CUENTO
Página en blanco, un cuento de Ricardo Cano Gaviria
22 · AGOSTO · 2026

Fotografía de Jorge Mario Múnera
(a Luis Fernando Charry)
Cuando le preguntó por qué últimamente rondaba tanto por su estudio, y por qué no dejaba de mirarlo preocupada, la negra Mercedes le respondió:
“Es que hace dos días tuve un mal sueño…”
“A ver, cuente… cuente…” “Yo iba por la mañana a despertarlo y lo encontraba muy quieto y pálido, porque el indio Guayambuco lo había matado”.
“El indio Guayambuco”, comentó él con sorpresa. “¿El mismo que?…”
“Sí, el mismo… Usted, niño, tenía la cabeza llena de pétalos.”
“¡De pétalos rojos!”, repitió él. “¿No serían las heridas del abuelo?”
“¡Quién sabrá, niño! Pero le aseguro que la habitación en la que él agonizó no olía tan bien como la de mi sueño. El olor era como a flores y a música de alas…”
“¡A música de alas!…”, coreó él, posando la mirada sobre la mujer. Ella a su vez dejó de concentrar en el suelo su atención (como si en la paja de la escoba que tenía en la mano se hubiese enredado alguna telaraña) y levantando los ojos de nubladas pupilas los clavó sobre él.
“¿Pues no tiene alas la música, señor?”
“Mercedes, verdaderamente usted es una caja de sorpresas”, comentó él, con una sonrisa suave, que destacó como una especie de remanso en su espesa barba castaña. “Desde niño usted no deja de asombrarme…”
“Y lo que le falta todavía”, lo amenazó la mujer, riendo y haciendo un amago de retirarse.
“Espere un momento, no se me escape…”
“Tengo que irme, señor. ¿No ve que esta mañana también su mamá salió y aún no he preparado el almuerzo?”, protestó ella, sin pararse. Viéndola desplazarse por el pasillo, con su caminar renqueante, recordó la época, que parecía ya tan lejana, en que ella le contaba los cuentos infantiles, el ratón Pérez y la cucaracha Mandinga, o le enseñaba a jugar con Elvira “Mariposa dónde estás”. Y qué lozana parecía entonces, con qué agilidad se movía… ¿Pero el día anterior, miércoles, no la había sorprendido también rondando por su estudio, avanzada la noche? Esa vez ella no le había querido decir nada, aunque al final accedió a preguntarle, después de titubear un poco, que cómo celebrarían al día siguiente su cumpleaños, y él dijo: “ojalá que no con otra mala noticia. Me bastará con tenerlas a ustedes a mi lado, nos tomaremos el té, un té especial, eso sí, del que me han llegado unos paquetes directamente de París, y unos biscuits”.
Por sorpresa se oyó una voz a espaldas de ellos:
“No, yo prefiero el ponqué”
Caminando en puntillas Julita, siempre tan inquieta, había venido a ver qué pasaba, lo que le brindó a la mujer una estupenda oportunidad de escabullirse y a los dos hermanos la oportunidad de hablar solos. Primero se miraron con expresión seria, tal vez demasiado seria para ella, quien, por su edad, no parecía tenerlas todas consigo; luego, jugueteando de forma compulsiva con los festones de la colcha, la joven lanzó una pregunta algo crispada sobre los acreedores, y sobre todo por el señor Guillermo Uribe, ¿es que en realidad era un hombre malo?
“¿Y, si es así, por qué se había llevado tan bien con papá? ¿Es que es un hipócrita? ¡Dime por favor, son cosas que no puedo entender! …”
En el énfasis de las palabras de Julita -él no lo ignoraba- latía la sorda presencia de un pasado lleno de claroscuros y de sombras, de chapolas negras y malos augurios, de amores venales e hijos clandestinos, de odios políticos y viejas amistades interrumpidas, ya fuera a orillas del Sena y del San Francisco, y hoy parecía que también de desamores y recelos económicos, que eran una carga demasiado grande para su edad. Y al final casi se alegró de descubrir que al menos de momento lo que más le preocupara a Julita era saber si todo Bogotá se iba a enterar… ¿En tales condiciones cómo volver a misa a la Catedral? ¿Y cómo pasear de nuevo por la calle de Florián? Serían el hazmerreír de todos, en el altozano los señalarían con el dedo, se convertirían en unos pobres de solemnidad.
A caballo sobre un taburete que él tenía cerca de la cama, no lejos de la bacinilla vacía, y con los pies desnudos apretados uno contra otro, la muchacha parecía a punto de llorar cuando él le lanzó un chasquido de dedos, haciéndola volver en sí, y para cambiar de tema le preguntó si tenía idea de lo que le pasaba a la negra Mercedes; la mujer estaba muy rara y a él le parecía que lo espiaba… “¿Espiarlo a usted? Creo que no… Aunque esta mañana se escapó hacia las diez sin decir adónde iba… Volvió hacia las once, a tiempo para preparar el almuerzo. Menos mal que mamá no se enteró.”
“¿Y, por cierto, qué podemos hacer para que aprenda a coger el teléfono, Julita?”, aprovechó para decir él.
“Ah, creo que eso sí que va a ser imposible”, respondió la muchacha, cediendo a una sonrisa, “¡ni siquiera se atreve a pasarle el plumero!”.
Durante unos instantes, en la profundidad de la noche, se oyeron las risas sofocadas y cristalinas de los dos hermanos burlándose de la negra Mercedes, que le tenía miedo al teléfono porque creía que era cosa de brujería eso de transmitir la voz a distancia, y vaya si lo era…
“Julita, yo mismo le estoy cogiendo miedo cuando suena”, le confió José al final y casi en ese mismo instante cayó en la cuenta de que la última vez que el aparato había sonado había sido la tarde anterior, de parte de Alejandro, su ayudante en el almacén, que no encontraba un rollo de seda verde de Lyon, y quería saber si se había vendido o lo habían mandado a otro sitio.
Cuando Julita se fue al fin a dormir, después de darle el beso de buenas noches -hacía poco que el reloj del pasillo había dado las doce-, él se puso la bata de terciopelo rojo con arabescos dorados y fue a la sala a fumarse el cigarrillo de medianoche: desde allí miró un momento a través del visillo de la ventana… Nadie allá abajo en la calle, ni un alma del purgatorio, ¿no era el momento propicio para irse a pasear al cementerio? “No, esta noche no”, pensó. La parte de Bogotá no iluminada aún por la electricidad se había vuelto muy peligrosa, y a él no le gustaba ir por ahí de noche solo y con revólver… Además, tenía que empezar a pensar muy bien los argumentos que muy pronto tendría que exponerle a don Guillermo.
…………….
Pero ese día, jueves, debía hacer un nuevo intento de coger el toro por los cuernos, por más que ahora el indio Guayambuco lo vigilara desde la sombra, y al percibir el eco apagado de los ruidos que hacía la negra Mercedes en la cocina, volvió a su cuarto y se sentó ante el escritorio. En él, había dos hojas: una en blanco un poco apartada, y otra en la que se veían ya varias líneas escritas con su encabezamiento. Levantó la primera y la contempló en silencio durante un rato, como si esperara ver aparecer en ella alguna figura mágica; luego la dejó en su sitio, y, tomando la pluma, se dedicó a la segunda:
“Estimado señor:
El día 5 de noviembre entré en su casa, a eso de las doce del día, para decirle algo importante: con el crédito que me concedió el señor De Cambil, representante de la casa parisina Fould Frères, acabo de cubrir las deudas urgentes que eran mis mayores dificultades: a partir de ahora voy a vender todo lo que pueda… Si en cinco meses logro vender 12.000 y cobrar 20.000 que me deben, tendré cubierto mi pasivo en Bogotá…”
De pronto se interrumpió. No, no podía concentrarse. Dentro de su mente el indio Guayambuco soñado por la negra Mercedes continuaba asesinándole a él, asesinándole de parte del señor Uribe y de todos los que empezaban a dudar de su honradez, y era el mismo indio asesino que había matado a golpes de culata a sus tíos en Hatogrande. Dos víctimas, dos agonías, una más corta que la otra, ¿o habrían sido tres? Seguramente lo pensó por vez primera allá en París, en el piso de la rue Pigalle, donde vivió varios meses solo acabando de llegar, en medio de los cuadros y bibelots del tío recién muerto, el segundo agonizante, y en realidad fue luego, uno o dos meses después, cuando empezó el largo paréntesis, con el frenesí de París, los viajes y las aventuras picantes, las visitas poéticas, los libros, y el regreso a Colombia terminada la guerra…Sí, un largo paréntesis que aún no había acabado, ¿pero por qué se atormentaba ahora pensando en todo eso?
Como si esperara que el humo disipara sus temores, salió al patio a fumarse el primer cigarro del día. Desde allí, apoyado en la baranda, observó un gorrión que saltaba de flor en flor allá abajo entre los arriates no tocados aún por el sol de la mañana. Pero eso no era todo: en la zona más umbría, agazapado tras unas macetas, Mambrú, el gato negro y blanco de las vecinas, vigilaba muy atento las evoluciones del pajarillo, que iba y venía revoloteando, inocente ante el peligro. En un momento dado fue cosa de casi medio metro lo que los separaba a los dos, y Mambrú, en su escondite, empezó a preparar el salto, suavemente, la parte del cuello más hundida que la de la grupa, las patas traseras semiplegadas, las delanteras dobladas por completo. De pronto algo se movió allá abajo, el gorrión se elevó en tirabuzón sobre el patio y el tejado, escapando al peligro, y mesándose la barba él lo vio alejarse con un suspiro de alivio, dejando que en su rostro se explayara una tímida sonrisa de satisfacción. Tocado por esa chispa de optimismo, se preguntó si hacía bien quedándose ese día en casa en vez de ir al almacén para continuar con el balance y comprobar si había alguna novedad… Tal vez más tarde viniera Drake a buscarlo, si es que había bajado a Bogotá. Siempre era un alivio su compañía, y más en aquellos momentos aunque su amigo se mostraba esquivo y nervioso cuando él se ponía a hablar de sus paseos por el cementerio a altas horas de la noche, seguramente porque lo consideraba perjudicial para él, y no se atrevía a reprenderlo ni siquiera cuando, tan lenguaraz como emocionado, empalmaba con los paseos por Chantilly en compañía de Elvira bordeando la quebrada Las Delicias, mientras la luna alargaba las sombras de los hermanos más allá de los árboles, poco antes de alcanzar el Camellón de los Eucaliptos, donde debían girar en redondo y volver. ¿Pensaba él también que se estaba volviendo loco, como ya le pasaba a tanta gente en Bogotá?
Tal vez Drake tenía razón, él, siempre tan mesurado, y había que procurar alejarse del dolor en vez de recrearse en él y acicatearlo. ¡Pero un año era tan poco tiempo!
De pronto, antes de haber acabado el cigarrillo, lo apagó y lo dejó con cuidado sobre el bordillo de la columna. Caminando sin prisa recorrió el tramo del pasillo que daba sobre el patio, y se internó por el que llevaba a la cocina.
Cuando llegó le preguntó a la negra Mercedes, por sorpresa, en un tono guasón:
“¿De modo que para usted tiene alas la música?”
La mujer dio un saltito, lanzó un gritito y giró la cabeza.
“Por dios, me ha asustado. No lo oí entrar…”
Mientras ella echaba carbón en el fogón, y maniobraba con las ollas y los cuchillos, los dos se miraron cómplices y risueños. Ella cortaba algo verde, seguramente habichuelas, y unos tomates rojos y redondos, así como unos aguacates grandes y lustrosos descansaban junto a la pared llena de cacerolas y sartenes de cobre, todas alineadas y relucientes.
“Dígame pues…”
“ Sí, la música tienes alas, ya se lo dije, niño.”
“¿Y dónde aprendió usted todo eso? ¿En África tal vez?”
“En África, no me haga reír. Yo nunca estuve allí… Se lo juro”
“¿Y no recuerda nada de su papá? Yo sé que vino con los Diago, fue ellos quienes lo liberaron …”
“Pero no quiso volver a África, ya lo ve usted. Todos somos de donde estamos…”.
La miró con curiosidad, de espaldas, y pensó: “Sí, todos somos de donde estamos: lo mismo pensé cuando estaba en París, y hubiera querido quedarme… ¿Volveré alguna vez?”
“Póngase ahí y péleme unos tomates, ya que hoy quiere hacerme compañía, niño”, dijo ella. “¿Le pasa algo raro? Años que no lo veíamos por aquí en la cocina…”.
“No me pasa nada, solo quiero que me explique por dios cómo aprendió usted eso.”
“¿Qué es eso?”
“Que tiene alas la música…”
“Ay, señor, no me haga desvariar más…”, se quejó ella, agitando la mano con impaciencia. “Yo qué voy a saber, si soy una negra ignorante y, como si fuera poco, vieja.”
Estuvo unos minutos callada, entregada a su trabajo, pero de pronto levantó la cabeza y lo miró.
– Claro, la música tiene alas, por eso se puede bailar. Los bambucos, al menos… Las faldas se hinchan, vuelan… ¿Ha visto a Julita cuando baila? ¿Y cuando lo hacía Elvira? ¿Es que no tenía entonces alas la música?”
Los dos bajaron los ojos, luego se miraron y sonrieron.
“Perdóneme niño por habérsela recordado…”
“No se preocupe sumercé”, se oyó decir él, y pensó con fugacidad que la imagen de su hermana muerta estaba en todas partes, todo olía a ella, todo se conjuraba para que nadie la olvidara y mucha gente en Bogotá estuviera aun recordándola, recordándola y recordándosela a él… Por eso empezaba a tener miedo de que aquel sentimiento creciera y se hiciese cada vez más incontrolable, por eso tenía que hacer algo y pronto. Sería como una forma de celebrar el primer año sin ella…
La negra Mercedes lo tocó suavemente, haciéndolo volver en sí. “Niño, he oído voces en el zaguán. Me parece que su mamá ya está subiendo las escaleras…”
Al oírla, él pareció volver en sí, miró a lado y lado asustado y, sin decir nada, con el torso muy tieso, voló por el pasillo caminando a zancadas, como a veces hacen los petimetres cuando bailan el rigodón.
La negra Mercedes se quedó sola, y, dejando el cuchillo sobre la mesa, se sentó un momento a pensar. Estaba claro que algo muy grave estaba pasando; el miércoles había encontrado sentado al niño en el lecho, fumando cigarro tras cigarro… “¿Qué le ocurre, por qué está tan nervioso?”, le preguntó. “¿Quiere que le prepare un té?”. “Esto se hunde, Mercedes, esto se acabó”, le había dicho él, abatido. “¿Y su cumpleaños qué? Recuerde que es pasado mañana, ya hemos encargado el ponqué.” “¡Pero si no vamos a poder pagarlo!”, dijo él. Fue entonces cuando sonó el timbre de ese horrible aparato, interrumpiendo la conversación, y el señorito, dando un salto, corrió, mejor dicho, voló, a contestar. Luego, inmóvil en su sitio, ella lo escuchó afirmar, en un diálogo entrecortado con el aparato, que esta vez no podía cruzarse de brazos para dejar que los amigos de su papá lo ejecutaran judicialmente con toda comodidad. ¡Sí, que lo ejecutaran!… ¡Qué palabras más horribles!
Con ellas en la mente la mujer regresó a la cocina, y, al volver a cortar la carne, se hizo una pequeña incisión en el dedo. Aunque se hubiera cortado el dedo entero no hubiera importado, porque qué era eso comparado con lo que le harían al niño: ejecutarlo… ¡A él, que era el hombre de la casa! ¿Y qué sería de todas ellas, con él ejecutado? Sin duda debía ser que los jueces alineaban al reo y, pronunciada la sentencia, le disparaban allí mismo, como en la guerra. De no pocos esclavos ejecutados había oído hablar ella a su padre, en su juventud, y luego en toda su vida no había parado de ver muertos y heridos de guerra, ya de un bando ya de otro, y la mayoría eran casualmente mestizos y negros… Mestizos y negros que poco sabían de los conservadores o los liberales, pues habían sido raptados por los lanceros y, encadenados como esclavos, arrastrados a la guerra para que mataran a los del bando opuesto. La última escabechina que vio fue la de las calles de Bogotá en la guerra del 61. ¡Pero hacerle eso al niño! ¡Al cachaco más guapo de Bogotá, que no estaba en ningún bando, y que era también el más inteligente! ¡El muchacho al que ella había visto crecer y sobre el que acababa de tener ese sueño espantoso!
Anduvo espiándolo todo el día, pero él no se dejó ver. Y era extraño que otra vez se hubiera quedado en casa; por eso, ese día, cuando doña Vicenta le preguntó por él, a sabiendas de que ella frunciría el ceño, le dijo que estaba encerrado en su estudio y que había pedido que no lo molestaran. ¡Sin duda eso era lo que él hubiera querido! Luego, sin pensarlo, se fue caminando lentamente a su cuartito en la parte más honda de la casa, junto a la cocina, levantó por un lado el colchón de su cama y sacó un bultito, un pañuelo atado por las esquinas que abrió, dejando ver un puñado de billetes muy ajados y dos o tres letras de cambio… Era todo su capital. Pensó en el momento en que se lo daría al niño, e intentó imaginar lo que le diría él. Sin duda lo iba a rechazar. Pero ella de todos modos se lo daría… Y se dijo que a lo mejor si ella le pidiera que a cambio le recitase unos poemas, él lo aceptaría. Primero pensó en “Las Golondrinas”, pues, aunque el niño dijera que no era del todo suyo, la llenaba de nostalgia ese poema, incluso le hacía pensar a veces en países en los que nunca había estado… Pero no, no quería ponerse triste. Por eso tal vez era mejor pedirle que le recitara a ella, y solo a ella por una vez en la vida, “Los maderos de San Juan”. Aserrín aserrán, los maderos de San Juan, piden queso, piden pan… ¡Triqui, triqui, triqui, tran!
……………
El jueves 26 de noviembre de 1891, a las cinco de la tarde y en un piso de Bogotá, en la calle 12, la negra Mercedes, con un envoltorio en la mano, acechaba tras las cortinas al poeta que estaba sentado ante su escritorio de caoba, con la cabeza doblada sobre el papel blanco. Unas pocas líneas destacaban al comienzo de la hoja… La mujer pensaba: “Aserrín, aserrán”, con una sonrisa en los labios, y en el momento en que iba a interrumpirlo notó que él estaba muy ensimismado, apretándose la frente.
En cuanto a la hoja comenzada, sabía que estaba allí desde el día anterior, y era muy distinta de otra que había al lado, llena de una letra continua y entreverada de tachones.
Iba a irse ya, tocada por un sentimiento de pudor, cuando el otro levantó un poco la primera hoja, y sin querer ella lo escuchó recitar con voz queda, repartiendo bien el acento en cada verso:
“Una noche, una noche toda llena de murmullos,”
Ella se paró un momento, sorprendida, y no pudo evitar sonreír con una sensación de plenitud cuando el otro añadió:
“de perfumes y de música de alas…”
……………
Un pasaje del relato es copia fiel de un documento de J.A.S. Al utilizar el diálogo entrecomillado, el autor quiere subrayar que, aunque solo cuenta hechos imaginarios, todo el relato está adscrito, por decirlo así, a ese nivel de posible y flotante documentalidad. En este sentido, incluso cabe la posibilidad de incorporar al final, pero ya no haciendo parte del relato, el poema entero escrito por Silva.
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Ricardo Cano Gaviria. Narrador y ensayista, nació en Medellín, Colombia en 1946; tras viajar a Francia, donde residió entre 1968 y 1969, se radicó en España en 1971. Ha colaborado en periódicos como El Colombiano, El Espectador, La Vanguardia y El País, y en revistas como Eco, Cuadernos para el Diálogo, Revista de Occidente, El Viejo Topo, Quimera, Odradek y Revista Universidad de Antioquia. Codirigió durante varios años la recientemente desaparecida revista española Hora de Poesía con su mujer, Rosa Lentini, con quien fundó en 1997 Ediciones Igitur.
Libros de narrativa: El Prytaneum (novela, Bogotá, 1981); Las ciento veinte jornadas de Bouvard y Pécuchet (novela, Barcelona, 1982); En busca del Moloch (relatos, Bogotá,1989); El Pasajero Walter Benjamin (novela, España, 1989); Una lección de abismo (novela, Barcelona, 1991); El hombre que rezó a Baudelaire (relatos, Barcelona y Bogotá, 2007).
Libros de ensayo y biografías: El Buitre y el Ave Fénix, Conversaciones con Mario Vargas Llosa (ensayo y diálogo, Barcelona, 1972); Acusados: Flaubert y Baudelaire (Barcelona, 1984); La vida en clave de sombra de José Asunción Silva (biografía, Caracas, 1992).
Premios literarios: Premio Navarra de Novela 1988 (España) por El pasajero Walter Benjamin; Premio Nacional del libro Pedro Gómez Valderrama (a la mejor novela colombiana publicada en El quinquenio 1988-92) por Una lección de abismo.
Textos y libros suyos han sido traducidos al portugués, italiano, francés y alemán. La presente novela aparece simultáneamente en España, México y Colombia.