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CUENTO

Atanasio de Los Laches, un cuento de Luis Fayad

30 · JULIO · 2026

Luis Fayad, Silabario, foto Jindrich Nosek (NoJin)

“Atanasio de Los Laches”, forma parte del libro de cuentos El hombre más feliz de la fiesta, Fondo de Cultura Económica, Colombia y México, 2025.

El parte de la oficina de prensa de la policía sobre la muerte de Atanasio, agente de la brigada contra robos y atracos, se emitió con dos falsedades; la primera le evitó a la institución comentarios desfavorables en su contra y la otra puso en resguardo la honra de dos servidores del establecimiento. Atanasio nació en el barrio de Los Laches y murió a los veinticinco años en una calle del centro de la ciudad.

Nació como salido de la nada y se hizo niño en la parte del barrio en la que era más la escasez que lo justo. Los recuerdos de sus padres le llegaron hasta sus cinco años de edad, o más que memoria eran imaginaciones. Tuvo que atenerse a testimonios que se confundían con enredos. Una u otra mujer le dijo que un barrendero lo había encontrado al borde de una zanja, cuando él tenía el tamaño de una lagartija, a punto de rodar y descalabrarse contra el fondo. Una mujer compasiva le puso a su historia una madre y un padre y lo dejó dormir en una estera tendida en el suelo, contra la puerta del garaje en el que ella vivía sola, dedicada a la limpieza de las casas de la otra parte del barrio.

Atanasio tuvo que atenerse otra vez a los rumores sobre sus padres. La mujer le dijo que habían muerto por falta de asistencia médica, de tuberculosis o de artritis aguda, y que los vecinos los habían enterrado en un potrero. De la ubicación de su casa le dieron las señas de la calle del enruanado, un viejo que iba con un burro recogiendo botellas y papel para vendérselos a los recicladores, y por falta de seguridad lo mandaron a las calles de arriba y de abajo. Después él se olvidó de la casa de sus padres y de si había tenido padres.

En lo poco que le oí una tarde en el apartamento de doña Cecilia le noté una obsesión sin gusto pero sin causarse daño. Atanasio trataba de recuperar los recuerdos que no tuvo, aunque ya en cuerpo y sentimiento estaba lejos de Los Laches. Ese fue el único día en que él y yo coincidimos en nuestras visitas, cuando yo tenía veintidós años y él veinticuatro.

No sabía la fecha de su nacimiento pero debía andar por los cinco años cuando se unió a tres de su edad, en un cuarto de una casa abandonada, a la que los obreros de la renovación no iban a llegar pronto. A su lado se acomodaron tres gozques que no buscaban pendencia y espantaban a las ratas. Atanasio y los suyos escarbaban las basuras o recibían de los vecinos sobras de comida o alguna prenda de vestir, con la condición de que se fueran a sus calles. Por una ventana, envueltos en un talego, les tiraban una camisa de cuello raído o unos zapatos de suelas gastadas, un puñado de arroz y un pan. Con las limosnas en la puerta de la iglesia compraban roscones y panes rellenos. Los empleados de las tiendas los atajaban un metro antes de la entrada, les sacaban el pedido y les recibían rápido las monedas. El párroco del barrio no los miraba con cariño pero un día entre semana y los domingos les repartía un plato de sopa. Los bautizó a los cuatro, con fecha y año de nacimiento aproximados, a él con el nombre de Atanasio Expósito, les enseñó a rezar y les pidió al acólito y a la mujer de la limpieza de la iglesia que les enseñaran las letras del alfabeto. Ellos aprendieron a leer y a escribir las palabras Dios, Mamá, Patria, que les parecieron ajenas, y otras pocas más.

El grupo de los cuatro se agrandó con un nuevo inseparable de siete años, familiarizado con otras calles. Una tarde les enseñó la movida en el centro de la ciudad. Salieron del barrio en fila india, con el mayor a la cabeza, y regresaron por la noche. A la tercera vez se quedaron en el centro. Nadie iba a echarlos de menos en Los Laches. Después de haberse metido tres días en ese otro barrio, con curiosidad y con cuidado pero sin miedo, ya estaban fogueados para andar entre edificios que se llevaban la mirada al cielo, de hacer parte de la multitud atareada o sin oficio que llenaba las aceras, de los ruidos de carros y buses y de las voces de los vendedores ambulantes y los pregoneros de lotería y de periódicos. Dormían en los parques o pegados al borde de los edificios, arropados con chiros y periódicos que recogían de la calle. Mendigaban monedas y sobras de comida, rapaban relojes y paraguas y corrían a venderlos sin regatear la miseria que les tiraban en las manos. No sentían la privación de nada, no se daban cuenta que de algún lado les negaban lo que por derecho y no como regalo era suyo. Ellos, los perros callejeros y las piedras eran cosas de cuidado y un estorbo en el camino.

Atanasio trajo de Los Laches los juegos con su pequeña patota y la risa por todo. Sabía imitar un ruego quejumbroso al pedir limosna, subía y bajaba los cerros, se reía al huir de los coscorrones de los malgeniados. A sus dieciséis años lo admitieron en empleos sin requisito de instrucción primaria en la hoja de vida, recadero en un taller de mecánica y repartidor de mercancía en otros negocios, a pie o en una bicicleta de los patrones. Pero el salario se le iba en una comida al día y la urgencia de una alimentación completa lo metió de atracador. Por un tiempo combinó las ganancias que le entraban por ambos lados, que en su conciencia eran igual de legales. Se especializó en blandir un cuchillo frente a los indefensos que iban por sitios poco concurridos, con una astucia o una suerte que lo ayudó a pagarse dos o tres comidas al día, almorzar en un restaurante o restaurantucho, con un plato de ingredientes mal combinados, revueltos de cualquier manera con tal de llenar el estómago, pero que a Atanasio, por su juventud y por el hambre y el gusto con que lo consumió, fue de liviana digestión. Y cada ocho días pudo costearse una fulana de la calle que por su edad o por su aspecto era la más barata.

Hasta que en una de sus salidas un agente de civil le cayó encima y agarrado del pescuezo lo montó en un carropatrulla. En el patio de la estación de policía lo hicieron desnudarse y lo lavaron con el chorro frío de una manguera, como hacían con los aprendices de raponeros que apestaban el aire de la calle, aunque el estado de Atanasio no llegaba a tanto. Después de dejarlo un rato en el patio tiritando de frío lo soltaron para no tener que alimentarlo gratis. Antes de cumplir los dieciocho años lo habían capturado nueve veces, a él solo o con alguno de sus nuevos pandilleros. Desde su tercer arresto inscribieron su nombre con antecedentes penales por atraco a mano armada, pero a falta de denuncias por derramamiento de sangre no pagó más de dos días entre rejas. Lo definieron como un majadero que se exponía a una bala por unas monedas y no por asaltar un banco. Al llegar a la mayoría de edad le advirtieron que podían juzgarlo y meterlo en la guandoca uno o dos años o los que sentenciara el juez.

La amenaza y los nuevos arrestos no le impidieron seguir otros años buscando el sustento de la única manera en que estaba entrenado. La última vez que lo soltaron un sargento lo detuvo en la puerta de salida con una seña. Mientras se le acercaba pareció que iba a darle una palmadita amistosa en el hombro. Le preguntó si pensaba emperrarse en sus travesuras o camellar en un trabajo serio. Atanasio le contestó que él era un ignorante y que a los ignorantes no les daban un buen trabajo. El sargento era un hombre maduro en el trato con los jóvenes levantados en la calle y les hablaba con una voz más taciturna con que les organizaba a sus agentes el turno de las patrullas. “Usted es un ignorante”, le dijo a Atanasio, “pero es avispado, me parece que a ratos ha podido vivir bien”. “Yo no sé lo que es vivir bien o vivir mal”, dijo Atanasio, “yo sé lo que es comer y sé lo que es no comer”. “¿Y cómo le parece si tratamos de que coma mejor?, aquí estamos necesitando personal de vigilancia a los conspiradores”. Atanasio no entendió. “Los conspiradores quieren atentar contra el gobierno y hay que vigilarlos, ¿cómo le parece si usted se especializa en el oficio?” En la estación de policía le tramitaron el documento de identidad y le asignaron un instructor. En pocos minutos la primera lección fue la última.

En una camioneta provista de cámaras Atanasio y su instructor enfocaban el movimiento de transeúntes a lo largo de las calles concurridas, o con las cámaras empotradas en la ventana de un edificio dominaban el mismo panorama desde arriba. Desde ese observatorio Atanasio tenía que descubrir a los integrantes de la banda de conspiradores. El instructor, un alegrón en los cuarenta, adoptó a Atanasio como un juguete querido, le echó un brazo al hombro y se lo mantuvo apretado mientras se reía de las escenas reflejadas en la pantalla, de un hombre que caminaba chueco y de la discusión acalorada de una pareja en plena esquina de la avenida Jiménez con carrera séptima. Después le dijo que se fijara en los hombres y en las mujeres que dialogaban en susurros, esos eran sospechosos de lanzarle una bomba al Capitolio.

En su primera sesión el instructor hizo una pausa larga, más interesado en tomar café o cerveza que en espiar las imágenes de la pantalla. Atanasio le recibió un billete y trajo las bebidas. “Ahora vamos a aburrirnos o a gozar otro rato”, le dijo el instructor, “¿a quién denunciaría usted entre los que parecen teatrales?”. Atanasio señaló a dos mujeres. Pero el instructor las conocía de su espionaje de otros días, eran dos vendedoras de dos almacenes de comercio que hablaban de sus novios o se ponían una cita para ir a cine. “Échele ojo a los que tienen pinta de pensadores”. Atanasio señaló a un hombre de vestido entero, con chaleco y corbata, apoyado en un paraguas, erguido, mirando a la ventana del piso alto de un edificio. Pero ese era un tinterillo con aires de marqués. De pronto el instructor volvió a pasarle el brazo a Atanasio por el hombro: “Fíjese en ese que lleva libros apretados contra el pecho, ha pasado muchas veces por aquí, seguro que va a reunirse con gente mala”. Atanasio vio al instructor enviar un mensaje telegráfico y enseguida vio en la pantalla a dos hombres que detenían al de los libros y se lo llevaban en medio de ellos. El instructor conocía el método de agotarlo con un interrogatorio sobre su oficio o profesión, su familia, sus idas y venidas por la ciudad, el uso de los libros, a sabiendas de que no iba a ser fácil sacarle una confesión, pero el fin era dejarlo amedrentado para que se le quitaran las ganas, si es que las tenía, de sublevarse contra las autoridades. El instructor hizo arrestar a una mujer con distintivos de venir del campo, que podía ser un enlace con la misión de formar en la ciudad una célula de apoyo a los insurrectos del monte. Atanasio no entendió. El instructor se demoró en dar parte a sus superiores de la inutilidad de Atanasio en el espionaje. Lo tuvo largo tiempo a su lado echándole el brazo al hombro cada vez que le señalaba a un hombre o a una mujer, aunque no le decía si a los sospechosos los delataba su vestido o su manera de caminar.

Cuando el sargento pidió cuentas de la formación de Atanasio, el instructor le contestó que era un poco tímido, que todavía no se atrevía a identificar a los cómplices de la subversión, pero que le llegaría el momento. El sargento se dio cuenta que el instructor le tapaba algo, que por no perder la compañía de su juguete no lo descalificaba del todo y le quitó la idea de salvarlo: “A mí no me parece tan tímido, yo lo veo avispado, ¿no será que aparenta ser un tonto?”. El instructor renunció a que no le quitaran a Atanasio: “Él no sabe aparentar, puede atreverse a todo pero no entiende, no sabe quién es quién y no entiende que tenemos que pegarles un sustico”. El sargento hizo llamar a Atanasio: “Usted es avispado pero le falta malicia”, le dijo y por no echarlo a la calle, donde iba a volver a los atracos, le buscó una ocupación en la estación de policía. Pasarles un trapo húmedo a las mesas de la cafetería de los oficiales, llevar las tazas y los vasos sucios al mostrador y barrer los corredores de la entrada. Un portero le dijo que se diera una vuelta por ahí y pusiera en su sitio lo que él viera que era un desorden. A Atanasio no se le ocurrió cómo obedecer esa recomendación. Al verlo pasar con trapos, baldes y escobas por los lados de la cafetería y en otros pisos del edificio, las mujeres del aseo lo reclutaron como ayudante en la limpieza de los lavamanos y de las letrinas. Él no se atrevió a irse de la estación de policía sin avisar por temor a que lo acusaran de fugitivo o de traidor, cargado de antecedentes penales, con una condena que no había pagado, a que lo encerraran sin juicio y le cobraran con el doble de años el valor de la deuda, con un bolillazo de propina por desobediente.

En las primeras semanas el sargento miraba a Atanasio de reojo y con satisfacción por su aporte a la limpieza de la estación de policía, y después de los primeros meses pasaba por su lado como por una cosa más en los corredores. Se acordó de él al final de una asamblea sobre la estrategia contra carteristas y apartamenteros. El sargento le dijo algo a Atanasio que no le importó a ninguno de los dos, que la gente que andaba por la calle y los pasajeros de los buses le achacaban a la policía el peligro social afuera de sus casas, y le dijo algo que a ambos les pasó por alto, que el director general exigía resultados rápidos. “Usted se puede ganar un sueldo mejor”, le dijo el sargento a Atanasio, “le tengo un trabajito que ni hecho a su medida, usted estuvo del lado de los vagos que nos ponen problemas, ahora se pasa al lado del que atrapa a esos vagos”.

Lo inscribieron como agente de civil en una de las brigadas contra robos y atracos, bajo la custodia del agente veterano Pablo Elías. Atanasio lo siguió como un patrullero más por las calles y las plazas de los barrios vecinos. En su vigilancia iba con una mirada sin osadía, como la de un recién despierto, pero la de Pablo Elías no era más activa: a su confianza en lograr éxitos le faltaba un ideal, el que no le infundían los burgueses, esos amontonados que no iban a agradecerle que él se ganara una puñalada por protegerles sus pertenencias, y entre los mandamás de su establecimiento no había quién moviera un dedo por un alza de su mezquino sueldo mensual.

Al doblar una esquina dieron con dos descamisados.“Esos tienen pinta de cuchilleros”, le anunció Pablo Elías a Atanasio, y aunque no lo fueran, los mandó en un carropatrulla a la comisaría. La acción le acumulaba a su hoja de vida puntos de buen servicio, valiéndose de falsos positivos. Atanasio no intervino, él podía ser uno de esos descamisados y peor que los dos juntos. Pablo Elías sumó más puntos de buen servicio a costa de un grupo de cuatro hombres y dos mujeres que merodeaban frente a un edificio, a quienes denunció como una posible banda de apartamenteros. Con refuerzos de un escuadrón de uniformados les tendió una redada y los mandó al cuarto de interrogatorios, donde se supo que pertenecían a un inocente equipo de baloncesto, mientras a la vuelta de la esquina los verdaderos desvalijadores escudriñaban y escarbaban a sus anchas las viviendas. “Para agarrarlos hay una brigada mejor acomodada que yo”. Atanasio se quedó mirando al escuadrón de lejos, por miedo o porque no se aclaró adónde iba a parar el montaje de Pablo Elías. No conocía la estrategia de acumular puntos en la hoja de vida por buenos servicios.

—Hoy todo marcha como un carro por la autopista —dijo Pablo Elías—, ahora hay que averiguar qué tan ducho es el Atanasio en echarles el ojo a los dedos de seda.

Los dos se subieron a un bus y Atanasio examinó a los pasajeros, pero por primera vez no buscaba a quién meterle la mano en el bolsillo, él pertenecía al bando opuesto, al de los agentes que les ponían las esposas a los que les sacaban la billetera a su compañero de viaje. Pablo Elías no tuvo que enseñarle a reconocer al falso pasajero. Atanasio podía reconocerse en los hombres o mujeres que se subían al bus con una prisa distinta a la de viajar a otra parte de la ciudad.

El primer día transcurrió con sus protestas por el cansancio de ir de un lado a otro con Pablo Elías, apretado en el encierro de los buses, sin que un carterista cayera en sus manos. Supuso que todos, sin menospreciar a los niños y a los viejos, eran más vivos que ellos y pasaron de incógnito frente a sus ojos. “No es eso”, le dijo Pablo Elías, “hace meses que los carteristas escasean, no les vale la pena arriesgarse en ese oficio”. Le explicó que la moda de los pasajeros era llevar baratijas en sus billeteras y en sus bolsos, unas monedas y un billete pequeño para pagar el bus y un jugo con dos almojábanas.

—Los carteristas se sienten estafados, prefieren pasar hambre que trabajar la jornada completa y sin embargo los honorables pasajeros dicen que se los encuentran hasta en la sopa, mienten para desprestigiar a la policía.

En el siguiente viaje en bus Atanasio pudo despejar el ocio que lo tenía debilitado y ensayar lo que Pablo Elías llamó su método. Atanasio se puso como centinela en la primera puerta del bus y Pablo Elías en la de atrás, preparado a que su ayudante le señalara al desconocido que buscaban. Atanasio le señaló a un joven más o menos bien vestido. En la primera parada del bus Pablo Elías se bajó y esperó al joven al lado de la puerta. Atanasio se les unió y entre él y Pablo Elías lo pusieron contra la pared. Conforme a su método Pablo Elías se identificó como agente, le esculcó los bolsillos al joven y le sacó el producto de su habilidad como dedos de seda. Una billetera con más dinero del que era corriente entre otros pasajeros, los apretados por las urgencias de sus asuntos monetarios. Pablo Elías se guardó la billetera y ahuyentó al joven con amenazas. Atanasio no entendió esa parte de su método.

—¿Qué le pasa, Atanasio?, ¿por qué pone esa cara?

—Nosotros teníamos que entregar la billetera en la comisaría.

—Lo que hicimos fue cuadrarnos el sueldito, usted no tiene familia y no nota los desfalcos a finales del mes.

—Yo he sido de todo menos corrupto.

—Sí, somos corruptos pero nosotros trabajamos para nosotros, hay otros que trabajan para los déspotas y los altos corruptos.

—Yo pienso en ese que se fue corriendo sin un centavo.

—Él también salió ganando, esta noche come y duerme en su casa.

—Él hubiera podido ser yo, hemos debido repartir la ganancia.

—No se me ponga sentimental, Atanasio, a los jefes les basta con los leales que viven de su sueldo, a nosotros nos toca sacar una tajada por otro lado.

—Yo estoy a sus órdenes.

—¿Y por qué pone esa cara de atormentado?

—No es culpa mía, nunca había sentido lástima por nadie.

—Usted es un sentimental, sienta lástima por usted mismo si no quiere acabar crucificado.

En el último viaje de esa tarde Atanasio conoció la otra parte del método de Pablo Elías. Detuvieron a una mujer en el momento de bajarse del bus y no tuvieron que averiguar si valía la pena apropiarse del robo. Sin verlo, Pablo Elías sabía que era cosa menuda. La ladrona le entregó un monedero que contenía unas monedas y un manojo de llaves. Él alcanzó a subirse al bus y preguntarles a los pasajeros si echaban de menos alguna de sus pertenencias. Una mujer le contestó alarmada que no encontraba su monedero. Él la ayudó a bajarse como un caballero dispuesto a servirla, aunque su propósito era servirse de ella para ganar puntos en su hoja de vida. Esa era la recompensa de Pablo Elías a cambio de no haber conseguido una ganancia en efectivo. A una de las mujeres la esperaba un día de encierro y a la otra el compromiso de divulgar que la brigada contra robos y atracos protegía a los ciudadanos.

Además de su puesto en la brigada, Atanasio y Pablo Elías fueron inscritos en una nómina no oficial, administrada por civiles aliados de la comisaría, propietarios de firmas, patrones de barrio y amos, con una misión semejante a una guerra. Ese episodio en la vida de Atanasio no lo supo doña Cecilia por él mismo sino por Pablo Elías, en la única visita que él le hizo, cuando su amigo ya no podía estar con ellos. Ella me lo confió por recuperar la ternura en su luto y no por difundir un secreto.

Yo conocí a doña Cecilia por encargo de la revista Letras Nacionales, como reportero de estudios sobre el teatro de cámara. Llegué a una sala cultural a entrevistar al director de la obra y él me señaló una esquina del escenario. “Aquí la que más sabe es Cecilia”, me dijo. Ella ayudaba en ese momento a unos jóvenes a probarse el vestuario de la obra. Era una mujer de unos cuarenta años, soltera, funcionaria del Ministerio de Cultura, entusiasta del teatro como pasatiempo y con pasión. Les colaboraba a las compañías de teatro en conseguirles el vestuario de civiles, curas y militares, en hacerles publicidad y en vender boletas de entrada. Ese día nuestro encuentro fue un preámbulo a la entrevista. Nos dimos nuestros nombres y me dijo que me recibía en dos días en su apartamento. Llegué al atardecer y la encontré con el director de la sala de la cultura, su amigo sentimental, pero él no le agregó nada a la entrevista. Oyó a doña Cecilia como yo, como un alumno. Ella me trató con la bondad protectora de una amiga mayor.

Atanasio recibió el cariño de la madre que no tuvo. Él y doña Cecilia se conocieron frente al edificio donde vivía ella, en el barrio Santa Fe, de fachadas limpias por entonces, de vecinos sin lujos incómodos y sin grandes desfalcos financieros, de familias contentas, católicas, de solteros bebedores sin escándalos, de una medianía de espíritu a la que no pretendían subirle un escalón. Había casos aparte como el de doña Cecilia, que ya tenía el espíritu por lo alto.

A Atanasio lo conoció un atardecer en que ella llegó en taxi al edificio y con ayuda del chofer bajó tres maletas y las puso contra la pared. Eran grandes pero su peso era ligero, contenían ropa y objetos de utilería de obras de teatro. Doña Cecilia debía entrar una por una las maletas y ponerlas en el pasillo antes de subirlas a su apartamento, también una por una. El desconocido Atanasio se acercó a ella.

—¿Puedo ayudarla, mi señora?

Ella lo examinó sin desconfianza pero con los puños cerrados por si acaso.

—No se asuste, mi señora, yo soy honrado y no le cobro nada.

Atanasio cargó dos de las maletas y siguió a doña Cecilia por las escaleras hasta el segundo piso. Ella entró con su maleta en el apartamento y Atanasio puso las otras dos adentro, en el suelo, pero se quedó afuera.

—Siempre su servidor —le dijo a doña Cecilia. Ella lo invitó a entrar.

—Si no quiere recibirme una propina acépteme algo de beber.

—No voy a despreciar su amabilidad.

—Yo me llamo Cecilia, ¿y usted?

—Atanasio, el que les sirve a todos.

Dio dos pasos, quizá tres, como si no se atreviera a más. Doña Cecilia vio en él a un ladrón que se tarda en decidir cuál objeto empaca primero en el costal, cuál de último y a cuál no vale la pena buscarle sitio. Después de dar dos o tres pasos Atanasio se quedó como lo vio doña Cecilia. Lo detuvo la luz del apartamento, el arte en el arreglo que valía más que el dinero de esa mercancía en el comercio. En el recinto no estorbaban el paso, ni desentonaban con los derredores sin uso, un aparador de puertas de cristal con una moderada vajilla, dos sofás pequeños y un sillón de tapizado colorado y cojines verdes, que le hicieron descubrir los colores a Atanasio, una mesa redonda de comedor con cuatro asientos, un televisor y un tocadiscos en una esquina. De tres paredes colgaban cuadros con escenas de obras de teatro.

Los lugares cerrados que Atanasio conocía hasta ahora no tenían esa sensibilidad, estaban ordenados por el desaliento, con el espíritu que no convive con lo mejor que le llega de afuera. La oficina de sus superiores inmediatos fue un recuerdo de paredes con vetas de humedad y escritorios con bordes roídos. Él no había entrado en los despachos de funcionarios con cargos más altos, había caminado por corredores sin ventanas y vivía en una casa de pensión resquebrajada, en una callejuela a la que las obras públicas del distrito no le echaban una mano, administrada por una mujer que saludaba con gruñidos.

Doña Cecilia tuvo que decirle que diera otros pasos y lo llevó a un sofá de la sala con una taza de café. Por la sonrisa de Atanasio doña Cecilia supo que se sentía feliz, pero no supo que en todos sus años tenía esa cara por primera vez.

—¿Tú vives en este barrio?

—En uno cerca a los cerros, hoy ando por aquí como vigilante de las calles.

—¿Cuidándonos de los ladrones?, entonces tú perteneces a la policía o a una empresa de vigilancia privada.

—Yo soy agente de una brigada contra robos y atracos, somos dos con Pablo Elías, él se me escapó hoy para hacer el mercado de su casa.

Atanasio ya había ascendido al grado de agente cuando conoció a doña Cecilia y con ese nombramiento figuraba en la nómina de trabajadores desde hacía dos años, pero el día en que lo mataron le habían asignado otras funciones.

En la primera visita, doña Cecilia no conoció de los veinticuatro años de Atanasio más que sus dos últimas horas: caminar por el barrio en pareja con Pablo Elías a la caza de raponeros y desvalijadores. La segunda vez él dio unos toques vagos en la puerta y doña Cecilia lo vio acobardado, como un aparecido que no tiene derecho a aparecerse, pero la sonrisa de ella fue el santo y seña que abrió la puerta de par en par. Sin preguntarle le sirvió un pocillo de café y una copa de aguardiente. En agradecimiento Atanasio consumió a sorbos cortos las dos bebidas, humedeciéndose con deleite los labios. Esa tarde doña Cecilia le preguntó dónde había nacido y al oír que en el barrio de Los Laches ella tuvo que rescatar el nombre perdido en su memoria, pero aparte de ser su lugar de nacimiento, Atanasio no lo destacó ni lo despreció por ningún lado, no era siquiera siluetas para él.

Su afán era servirle en algo a doña Cecilia. A falta de saber el favor que le retribuyera el que ella le hacía esa tarde, se ofreció a distribuirles a los grupos de teatro las maletas con el vestuario. Más que un ofrecimiento fue un ruego de no negarle esa alegría. En sus rondas por el barrio con Pablo Elías, Atanasio podía echarse una escapadita y cargar dos maletas en los hombros. Ese servicio no era un pago a doña Cecilia por el pocillo de café y la copa de aguardiente. El regalo que él recibió no tenía precio, un consumidor paga por obligación el café y el aguardiente, pero lo otro no se puede comprar. No había cómo ponerle precio a que a Atanasio le corrieran la cortina que le tapaba el otro lado y lo dejaran pasearse un rato por ese espacio de un rango distinto al suyo, en el que después él no iba a ser admitido. Pero pertenecer a esos escalones de arriba no era uno de sus sueños, Atanasio no aprendió a soñar con nada. Sin embargo reconoció que si ese obsequio de doña Cecilia no era más que flor de un día, él quedaba en deuda con ella.

Por no decepcionarlo doña Cecilia le puso la tarea de llevar al teatro Odeón una maleta con el vestuario de una obra. Al director y a los actores les sobraban diez días en el arreglo de la utilería, pero doña Cecilia no podía negarle a Atanasio la ilusión de creer que le ahorraba tiempo y trabajo. Le habló de la adaptación a los tiempos modernos de Ifigenia, de los desterrados, de los que salen en busca del pan que en su suelo les niega el que lo reparte, de los acosados por la política o por el clima con su aire ya dañado por el que abusa de las pertenencias de los que huyen.

Atanasio volvió al mes con más audacia al llamar a la puerta. De adentro le llegó un silencio que se hizo más grande porque no lo esperaba. Salió a la calle y se demoró en encontrar a Pablo Elías, quien había dado una vuelta larga por el barrio. Pablo Elías no lo esperaba tan pronto y pensó en una visita relámpago a doña Cecilia. Atanasio se detuvo.

—No hubo visita, estoy triste.

Pablo Elías le echó un brazo sobre los hombros.

—El gran Atanasio, el hombrecito que nunca estaba triste ni alegre, ahora extraña a la mamá que no tuvo.

A los dos días los toques en la puerta de doña Cecilia comenzaron con la audacia de la última vez, pero fueron sacudidos por el temor de que nadie respondiera. La puerta se entreabrió y enseguida se abrió del todo, al tiempo que doña Cecilia le anunciaba a un público en la sala: “Este es Atanasio”. Él entró y se detuvo al ver a un hombre sentado en uno de lo sofás. Iba a pedir disculpas y a salir a la calle cuando oyó que la puerta se cerraba con él adentro. El hombre en la sala miró a Atanasio con familiaridad. De oídas era un viejo conocido.

—Siéntese a mi lado, usted tiene mucho que contarme.

Atanasio se sentó apoyando las manos en el sofá, como si necesitara ayuda, sin la confianza que el hombre le ofrecía. No sabía que ese hombre era el amigo sentimental de doña Cecilia, autor y director de obras de teatro. Doña Cecilia puso en la mesita de centro una cafetera humeante y una botella de aguardiente. Cuando Atanasio se reunió en la esquina con Pablo Elías, no se sentía tan despreocupado como en los días en que alguno de los dos andaba en asuntos personales y no en los de sus funciones.

—Parecía un interrogatorio para condenarme —le dijo a Pablo Elías.

El amigo de doña Cecilia se le presentó a Atanasio como hombre de teatro y nada más.

—Estoy escribiendo una obra sobre los delincuentes comunes y sus enemigos, los agentes que los persiguen, y quiero documentarme.

Quería saber si maltrataban a los detenidos, si violaban a las mujeres, si les devolvían a sus dueños el botín de los robos y de los atracos. Quería ir al fondo del oficio de Atanasio, del registro de antecedentes penales, de los diferentes castigos, de las armas con que amenazaban o mataban.

—Yo no uso armas —dijo Atanasio con una humildad cierta, la única en que podía creérsele, y le dio al hombre de teatro respuestas negativas sobre los desmanes de su institución, con la inocencia del que no sabe de qué le hablan. Pero el hombre de teatro era entendido en simulaciones, las que él les enseñaba a sus actores. Apreció, eso sí, la fidelidad de Atanasio a los suyos, y se la pagó con algo que sólo a doña Cecilia le llegó claro:

—Sus manos no son de pianista pero son expresivas.

Cuando se encontró en la calle con Pablo Elías, Atanasio le pidió una interpretación de lo que quiso decir el hombre de teatro.

—¿Usted cree que él sospecha?

—De nosotros sospechan todos.

—Yo digo de nuestro nuevo trabajo.

—Usted tiene la cabeza llena de cucarachas, Atanasio.

A primera hora de la mañana los dos se presentaron en la comisaría a recibir instrucciones sobre un trabajo en la Plaza de Bolívar. A las cuatro de la tarde Atanasio y Pablo Elías estuvieron al mando de un hombre destacado en romper huelgas, don Aníbal, el único nombre al que él respondía. A don Aníbal le habían llegado rumores de la fama de rompedores de Atanasio y Pablo Elías en las plazas de barrio y de los pueblos y quería comprobar si ese par de machos eran dignos de las flores de sus jefes y de la paga de sus contratistas. La demostración de huelguistas en la Plaza de Bolívar era de las tenaces, les dijo, obreros, campesinos, indígenas, estudiantes, esos malgastadores de tiempo reunidos en un solo bojote con el viejo cuento de pedir justicia.

—Ya están amotinados —dijo don Aníbal.

Los grupos se diferenciaban por sus gremios y corporaciones pero los unían los carteles con las mismas leyendas. Mientras esperaban a que los dirigentes de los sindicatos tomaran la palabra en las gradas del Capitolio, se oía de diferentes lados la voz de oradores voluntarios. Un destacamento de policías se enfiló en la acera del Capitolio, otro se puso de guardia en las escalinatas de la Catedral, otro invadió el andén del Palacio de Justicia y con una fila frente a la Alcaldía la plaza quedó cercada.

Con Atanasio y Pablo Elías detrás de él, don Aníbal se abrió paso por un costado de la plaza. Las instrucciones de sus servicios se las daba él mismo, los empresarios le ponían los billetes en la mano y se apartaban de su camino. Cargaba un puñal enfundado atrás del pantalón y mandaba a callar a los metiches que le sugerían no andar armado. Ir por el costado de la plaza era el comienzo de su combinación, que concluía con atrapar a uno de los manifestantes y lanzarlo contra la columna de policías. Aunque los policías no estuvieran advertidos, sabían quién había arreglado el simulacro de agresión a las autoridades y podían disparar al aire, alertar a las otras filas y arremeter a bolillo limpio contra los huelguistas.

Don Aníbal esperó a que Atanasio y Pablo Elías estuvieran a su lado para señalarles a uno de los oradores espontáneos, un joven subido en un cajón, con un discurso que lo hacía el centro de un círculo que iba en aumento.

—Ese sindicalista es capaz de alebrestar a la chusma, ese es nuestro cliente.

Dejó atrás a Atanasio y a Pablo Elías como guardaespaldas de sobra. Ellos lo alcanzaron sin saber qué pretendía ni en qué podían ayudarlo. Don Aníbal le dio una patada al cajón y atrapó al joven por el aire antes de que cayera al suelo.

—Usted, bruto —le dijo el joven—, fíjese por dónde camina.

Don Aníbal lo golpeó en el pecho.

—Venga acá, terrorista —le dijo y lo agarró del suéter dispuesto a lanzarlo contra la fila de policías. El joven se libró con un golpe en los brazos de don Aníbal.

—Se destapó muy rápido, señor —le dijo—, usted es un esquirol, yo les conozco sus maniobras.

—Ah, al terrorista le gusta revirar, vamos a ver si con una patada en el pipí se le bajan los humos.

El joven advirtió la presencia de Atanasio y de Pablo Elías como columnas a cada lado de don Aníbal y se dio cuenta que eran esbirros capaces de asaltarlo con sus cachiporras. Con un paso atrás los abarcó a los tres con una sola mirada.

—Ustedes son serviles con los que usan frac pero persiguen a los de Los Laches.

El sonido de esa palabra le silenció a Atanasio las voces y los ruidos de la plaza. En el silencio desapareció el espacio, la eternidad se quedó sin movimiento y el barrio de Los Laches fue una sensación pura, ausente de recuerdos, un pasado sin imágenes de las cosas que se pueden tocar. Atanasio reconoció que en todos sus años no se había desprendido de esas letras, que huyó y cruzó una frontera para nada, que el día a día que le ofrecieron afuera no fue menos inmundicia que el día a día que le dieron al nacer.

Se paró frente al joven, de espaldas a Pablo Elías y don Aníbal.

—¿Usted es de Los Laches?

El joven se irguió altanero.

—Sí, ¿y qué?

Atanasio le habló con un coraje fraterno:

—Váyase de aquí, corra, yo lo cubro.

El joven temió que le aplicaran la ley de fuga y le dispararan por la espalda. La voz de Atanasio sonó a súplica:

—Piérdase de aquí, hermano, el esquirol quiere golpearlo.

El joven se aseguró de la franqueza de Atanasio y fue a confundirse con los otros manifestantes. Atanasio esperó hasta perderlo de vista y al darse vuelta se encontró con la cara de perro rabioso de don Aníbal y con un Pablo Elías tembloroso. Don Aníbal se le acercó con la facha de destrozarlo a mordiscos.

—¿Usted por qué protegió a ese comunista?

—Él no es comunista, es de Los Laches.

—Peor, los de Los Laches son peores y usted traicionó a la patria.

—¿La patria de quién?, ¿la suya?

—Cállese la jeta, bocón, usted es un traidor.

—Traidor usted que olvidó a la madre que lo trajo al mundo.

Con la cara envenenada don Aníbal echó una mano atrás y la volvió al frente con el puñal aferrado.

—Esta va en nombre de mi madre.

La puñalada le entró a Atanasio en el estómago. Pablo Elías dio un salto y se colgó del brazo de don Aníbal, pero la furia en el brazo pesó más que su cuerpo y acometió sin rebajar el arrebato.

—Esta va en nombre de la Virgen María.

Sin pausas, don Aníbal se abalanzó con el mismo temple la tercera vez:

—Esta va en nombre de la patria.

Con las manos en el estómago y las piernas sin equilibrio Atanasio se escurrió al suelo. Don Aníbal y Pablo Elías lo levantaron con sus hombros y lo llevaron a rastras a un carro parqueado cerca a la plaza, como dos amigos que cargan a un amigo borracho o a un manifestante al que le faltó el aire en el tumulto. Tendieron el cuerpo de Atanasio en el asiento de atrás, agonizando o muerto, Pablo Elías no lo supo, y viajaron hasta la Avenida Jiménez con carrera décima. En esa esquina, la más poblada del centro, tiraron su carga, como el estorbo en que Atanasio se había convertido. No había oscurecido pero nadie se fijó en ellos, los oficinistas y los empleados iban de vuelta a sus casas metidos en un mismo bullicio con sus propios afanes.

Don Aníbal les rindió cuentas a sus contratistas de su encargo en la plaza de Bolívar, quería dejarles en claro que en el fracaso fue definitiva la flojera de uno de sus segundones, el tal Atanasio, un atravesado que desde hacía unas horas vagaba en el reino de los espíritus. Don Aníbal les dio la cara a los contratistas y les puso los hechos en la mesa, a eso vino, no a confesarse ni a defenderse, y si no les gustó, cómanselo como mejor les sepa. La oficina de prensa de la policía les colgó el muerto a tres jóvenes ladrones, a los lectores y a los oyentes se les comunicó que a Atanasio lo apuñalaron los tres en la esquina de la avenida Jiménez con carrera décima, donde el agente los tenía bajo arresto con la acusación de haber despojado de sus billeteras a los pasajeros de un bus.