CUENTO
Uñas, un cuento inédito de Jorge Armando Laguna Rivera
06 · SEPTIEMBRE · 2026

Doña Pilar observó cómo la nueva novia recogía los platos de la mesa. Lo que hacía le resultó familiar, y cuando la muchacha se ofreció a lavarlos, recordó que su madre le dijo a los veinte años que se comiera todo y no se le olvidara organizar la cocina. Ella siguió el consejo y, meses después, se casó con el papá de Juan.
—Gracias por quedarse. Juanito no demora en traerme los medicamentos del dispensario. —Se agarró la frente para esculcar donde le dijo a Juan que le dolía—. Este beriberi me tiene mal.
Doña Pilar no apartó la mirada de la forma en que la muchacha abría el grifo y la cantidad de jabón que utilizaba. A lo mejor estaba fingiendo. Le amontonó las ollas del almuerzo, la olleta del desayuno, los tenedores, las cucharas y hasta la ollita en la que llevaba la comida al trabajo.
—¿Y sus papás a qué se dedican? —le preguntó a la nueva novia.
—Son profesores.
—¿Y usted tiene hermanos?
—Dos.
Doña Pilar observó las manos de la muchacha. El agua golpeaba las uñas. El esmalte beige resquebrajado, los dedos de goma, las manos sin manchas. Alguna vez las tuvo así, sin mácula del achiote, de manteca y con las uñas delgadas. Apretó los dedos y vio que las suyas estaban gruesas y amarillas. La nueva arrastraba la esponja de cocina y doña Pilar se ofreció a pintárselas.
—Tranquila, mañana me las arreglo.
—Tan bobita. Venga y le hago la manicure, así de paso me arreglo las mías —dijo doña Pilar y observó cómo María aceptaba, sin siquiera marcar una sonrisa.
La muchacha ordenó los platos, ollas, cucharas y limpió el mesón de la cocina. Doña Pilar vio cómo se secó las manos con el jean y los pulgares quedaron marcados, al igual que el trabajo escolar que Juan le dio cuando entró al jardín y que estaba colgado en la sala.
—Vamos. Esta casa la construí cuando murió el papá de Juan.
Caminaron entre el piso en obra gris hasta la habitación del fondo.
—Esa era yo cuando tenía su edad. —Señaló una fotografía grisácea—. Siéntese —añadió, indicando la cama.
María obedeció y doña Pilar le contó que en su juventud le gustaba bailar todos los fines de semana, hasta que conoció al papá de Juan.
—Eran otros tiempos. —Notó que la muchacha miraba el reloj despertador que estaba en la mesita de noche—. Tranquila, Juan no demora. Ojalá le rinda haciendo la cola para que le den mi medicamento.
Agarró varios frascos del tocador, los agitó y los golpeó contra la palma de la mano mientras le comentaba cómo era el difunto padre de Juan, que ella quería más hijos, pero como enviudó, no pudo. Vertió un poco de quitaesmalte en un algodón y comenzó a remover los residuos de las uñas. La muchacha se sacó un zapato con la punta del otro y lo dejó junto a la cama.
—Hay que saber llevar a los hombres, hacerles creer que tienen el control. Cuando Juan era niño, hacía pataletas por cualquier cosa y yo le daba la razón. Lo digo porque él se parece mucho a mi difunto esposo, y yo siempre he dicho que mi nuera será como la hija que no tuve. La señora Quilina, mi suegra, me dijo esa misma frase alguna vez, y siempre tuvimos una buena relación.
Doña Pilar buscó entre los frascos. Vio que la nueva asintió a todo y, sin preguntarle, le comenzó a pintar el dedo meñique con un esmalte de color fufurufa. Y pensar que doña Quilina nunca había hecho esto con ella. La vieja era jodida cuando quería. Le dio muy duro la muerte de su hijo. Y eso que nunca le contaron por qué apareció donde apareció. Cuando terminó con el tercer brochazo, María se miró la mano.
—Solo espero el día en que lleguen los nietos. Debe mirarme a mí, que solo soy una costurera hija de otra costurera de Aipe, y pensará que no hice nada con la vida. Todo por casarme.
—Mi mamá también se casó, y estudió con tres hijos encima.
La miró de reojo y le agarró la otra mano. Continuó pintándole las uñas, concentrada en no rozar la cutícula, mientras tarareaba «Solo busca la sombrita, pa’ ponerse a pajarear». La abuela materna de Juan solía cantar cuando cosía.
—Listo. Acuéstese para que no se le dañen —dijo y buscó el control del televisor.
Vio que la muchacha le hizo caso y cómo se le reveló un tatuaje en el estómago. Doña Pilar desvió la mirada al televisor, donde se presentaba un programa de recetas. Mínimo, no sabía cocinar.
—Me gusta la cocina —dijo la muchacha mirándose las uñas con asco.
Doña Pilar arrugó la nariz y sacudió el frasco lila. Se dio un brochazo en el dedo gordo del pie. En la televisión, un hombre daba vueltas a un trozo de carne sobre una hoguera. Agarró el control remoto y cambió de canal. Había un programa de farándula. Lila abajo, fufurufa al lado.
—¡No tienen vergüenza! —Chasqueó doña Pilar—. ¡No aguanto tanta maldad en el mundo! Siempre con sus colores vivos, chillones, e insinuándose a los hombres.
Dejó de ver el televisor y contempló cómo María sacudía con disgusto sus dedos cortos y chatos. Entrecerró los ojos y ocultó el rostro.
—¿Qué cree, María? ¿Cierto que es un descaro? Yo creo que le queda bien ese color: va con la alegría de su personalidad.
Doña Pilar se pasó la lengua por los labios al ver que la nueva volteaba el rostro. Terminó de pintarse las uñas de los pies y comenzó con el índice de la mano izquierda.
—¿Y cómo le pareció la casa?
—Normal.
Doña Pilar sonrió al verla buscar el reloj despertador que descansaba en la mesita de noche.
—Por lo menos le caí bien.
—Doña Pilar, a mí todo el mundo me cae bien.
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Jorge Armando Laguna Rivera (Aipe, Huila, 1986) es profesional en Estudios Literarios de la Universidad Nacional de Colombia y máster en Escritura Creativa por la Universidad de Sevilla. Profesor de apreciación literaria y de promoción de la lectura y la escritura, es autor de Díptico en pugna (2019); Los liberados al fondo: una finta en tres actos (2024) y Perro viejo (2026).