelta hasta retomar el camino a casa. Una vez, el Caliche me siguió. Esperó tres cuadras, para que su mujer no lo viera.
—Vamos por esas cervezas.
Sonreí. Seguí caminando. Hablaba y hablaba. De pronto me detuvo.
—Aquí venden cerveza.
—Ya no bebo, Caliche.
Me miró como si fuera un sapo blanco.
—Apenas una.
—Ni una.
Caminó tres cuadras más a mi lado, en silencio. Me detuvo otra vez.
—¿Puedo decirte algo muy importante?
—Vale, Caliche, sólo dilo.
—Me gustas mucho, Luisa, creo que estoy enamorado.
—No te compliques la vida, Caliche, tú tienes una mujer muy bella. Con ella serás siempre un ganador. Conmigo serás un perdedor.
*
—¿Tienes novio? —me preguntó un día la Leona.
—No.
—¿Por qué?
—Todos mis novios están muertos, Leona, o los mataron o se mataron ellos mismos.
—¿Quieres tener novio?
—No.
—Consigue uno. Quizás eso te ayude.
—No quiero. Y tú, Leona, ¿tienes un novio?
—No.
—¿Por qué tus consejos le sirven a los otros y nunca a ti?
—No sé, tal vez porque soy psiquiatra.
—¿Cómo haces, entonces, con los pacientes? ¿Cómo les das consejos en los que tú misma no crees?
—No sé. Los mandaría donde un psicoanalista a que los ayude a descubrir sus problemas, pero no tienen tiempo, Luisa, nada de tiempo, ni dinero, nada de nada. Un día más y se suicidan… o matan a alguien. Al menos cuando salen de mi consultorio tienen otro rostro, otra actitud. Sé que eso no les dura mucho, a veces ni una hora, pero es lo mejor que puedo hacer.
—¿Por qué no te consigues un novio, Leona?
—Te voy a decir algo: el último novio me dejó tan mal que volví a recaer, y peor que antes. Un día abrí los ojos y estaba hospitalizada. Ese hijo de puta me jodió la vida.
—La vida se la jode uno mismo, nadie se la jode, Leona. Esa es tu frase de cabecera.
Aspiró una bocanada del cigarrillo y se marchó. Yo me quedé un rato más en el patio. Dejé que el sol me acariciara. La verdad, tuve un novio, o amante… o no sé qué era. Lo conocí en el segundo parque donde siempre doy una vuelta antes de seguir a casa. Vivía a una cuadra. Algunas veces salía a caminar, a fumarse un porro. Trabajaba en un banco, de cajero, tenía un hijo de seis años y aspiraba a comprar, pronto, un carro. Una vida de mierda. A veces subía con él al apartamento. No le quise decir mi nombre. Al principio dijo que le parecía bien, que era lo mejor para no crear lazos afectivos. Perfecto. Hacíamos el amor despacio, sin hablar. Luego me vestía y me marchaba. Con el paso de los días me quedaba un poco más hasta que, una noche, me quedé a dormir. Y el silencio glorioso se terminó. Hablaba de su infancia, de la familia, de sus planes, de su ex mujer, del banco, de su jefe, del vecino. Yo lo escuchaba y asentía. Un día me susurró al oído que creía que me amaba. Mierda. No volví a subir nunca más.
*
Bebía un café donde el Caliche. Antes de salir de casa me había tomado dos anfetaminas. Estaba llena de energía, aunque el mundo giraba lento, muy lento. El Caliche trajo el café con una arepa. No recordaba si la había pedido, pero de todos modos empecé a masticar.
—Creo que me voy a separar de Mariana —dijo.
Al fondo vi a Mariana. Estaba detrás de la barra, mirándonos.
Acabé rápido el café y la arepa.
—¿Qué piensas de separarme de ella? —me preguntó antes de marcharme.
—Nada, Caliche, no pienso nada.
*
La Leona cada día estaba más ansiosa. Un día insultó a un paciente. Lo sacó del consultorio y, delante de todos, le gritó que si le daba la gran puta gana se suicidara. Enseguida miró a los otros pacientes y a mí, y se encerró. No atendió a nadie más en la mañana. Todos estábamos allí a la espera de algo, pero nada sucedió. Había un tipo con bigote que hablaba solo y miraba a un punto perdido. De vez en cuando alzaba la voz: “¡Te dije que te portaras bien, mamá! ¡Te lo dije!”. Otro se había dormido. Una mujer se apretaba el pecho y susurraba unas palabras. Pedro, a quien ya conocía, se tapaba los oídos. Decía: “No me pidas que haga eso. No puedo hacerlo”. Se acercó a mi escritorio.
—Necesito a la doctora.
—Ahora está ocupada.
—Deme mis pastillas.
—¿Cuáles?
—¡Mi ración, necesito mi ración!
—No tengo pastillas, no puedo darte pastillas.
Pedro se agarraba las orejas, caminaba de un lado a otro de la sala. Me levanté, toqué la puerta. La Leona la había cerrado con llave. Fui al patio a fumar. Al volver, la puerta estaba abierta. Entré. La Leona me entregó un frasco de calmantes, con la orden de repartirlos y despachar a los pacientes. Le di dos a cada uno y el resto, más de la mitad del frasco, las guardé para mí. Me tomé dos y me senté a esperar.
*
Me daba miedo morirme sin luz y mi abuelo siempre apagaba los bombillos.
—Hay que ahorrar energía, Luisa —decía. Se quedaba un rato en el resquicio de la puerta—. ¿Cómo estás?
—Bien, abuelo, bien.
—A veces llegas muy tarde y no puedo dormir. Lo mejor es que, si te pasas de las nueve de la noche, no vengas a casa. ¿Entendiste, mija?
—Sí, abuelo.
*
Eran las diez de la mañana y la Leona no llegaba. El director del Hospital distribuyó las consultas entre otros psiquiatras. Los pacientes protestaron. Una mujer se puso a llorar: pedía a gritos a la doctora Claudia. Otro le daba golpes a una pared.
—¡Ella ya conoce, ya conoce, ya conoce! —aullaba.
Un bizco vomitó en la mitad de la sala. El director los echó.
—¡Se van a la puta mierda! —les gritó.
Vinieron tres enfermeros y se pararon detrás del director. Poco a poco los llevaron a otros consultorios. Me había tomado tres calmantes, tenía la lengua pastosa. Por eso no hablé. Me quedé sentada, esperando.
—Vete a casa —dijo—. Y vuelve el lunes por tu cheque de liquidación.
No lo miré. Seguí sentada, observando a un último paciente, Camilo, que lloraba y hablaba con un ser invisible. Yo sabía con quién hablaba: su novia muerta. Me concentré en el punto donde debía estar la mujer. No había nadie. Cerré los ojos y pude verla, o adivinarla. Tenía puesto el vestido blanco de novia, un ramo pequeño de rosas en las manos y el rostro cubierto con un velo. Así decía el novio que la veía. Era el amor de su vida.
—La que iba a ser la madre de mis hijos —nos dijo una vez a la Leona y a mí—. ¿No la ven? ¡Allí está! ¡Está más bella cada día que pasa! ¿La ven?
La Leona dijo que sí la veía, que era muy hermosa y que parecía feliz.
—Seguro que algún día se casará contigo —agregó—. Ahora ve con Luisa y espera tus dos píldoras.
Luego, me entregó más pastillas diciendo que, mejor, le diera cuatro. Salí, le di dos y las otras las guardé para mí. La novia de Camilo, Leonora, salió de su casa a la iglesia. Allí estaba Camilo esperándola para casarse, y se quedó esperando porque un bus chocó el taxi. Leonora murió. Vestida de novia.
Sentí que me tocaban el hombro. Era el director.
—Vete a casa y vuelve el lunes —repitió.
—¿Y la Leona?
—La doctora Claudia no va a volver. Vete a casa.
Yo seguía mirando a Camilo.
—¡Oye! —gritó—. ¿Estás drogada? ¡Me oyes!
Entonces lo miré y sonreí.
—¡Fuera! —gritó—. ¡Necesito poner esto en orden! ¡Fuera!
Seguí sentada, sonriendo, sin entender qué pasaba.
—¿Y la Leona?
—¿Leona? ¡Deja de decirle así, carajo! Se llama Claudia, la doctora Claudia, y no va a volver. ¡Fuera!
Con una mano les indicó a los enfermeros que me sacaran. Me levantaron por los sobacos, como si fuera una almohada, y me llevaron a la puerta. Pedí, a gritos, mi bolso. Empecé a resistirme. Uno de ellos se devolvió por el bolso. Esperaron a que estuviera fuera y se marcharon.
*
Conocí a Fernando, un tipo que luego enloqueció. Eso fue dos años atrás. Bebía todo el tiempo y metía cocaína. Cada vez que necesitaba dinero se largaba y un día después volvía con botellas de whisky y bolsas de cocaína. En esa época me pasé a vivir con él. Todo el tiempo comíamos papas fritas y bebíamos agua. Metíamos cocaína para beber y luego, borrachos, metíamos más coca para seguir bebiendo. Fueron dos meses de locura. Pero me detuve porque tuve una visión de lo que iba a suceder. No lo recuerdo bien, pero sé que vi lo que iba a pasar. Las reservas se nos acabaron y Fernando salió por provisiones. Llevaba dos días sin aparecer. Yo estaba desesperada consumiendo los últimos restos. De pronto vi que llegaban los policías, invadían el lugar y buscaban pruebas del crimen: un cuchillo de hoja larga.
Esa fue la visión.
Decidí largarme de inmediato. Llamé a mi madre y le dije que quería internarme, que fuera por mí. Ella llegó en un taxi y me llevó a Rondas, un centro de rehabilitación. Allí me recibió la Leona, allí la conocí. Me inyectó. Dormí dos días. Recuerdo que al abrir los ojos vi la espesa cabellera de la Leona preguntándome cómo me sentía. Luchaba para abrir mis ojos. Fue cuando sentí que Claudia era una leona. Se lo dije y ella me dijo que las leonas no tenían melena. Estuve en Rondas trece meses. Cuando me permitieron salir, la Leona me ofreció ser su secretaria temporal en el Psiquiátrico. Afuera me enteré de que Fernando había asesinado a su madre a cuchillazos porque se negó a darle dinero. No sé si lo que tuve fue una visión o Fernando me había hablado de ella cuando consumíamos. Es posible, como también es posible que me contara lo que iba a hacer. No lo recuerdo. Tampoco recuerdo si se llevó el cuchillo del apartamento, uno que usábamos para romper las bolsas de papas.
*
Finalmente alguien contestó el celular de la Leona. Era una voz de mujer. Al principio no quería decirme nada. Luego me respondió con insultos. Cometí el error de preguntar por la Leona, no por la doctora Claudia. Cuando caí en cuenta, fui donde el Caliche y le pedí que llamara. Se hizo pasar por un psiquiatra colega.
—Está hospitalizada —dijo—. En coma por sobredosis.
Me vestí con la mejor ropa que tenía, me puse rubor, me lavé el pelo, me tragué cuatro pepas y fui al hospital. Al llegar al pabellón de intoxicados, desde lejos adiviné a la madre de la Leona: tenían el mismo pelo. Me presenté como una enviada del director del Psiquiátrico. Ella, doña Leonor, me miró de arriba abajo. Enseguida rompió en llanto. No sabía por qué la Leona salió así, sin amor por la vida. Se preguntaba y me preguntó qué hizo mal en la vida. Levanté los hombros. Le dije que iba a mejorar, que iba a salir de esta. Entramos y ahí, en la cama, pálida y muy delgada, estaba la Leona. Me acerqué, le cogí una mano.
—No ha despertado desde que la internamos.
Me senté a su lado. Entendí que iba a morir. La vida es un frasco de miel revuelto con vinagre. Y mierda, porque también huele feo. Dulce y amarga. La Leona estaba lista para morir. Ya era su hora, ya no más demonios ni dioses. Doña Leonor me preguntó si me iba a quedar. Dije que sí.
—Así puedo ir a la casa y volver luego.
Dije que sí.
—Yo la cuido.
Se largó y nunca la volví a ver.
Dos días después sentí unas voces que me despertaron. Me había quedado dormida en un asiento al lado de la cama. Una enfermera dijo que me corriera. Estaban encima de la Leona dándole masajes al corazón. Luego, le aplicaron una inyección. Volvieron a darle masajes. Yo estaba de pie, observando. De pronto el médico miró a la enfermera y enseguida a mí. Me preguntó si era de la familia.
—Es mi hermana —mentí.
Me quedé allí un rato, de pie en el centro del cuarto. Esperé a que salieran, me senté a un lado, en la cama, le cogí una mano y la apreté. Estaba fría. Cerré los ojos, me acerqué a su oreja y le susurré un padrenuestro. Le dije que lo tomara como un poema. Le dije que me alegraba por su muerte, que la envidiaba. Luego fui al baño, me tragué todas las píldoras que encontré en mi bolso y salí a la calle.
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Harold Kremer (Buga, 1955) es un destacado escritor, docente e investigador colombiano, reconocido internacionalmente como uno de los grandes pioneros del minicuento y la microficción en su país. Magíster en Literatura por la Universidad del Valle, ha ejercido la docencia en prestigiosas universidades y ha sido un pilar en la gestión cultural como cofundador de Ekuóreo —la primera revista hispanoamericana de minicuento— y de la Red Nacional de Talleres de Creación Literaria (RELATA). Su obra narrativa se caracteriza por la precisión, la economía del lenguaje y la exploración de temas como lo fantástico, lo urbano, el erotismo y la violencia cotidiana.
Premios Obtenidos
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Premio de Cuento de la Casa de la Cultura de San Andrés (1983).
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Premio Nacional de Libro de Cuentos de la Universidad de Medellín (1985).
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Premio de Guión Cinematográfico de Colcultura por El amor de Milena (1985).
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Premio Nacional de Libro de Cuentos Jorge Isaacs (2014).
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Libros Publicados
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La noche más larga (1984)
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Rumor de mar
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El enano más fuerte del mundo
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El combate
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El prisionero de papá
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La cajita cuadrada
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¿Por qué me muerdes? (2013)
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El color de la cera en su rostro (2014)
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Patíbulo (2015)
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La casa mágica (2019)
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Doce mujeres, doce pequeñas muertes (2021)
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El cartógrafo del infierno (2021)
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El bar del muerto (2023)
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