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POESÍA

12 poemas de Eugenio de Andrade, traducción de Hernán Vargascarreño

15 · AGOSTO · 2026

Eugenio de Andade, Silabario, Poeta, Portugal
Habito en un país sin memoria; ¿alguien sabe de un lugar más triste? (Eugenio de Andrade)

Las manos y los frutos

XV
Caen los sueños uno a uno
y la sangre se estremece.
Caen, y quedan sobre la tierra
de quien los muerde y los olvida.

Harto de savia, madura el día.

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Consejo

Sé paciente; espera
a que la palabra madure
y se desgaje como un fruto
al pasar el viento que la merezca.

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Los amantes sin dinero

Tenían el rostro dispuesto para quien pasara.
Tenían leyendas y mitos
y frío en el corazón.
Tenían jardines donde la luna pasaba
de la mano con el agua
y como hermano tenían un ángel de piedra.

Tenían, como toda la gente,
el milagro de cada día
escurriendo por los tejados;
y ojos de oro
donde ardían los sueños más traviesos.

Tenían hambre y sed como los animales,
y silencio
alrededor de sus pasos.
Mas con cada gesto que hacían,
un pájaro nacía de sus dedos,
y deslumbrado, penetraba los espacios.

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Apenas un cuerpo

Respira. Un cuerpo tendido,
tangible, respira.
Un cuerpo desnudo, divino,
respira, ondula, infatigable.

Amorosamente palpo
lo que queda de los dioses.
Las manos siguen el declive
del pecho y tiemblan
pesadas de deseo.

Un río interior aguarda.
Aguarda un relámpago,
un rayo de sol, otro cuerpo.

Si apoyo mi oído a su desnudez,
sube una música
que se inflama de sangre
y prolonga otra música.

Nace un nuevo cuerpo,
nace de esa música que no cesa,
de ese rumoroso bosque de luz
bajo mi cuerpo desvelado.

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Urgentemente

Es urgente el amor.
Es urgente un barco en la mar.

Es urgente destruir ciertas palabras:
odio, soledad y crueldad,
algunos lamentos,
muchas espadas.

Es urgente inventar la alegría,
multiplicar los besos, las cosechas,
es urgente descubrir rosas y ríos
y mañanas claras.

Cae el silencio sobre los hombros
y sobre la luz impura, hasta doler.
Es urgente el amor, es urgente
permanecer.

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Epitafio para un joven marinero muerto

Preguntan por ti
y oigo la secreta voz del agua.

Preguntan por ti
y vislumbro la línea azul del mar.

Preguntan por ti, y me digo:
Despierta y vístete de blanco.

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Metamorfosis de la casa

Se yergue aérea, piedra a piedra
la casa que solo tengo en el poema.

La casa duerme, sueña con el viento
la súbita delicia de ser mástil.

Como se estremece un torso delicado,
así la casa, así un barco.

Pasa una gaviota, y otra y otra,
la casa no lo resiste, también vuela.

!Ah! un día la casa será bosque,
a su sombra encontraré la fuente
donde el rumor de agua sea solo silencio.

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Escrito en un muro

Busca el prodigio,

Donde se sacia la luz
y termina el exilio.

Sobre los hombros, sobre la espalda,
en los costados sudados.

Donde un beso sabe
a barcos y a bruma.

O a espesa sombra.

En la naranja abierta
a la lengua del viento.

En el brillo redondo
y joven de las rodillas.

En la noche inclinada
de melancolía.

Busca.

Busca el prodigio.

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La palmera joven

Como la tierna palmera
que Ulises vio en Delos, así

esbelto era el día en que te encontré;
así esbelta era la noche en que te desnudé,

y como un potro en la planicie desnuda,
en ti entré.

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En las hierbas

Escalarte labio a labio,
recorrerte: eh ahí la cintura,
el breve resplandor entre las nalgas
y el vientre, el pecho, el dorso,
descender a los flancos, enterrar

los ojos en la piedra fresca
de tus ojos,
entregarme poro a poro
al furor de tu boca,
olvidar la mano errante
en la fiesta o en la grieta

abierta a la dulce penetración
de las aguas duras,
respirar como quien tropieza
en lo oscuro, gritar
a las puertas de la alegría,
de la soledad,

porque es terrible
subir así a las astas de la locura,
del fuego descender a la nieve,

y abandonarme ahora
a las hierbas, al rocío –
el glande leve.

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Tiempo en que se muere

Es verano, lo sé.
Tiempo de cuchillos, tiempo
en el que las serpientes
pierden sus anillos a falta de agua.
Tiempo en que se muere
de tanto mirar los barcos.

Repito, es verano.
Estás sentada en la terraza
y hacia ti corren todos mis ríos.
Entraste por los espejos: respiras mal.
Se nota que ya no sabes respirar,
que tendrás que aprender con las abejas.

Te inclinas lentamente sobre los geranios.
Con rumor de agua
sonámbula o de arbusto cortado
me das a beber un tiempo así de ardiente.

Posas las manos sobre mi rostro,
vas a partir sin decirme nada,
pues solo querías despertar en mí
la vocación del fuego o del rocío.
Y lentamente, sin voltearte,
entras en los espejos hacia la noche.

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Casa bajo la lluvia

La lluvia,
otra vez la lluvia sobre los olivares.
No sé por qué ha vuelto esta tarde
cuando mi madre ya se ha ido,
cuando ya no se asoma al balcón
para verla caer,
ni levanta sus ojos
de las costuras para preguntarme:
¿Oyes?
Oigo, madre, otra vez la lluvia,
la lluvia sobre tu rostro.