ENSAYO
Miradas sobre poesía y antipoesía en “Cancerberos” del poeta Jader Rivera Monje.
06 · AGOSTO · 2026

Por: Omar Alejandro González Villamarín.
Todo lo que vivo es una “invención”
de la que nunca he podido escapar.
No sé tampoco quién me ha inventado,
pues no siendo capaz de inventar,
alguien está inventando en mi lugar.
Victoria Ocampo.
Testimonios.
Resulta que la poesía no es traducible en su completud a un imaginario que sea representación exacta de la realidad. Pero en su expresión, como elemento estético que se ampara en la palabra y su sentido pragmático dentro del poema, podemos encontrar cercanía con una experiencia que, antes de ser individual, resulta colectiva. Se trata de una comunicación sensible en la que reconocemos fragmentos de la experiencia propia hecha palabra en la mirada del otro.
El enigma, la revelación epifánica que son intrínsecos en el poema, provienen de la angustia provocada por el lenguaje en tensión. Esta tensión, según Trías, abisma en tanto que “es una acumulación de detalles y de elementos con los cuales es rodeada una escena de tal trivialidad, es inmensa, es infinita: se trata de captar lo Absoluto anonadado en la total insignificancia”. (Trías, 1988). Abismarse es caer en la contemplación exegética de la palabra, puesto que se asume que en ella hay algo de magia, de profecía por develar. El abismo de la incompletud que ronda toda lectura poética genera intriga, la sensación de que en la incertidumbre se halla ese silencio esencial que es ante todo una apertura y una provocación para que se construyan sentidos propios.
En el poemario Tribulaciones del escritor huilense Jader Rivera Monje (2024) existe un apartado titulado “Cancerberos”, en el que este principio de incertidumbre y silencio crea hondos puntos de tensión alrededor de la figura del secuestro. y lo hace precisamente dialogando este flagelo y práctica violenta con la figura mitológica: el guardián del Hades, esta vez multiplicado, pluralizado como forma de anticipar la fuerza y potencia barbárica de quienes lo ejercen sobre otros.
A esto se suma que la voz poética posee variaciones importantes a lo largo de los diez poemas que componen el cuerpo del apartado. En ellos, como veremos más adelante, cada variación supone atemporalidades, focalizaciones y puntos de vista que generan caos y abismo, la imposibilidad del sentido y a su vez la totalidad de una materia sensible que pone en pleno la angustia propia de la privación, de la tortura y la humillación. Todo ello a través de la figura de un poeta que busca a su alocutario dentro del poema mismo y que tensiona al lector, al punto de convertirlo en uno más de sus captores.
En ese abrirse, cargado de clamor, de auxilio, hay también una sentencia ambigua: el poeta que se reconoce frágil e innecesario, el poeta que renuncia a su condición intelectual y cae en la derrota, que recurre incluso a su propia degradación como sujeto, se pregunta y le pregunta al lector/captor, si acaso en la palabra, proferida en lo inmediato de su circunstancia, está signada la clave para salir de su momento de angustia, o si, por el contrario, ella misma le condena.
Sobre esta condición, propia del arte moderno, Trías escribe que, en la obra de arte, sin importar el género en que se exprese, “está significado de algún modo este referente que es una vacía trascendencia inaccesible, pero está mostrado y plasmado como piel, como pellejo, como lugar en donde eso se muestra, y como objeto, en un ser desconsoladamente trivial”. (Trías, 1988).
Así, en el apartado “Cancerberos”, vemos a una voz poética desgarrada, expuesta en su intrascendencia, pero poderosa en tanto revela el sufrimiento universal del hombre desposeído, anulado por el entramado social y político, invisibilizado en su existir e imposibilitado para la acción. Veamos:
Me preguntan:
¿Eres poeta? ¡Haznos el milagro!
¡Libérate!
Esta ruptura del ser es contrastada con la unidad de la propuesta estética, puesto que la voz poética se erige mientras la corporeidad se desvanece. En los diez poemas asistimos a esa fragmentación del tiempo, del cuerpo, a su desmoronamiento y desaparición, pero la voz poética crece, gana en profundidad y hasta logra que se acepte su enunciación alejada de la voz humana. Esto es posible gracias al entramado estético en que forma y contenido son parte de un todo enigmático y sugerente. Gabriel Arturo Castro en su serie de textos reflexivos sobre poesía, denominada “Merodeos al poema”, escribe sobre la inteligencia poética estas valiosas palabras:
Si la poesía es coherencia, el poeta da forma orgánica al caos. Tal ligazón de fuerzas y tendencias da por resultado la Unidad, hecho posible gracias a la síntesis que reconstruye el todo y establece lo positivo, la vida, la afirmación, luego de aquella primera fragmentación. La brevedad o la Summa (virtud de la síntesis) es la operación de la inteligencia poética que, según José Lezama Lima, puede hacer ver lo imposible creíble, lo increíble cierto y entender lo máximo desde una comprensión propia de la poesía, su logos secreto que es diferente a la lógica y causalidad aristotélica.
Precisamente en la poesía de Jader Rivera, la unidad fragmentada, la totalidad expresada en las partes, es la que otorga coherencia a lo que en ocasiones pareciera imposible. Por ejemplo, que la voz poética hable desde un después de la muerte y que lo haga sobre la circunstancia del pasado, sobre el momento de la tortura o sobre la aparición de la noticia en los diarios. La ruptura temporal no resta verosimilitud a lo expresado, sino que potencia la trascendencia de una voz que no pierde contexto; antes bien, otorga identidad a la realidad inmediata del conflicto colombiano y las prácticas en que suele manifestarse:
Yo era un grito inmenso
una herida abierta de espanto
Y solo estaba el árbol del dolor
el cuerpo solo, el espíritu torturado.
Esta voz poética que se ve a sí misma en un pasado inmediato y que reconoce la disfuncionalidad del cuerpo, es aquella que poemas más adelante es capaz de arañar el presente para situar al alocutario en dos tramas temporales que configuran un ir y venir por la circunstancia de duelo existencial, que, sobre los poemas finales, le permite anticipar visiones de un futuro en que no se vislumbra nada mejor, sino la continuidad de ese duelo, expresado en la idea de trascendencia:
Salgo a caminar.
Dos obreros vienen a mi encuentro.
Me dicen:
“Que Dios te bendiga, poeta.
Te queremos vivo por siempre”
Nos queda, sin embargo, la noción de que en estos versos hay algo de profecía, del anuncio que nos dicta que la voz poética no puede ser aniquilada y que en ella sobrevive la esencia misma del poeta como un revelador de verdades, un acercarse a la divinidad en la que halla consuelo. En cierto modo, en el prólogo del libro Arte y poesía de Martín Heidegger, en su traducción al español, Samuel Ramos atiende a estas mismas nociones cuando nos dice:
El poeta es, pues, un “médium” que está entre los dioses y los hombres, y la esencia de la poesía es la convergencia de la ley de los signos de los dioses y la voz del pueblo. ¿Hasta qué punto se agota la esencia de la poesía en la poesía profética? Desde luego el concepto de Hölderlin-Heidegger es el del poeta-profeta. (Ramos, 1958)
El poeta Jader Rivera Monje, en este corpus de poemas, contrasta la figura de sus captores como Cancerberos, con la del poeta como un ser que, en su condición de mirador, es capaz de revelar para los otros un estado sublime de las cosas. En unos versos nos dice. No habéis secuestrado a un hombre. / habéis capturado a un pájaro. Enseguida la imagen cobra fuerza por el contraste de las palabras Secuestro y Captura, y por las nociones de Hombre y Pájaro, que hacen relación a la distancia que existe entre el poeta y los demás hombres secuestrados. Se lo hace ver como una figura perteneciente a las alturas y cuyo canto es el mismo de la naturaleza divina de su lenguaje. No obstante, la negación, que resulta clave para entender que, en la figura del escritor, en su condición de secuestrado, algo de su naturaleza muere para dejarnos en claro la muerte del carácter profético, silenciado por la aniquilación de la voz divina: Y no cantaré para vosotros. /He desterrado de mi boca las palabras.
La desaparición de la figura del poeta en tanto sujeto actante de lo que ocurre, puede generar traumatismo en el sentido de que no se identifica con claridad si la voz poética se corresponde con una verdad inmediata, o se trata de una especulación aparente, o la ficcionalización de una realidad que, aunque latente en la historia cruda del país, procede del carácter subjetivo de la imagen literaria. Sobre ellos, Martin Heidegger, puede darnos luz cuando afirma que:
La poesía despierta la apariencia de lo irreal y del ensueño, frente a la realidad palpable y ruidosa en la que nos creemos en casa. Y, sin embargo, es, al contrario, pues lo que el poeta dice y toma por ser es la realidad. (Heidegger, 1958, pág. 154)
Es innegable que la dicotomía entre “Irreal” y “Real” es la esencia que dota a los poemas de Jader Rivera Monje de fuerza enunciativa, debido a que lo que en apariencia hace parte de la elucubración de la voz poética dentro de un contexto de tortura y secuestro, es en sí misma parte de la historia, narrada y atestiguada por tantos cientos de víctimas del conflicto que sufrieron padecimientos similares a manos de sus victimarios.
Pero la voz poética no tiene ardor ni deseo de venganza. Hay más bien una suerte de aceptación resignada de su circunstancia. Un tono que nos recuerda que el resentimiento se aleja de la mirada intelectual y que antes bien, deberían comprenderse también las motivaciones de los victimarios, para llegar, como casi siempre ocurre, a un fango sangriento carente de ideales, y amparado simplemente en aniquilar diferencias por beneficios monetarios y de poder.
De ahí que la voz poética alcance en ocasiones un sentir antipoético con el que busca desestimar la figura ideológica de sus captores, humanizando su degradación y mostrando lo tosca, hostil y vaga que resulta su existencia:
Amo al mayor de mis captores,
al más robusto y oscuro
Terrenal, hediondo a pedos,
a sangre, a hierros oxidados…
La figura del poeta, elevado en su condición de lenguaje, choca con la noción de sus captores como seres simples, demasiado carnales en contraste con la voz profética del poeta. El poder hecho carne que se desintegra es el captor, burdo en su proceder, despojado de toda noción de entendimiento y puesto aquí como una bestia ansiosa de sangre, que no comprende ni da razón de la importancia social de su prisionero. El captor es un cancerbero puesto para despedazar, para devorar sin hacer preguntas, para ser animal en su acción: torturar.
En su texto dedicado a la obra de Nicanor Parra, titulado La antipoesía entre el neovanguardismo y la postmodernidad, Álvaro Salvador señala que es un principio de la poesía de este autor el hecho de que haya referencias directas a la cotidianidad y naturalidad de las conductas humanas, y señala que esa es una condición esencial de la poesía neovanguardista:
Un poema debe ser de la especie de corte practicado en la totalidad del ser humano, en el cual se vean todos los hilos y todos los nervios, las fibras musculares y los huesos, las arterias, imágenes, las venas, los pensamientos y las sensaciones, etc. (Salvador, 1992)
En los versos del poeta huilense, Jader Rivera, existe una exposición no sólo de la intimidad pensante de la voz poética, sino de las sensaciones corporales, los aromas, el dolor como parte de la atmósfera que se percibe, entre el ruido natural del monte en que se tiene raptado al poeta y el silencio de su pensamiento en tanto acto filosófico de orden interno.
Y, sin embargo, no es ese el punto más cercano a la esencia de la antipoesía. Sí lo es el hecho de que en gran parte de los poemas se hace un juicio a los poetas de escritorio, a los poetas uniformados por la academia o por el comunismo, como diría el poderoso Jaime Sabines en su poema “Qué putas puedo”. Existe una marca desacralizadora del papel social o de la función social de la poesía en los poemas de Jader Rivera, una sentencia de señalamiento ético que necesariamente se hace a través de la pregunta porque no hay otra vía que la incertidumbre de la respuesta:
Poetas bastardos, inútiles
indolentes, engreídos
hinchados de vanidades
¿qué podéis hacer por mí,
por mí que necesito tanto de vosotros?
Señalar a esos otros poetas, que sin comprometerse demasiado escriben, versifican, prestidigitan la palabra, pero no sienten el nervio ni la entraña que tiene a esta voz poética al borde de la muerte, por el compromiso de la palabra con la vida, es, esencialmente, antipoesía. Algo como lo que señala el mismo Salvador cuando nos recuerda que en la antipoesía de Nicanor Parra existe:
Un interés por la recuperación de ciertos valores que los movimientos históricos de vanguardia pusieron en funcionamiento, destacando entre estos la necesidad de un arte, al menos “subversivo”, es decir, un arte que se identifique con la vieja utopía de cambiar la vida. (Salvador, 1992)
Esa misma voz poética que cuestiona y lanza dardos contra los escritores sin compromiso social, sin inclinaciones ideológicas comprometidas con la vida y con la entraña social, también sabe denunciar las malas prácticas sociales sobre la poesía. La farándula que muchas veces ronda por los círculos de intelectuales acartonados:
Ve y pregúntale al poeta que salió hoy en la prensa.
Él, que tanto habla de la vida y de la muerte,
del amor y el desamor.
Él, que dice ser el faro del mundo
y ustedes tristes náufragos en el mar de los tiempos.
Ve y pregúntale a esa pobre criatura,
esclava de la palabra y las vanidades.
Acaso ella responda:
“El mañana resplandece en tus ojos”
Y otras tantas cosas que se dicen sin decir nada.
Vemos de frente la tragedia del compromiso que se pone de manifiesto desde los primeros versos del poemario y que nos lleva al padecimiento interno de la voz poética, misma que sin tapujos, titubea antes de morir, que desdeña su propia escritura y desearía nunca haber escrito, que se reconoce en el fracaso del lenguaje, en su incomunicabilidad final. Por ello, y para cerrar este esbozo sobre la poética que encontramos en Cancerberos, dejo a la merced interpretativa de quien lee, estos últimos versos, en los que el poeta se compara con las más nobles criaturas de la granja y, reclamando un natural y primitivo instinto, lejos de todo lenguaje posible, nos dice:
Yo, paradójicamente
moriría por salvar mi vida.
Referencias bibliográficas.
CASTRO, Gabriel. (2012) Ceniza inconclusa. Universidad del Tolima. Colombia.
HEIDEGGER, Martin. (1956) Arte y poesía. Fondo de Cultura Económica. México.
RIVERA Monje, Jader. (2024) Tribulaciones. Ediciones Exilio. Colombia.
TRÍAS, Eugenio. (1988) Esencia del arte moderno. En: “Cuadernos de arquitectura y urbanismo”. Número 177. Páginas 80-95. España.
- OMAR ALEJANDRO GONZÁLEZ VILLAMARÍN es un poeta, escritor, editor y docente colombiano nacido en 1984, licenciado en Lengua Castellana por la Universidad del Tolima. A lo largo de su carrera, se ha destacado como director del Taller de Literatura y Escritura Creativa del Centro Cultural de dicha institución y como promotor literario a través de su espacio digital @brevedadelser. En su producción bibliográfica sobresalen la antología de cuentos Música de parcas (2013) y el poemario Sorbos de bilis (2014), además de diversos poemas y ensayos publicados en revistas académicas regionales que abordan el existencialismo, la cotidianidad y la creación literaria.