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APUNTE

Voy a escribir un cuento, Consuelo Triviño Anzola

22 · AGOSTO · 2026

Consuelo Trivino Anzola Silabario
Tomado del libro Todo es cuento, editorial Seix Barral, 2024.
El cuentista sabe que no puede proceder  acumulativamente, que no tiene por aliado el tiempo; su único recurso es trabajar en profundidad, verticalmente, sea hacia arriba o hacia abajo del espacio literario.
                                                            Julio Cortázar

 

Empiezo a escribir un cuento sobre alguien que escapa. ¿De dónde o de quién huye? Aún no llego a saberlo, pero sé que huye. Quien huye tropieza porque todo camino tiene piedras y zanjas, pero no se trata de poner una piedra tras otras, de que el fugitivo caiga en cada zanja. Debo elegir las piedras y las zanjas, situarlas en el espacio, describir el campo de la huida. Pensar también en esa sombra indefinida que tal vez me lea, un lector o lectora indiferente o, incluso, amenazante.

Compro una libreta. Cabe en el bolsillo. Tiene el dibujo de una ciudad en la cubierta. ¿Por esa ciudad huye la que huye? ¿O corre hacia allá para escabullirse entre la gente? Compro la libreta —digo— y escribo en la tapa “Pensamientos”. Ahora podré escribir lo que siento, incluso clandestinamente. A todo lo que viene impuesto añado: “No quiero”.

Empiezo una página. Arriba, en el centro, pongo “No”. Ahora no grito, sólo escribo. Y pienso para mí otros adverbios de negación: no, ni, nunca, jamás, nada, nadie, ningún, tampoco, o bien: nunca jamás, ni siquiera, de ningún modo. Pero no soy una niña. Sé que frente al “no puedo” o “no quiero” es necesario ensayar “probaré”, “tal vez”, “quizás”, “es posible”.

Guardo un libro que atesoro y me acompaña en este ángulo del salón, en el ángulo oscuro, donde me refugio del tiempo y del espacio. A los diecisiete años ya había aprendido sobre la soledad y su derrota. Contraje el vicio de la lectura. Tal vez en aquella edad no pensaba ser nada, quería tan sólo esconderme en el silencio y surcar veinte mil lenguas por las páginas de un libro.

Sigo en la libreta: “Esa chica mató a sus amigos y se fue”. Puede ser —es— la primera línea del cuento. ¿Pero por qué los mató? ¿Quiénes eran esos amigos? ¿Los únicos? ¿Había más? ¿A dónde se fue? ¿Dónde estaban? ¿Reunidos en una casa? ¿Por qué se habían reunido? ¿Ninguno se defendió? Parece que el mundo de todas las preguntas se me cae encima. ¿Cómo salir indemne? El cuento mata a la cuentista. Sí, la literatura es destrucción del origen de la voz, del motivo del cuento. ¿Qué tengo que contar? ¿Qué puedo callar? No puedo acortar más el título que escribí arriba, centrado en la página: “No”. Sí puedo alargarlo. Si lo alargo presentaré batalla al propio cuento. Me defenderé de su fuerza: “Yo no la maté”. Ya está. Salvé a una amiga tan sólo. ¿Pero a quién no maté? ¿Y a quién se lo digo?

Además de un libro y de una libreta, llevo un cuaderno donde escribo posibles diálogos. En el papel pretendo desahogarme y resolver el dilema de ser alguien anónima y clandestina. Diálogos. Pero aún no sé quiénes dialogan. No es sencillo escribir el cuento. Una tensión palpita, pide respirar. Busca luz en las sombras donde me escondo.

¿Por dónde empezar? Par où commencer? ¿Qué hacer? No se trata de escoger el camino, sino de saber qué pasos prácticos debemos dar en un camino determinado y cómo debemos darlos. ¿Dependo de la fábula, me preocupo por la literatura? Se trata de un sistema y de un plan de actividad práctica. Lo dijo Lenin. Y por eso el cuentista ordena sus materiales como el hablante sus palabras. Eso ya no lo dijo el revolucionario ruso, sino el crítico Enrique Anderson Imbert. ¿Pero cómo voy a escribir el cuento si carezco aún de los materiales que deberían ordenar y planificar la actividad práctica?

Entonces me miró. No me miraba por primera vez y yo sabía quién era, pero no conocía sus razones. Y sin embargo, siempre estuvo cerca de mí, a mi lado, conmigo, dentro de mí. Llegué un día a inventar historias, cuando leí a García Márquez. “Ojos de perro azul”. Lo real o lo ficticio. Frontera imperceptible. Arenas movedizas por donde puedo transitar sin hundirme. Hablan allí los personajes dentro de un sueño, pero tardamos en saberlo. La mujer del cuento podría ser la proyección del hombre que la mira, del hombre al que contempla. Viven los sueños. ¿O viven en los sueños? ¿O sueñan que viven? La vida es sueño. El sueño es vida. ¿Los sueños, sueños son? ¿Debo empezar el cuento en el sueño o en la vida? Pero el sueño es parte de la vida. Nacer.

No se escribe un cuento desde la nada, sino desde la vida. O desde el sueño. Siempre desde la tradición. Pero la tradición no es una traición. Estoy sola con mi bolígrafo, frente a la libreta y el cuaderno. Abro el libro. Yo creía que lo miraba por primera vez. Decido también que son ojos de perro azul, aunque no sean ciertos, sino soñados, pero son vida al fin y al cabo. Ante la libreta, desde una tradición en la que vivo y sueño sin saber de dónde vine, puedo decir “no”, estar convencida de que en alguna ciudad del mundo, en esta misma donde habito, aquí, junto al lecho en donde están escritas las palabras definitivas de mi elección. Tal vez elija “Las babas del diablo”, que me lleva hasta una orilla de París persiguiendo a un ser que ya no es, el que me mira desde una foto. ¿Y por qué no? ¿Teniendo yo más alma, tengo menos libertad?

La ficción. La libertad. No es mi vida, pero es la vida. Escribo el cuento. Saco a pasear al perro por las calles de mi barrio, o llevo una cámara oculta en mi bolso. La fuerza del cuento, dice Anderson Imbert, radica en que tiene la forma de los impulsos de la vida. De mi vida. De la vida de usted que ahora me lee, que cree en la libertad, en la tradición, en el “no”, en el perro azul, en el perseguidor, en la batalla que permite escribir el cuento mismo, un temblor de agua dentro de un cristal, una fugacidad en permanencia, dijo Anderson Imbert. Y Juan Ramón sabía que la sed se satisface con el vaso vacío, porque la sed es el deseo y el deseo se pierde cuando el acto se culmina. Deseo escribir el cuento. Temo escribirlo. Todo fugacidad, todo segundo tembloroso, escritura marchita sin tocar la página.

A veces me duermo sobre el corazón y siento que un calambre recorre el cuerpo. El sueño lo atraviesa y dudo sin abandonarlo todo. El cuento, los amigos, la libreta, el perro, los materiales, la libertad al fin. Fui arrojada al mundo sin pedirlo; no pude sino trazarme un programa de acción que tal vez nunca cumplimente, el plan de actividad práctica. Anderson Imbert. Lenin. Barthes. Acaso no podemos ser libres y en cada coyuntura de la vida nos decidimos o no, elegimos o rechazamos, y por eso triunfamos, sucumbimos o nadie nos hace el más mínimo caso. La página en blanco es tan sólo un túnel oscuro y las letras, tan negras, no llegan a leerse. Tengo miedo a que no se vean mis letras ni aún escritas con sangre. El tema del cuento es por lo tanto el miedo. Acaso todo sea una treta del monstruo invisible de un cuento infantil que pretende devorarme por desviarme del camino trazado de antemano.

La protagonista de mi cuento es una joven que mata a su amiga. Pero su amiga está dentro de ella. Tras el asesinato, intenta escapar. ¿De quién? ¿A dónde? La amiga vive dentro de mí (yo soy la protagonista) y desea escapar, escribir en una libreta que ha comprado para ello y en un cuaderno para plasmar diálogos, y leer el libro que lleva bajo el brazo y corre con él y empieza: “En un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme”. Tampoco me quiero acordar, pero en el libro no sé quién no lo quería, por qué no lo quería. No. La joven quiere vivir y parece que yo sólo vivo y me hago cuento si la mato. Escribo: “Las hormigas se asemejan a los sentimientos que la atormentan, que están sofocados y no quieren vivir dentro de ella, pero se quedan hurgando en la entraña”. La joven tal vez sea hija de mis sentimientos, o uno de los sentimientos, de los materiales con los que debo construir el cuento.

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo. La mano guía la primera frase. “Érase una vez…”. No puede ser. No responde a la atmósfera de inquietud en que me muevo y no quiero que aparezca el monstruo de los relatos infantiles. Persigo a una criatura esquiva, que huye de mi intento de matarla, aunque necesito que muera para que yo viva, para que yo escriba un cuento.

Sentada en una cafetería, pido un tinto para aquietar mi espíritu. Miro la calle desde la mesa y veo pasar transeúntes que huyen. Afuera se agita una vida que podría ser mi vida, pero que no lo es. Estoy tranquila. Protegida por el aislamiento del cristal. Pero era el frío lo que me daba la certeza de mi soledad. Y siempre hace frío en Bogotá detrás de los cristales. Fue entonces cuando me miró por primera vez.

Para escribir debo tragarme lo que siento e intentar comprender la opresión que se apodera de la joven que se dispone a vivir la vida que quiero arrebatarle. Se lanza al abismo, se enfrenta a los monstruos, lucha contra los demonios. Y no sé si llega a decir “no”. Un personaje es una voluntad que encuentra resistencias, dice Anderson Imbert. Pero no sé si el personaje soy yo o ella. Y si es ella, la resistencia soy yo y la joven no puede sino mirarme para decirme “no”.

Tengo que dejar de ser yo dos veces. Haciéndome asesina. Escapando de mí misma. No acordándome del nombre de la ciudad, burlando la tradición, escondiendo el silencio. Un escritor simula que quien cuenta, mata, olvida y dice “no”, es el otro. Uno se esconde del otro, lo burla, miente al lector, sabe más que el personaje, se adelanta a él, disimula sus intenciones, asesina a la joven y a quien sostiene el libro, toma conciencia de sí para ocultarlo o exhibirlo según convenga. Y obedece. Si Darío perseguía una forma y deseaba el abrazo imposible de la Venus de Milo, Santa Teresa, sólo por obedecer, escribía de la oración y del engaño. ¿Qué busco yo, a quién obedezco, por qué deseo escribir un cuento? ¿Qué me hizo la joven que salió de mis entrañas?

El cuento que empiezo carece de intriga, de historia y de trama. O si las tiene, es de un modo extraño, ajeno, pues el cuento va sucediendo mientras se escribe entre la realidad y el sueño, como la imagen que se desvela cuando se diluye el vaho del espejo. Quiero quedarme quieta para conservar mi forma, pero no puedo. He perdido la voluntad. Mis manos se agigantan cuando busco tocarla y disminuyen al alcanzarla. Las páginas vuelan por la ventana. Las letras bailan solas en la habitación.

Decir “no” no basta. El cuento impone sus reglas y quien escribe pierde el control al desdoblarse en las letras, las palabras y las frases que se cierran y se abren para engullirlo. Debo buscar cómo escribirlo sin que me devore el cuento, sin precipitarme para siempre en los abismos de la ficción y de la melancolía.

El cuento ya no es mío. Lo he perdido. Es de quien lee, de usted o de otra, de otros. De los sueños realizados o de la realidad soñada. De la joven que huye o de esta que espera, sentada, ante la mesa, con el bolígrafo descansando en el túnel del papel y que se sabe a punto de ser devorada por un monstruo, perro o dragón, que no deja de mirarla. Siente ya su aliento, el rugido que quema, y le hieren dos colmillos en los que se refleja, inmisericorde, la lámpara encendida.