← VOLVER

CUENTO

La prisa del cangrejo, un cuento de José Zuleta Ortiz

14 · SEPTIEMBRE · 2026

José Zuleta Silabario Cuento colombia

El primer lugar, antes de llegar, era una vereda a la que llamaban La Soledad, después estaba El Silencio.

El poblado tenía una sola calle. Las casas se miraban unas a otras. A la entrada estaba la escuela, en la mitad la iglesia y la farmacia y, al fondo, después de una curva, saliendo ya de la aldea, estaba el cementerio. No más de ochenta casas: cuarenta de un lado de la calle y otras cuarenta al frente.

La calle era estrecha y en ella trascurría la vida, una vida pública, a la vista de todos.

La vi.

Iba en una bicicleta a la que le faltaba un pedal, el pie del pedal faltante lo apoyaba sobre el marco y con el otro pie pedaleaba. La visión era extraña, daba la impresión de que algo cojeaba con cierto ritmo, algo de danza y cojera, perfección e imperfección, un ritmo arrítmico, diría. Esa forma de avanzar serena y plácida en la cadencia de la pierna cojeagirando sobre el aire, me atrajo poderosamente. Al final de la calle dobló a la derecha. Pensé que la bicicleta era un poco grande para ella. Y ella era un poco grande para mí. Pero no pude borrar su imagen, su imperfecta gracia.

Estaba de paseo. Eran las primeras vacaciones sin mis padres. Me invitó un amigo de mi edad (quince años), con el cual jugábamos ajedrez y aprendíamos Gó. Me levantaba más temprano que todos y me sentaba en la escalera de la cabaña. El lugar está cerca de Boca Grande, en Tumaco. Una mañana volví a verla pasar en la bicicleta: pedaleó hasta al final de la calle, me quedé asombrado por esa especie de descanso y viaje, de ciclocontoneo en que viajaba. Al otro día la seguí. Cuando llegué al final de la calle, crucé y la vi detener la bicicleta y bajar de un salto, como las gimnastas de la barra de equilibrio. Soltó el manubrio y caminó hacia una casa. Era cojita. Su cojera era elegante, tenía ritmo y gracia, aunque en verdad era toda ella la que trasmitía una elegancia inasible. Me miró un instante, subió al corredor de la casa y desapareció.

La casa era la última de la hilera derecha del poblado. Después estaba el camino del cementerio. Pasé con mi amigo varias veces en el día para ver si la volvía a ver. Quería mostrársela. Caminamos por el sendero hasta un taller de carpintería y allí alquilamos dos bicicletas. Estaban oxidadas, a una no le funcionaban los frenos. Mi amigo César cogió la mejor para él. Yo, como era el invitado, no debía protestar. Salimos a la calle y comenzamos a pedalear. Nos cansamos de hacer piques, de ir y venir de un extremo al otro del caserío y, al final, cuando ya habíamos agotado la tarde pedaleando, la vimos aparecer montada en su bicicleta. Venía hacia nosotros con su ciclocontoneo extraño y la misteriosa elegancia.

—Allá viene —dije para que César la viera. Él miró con desgano y siguió pedaleando como si nada. Yo me sentí apabullado por la emoción de verla.

Cuando se aproximó, traté de hacer espacio para que pasara a mi lado, pero me atacó la torpeza y se me enredó la llanta delantera con una carretilla que estaba en la vía. Caí, el estrépito de la caída fue acompañado por una carcajada general, y el dolor que sentí en los huesos fue cegado primero por la vergüenza y después por la burla pública, por una ola de ira verde y caliente que me quemaba la cara.

Me incorporé, subí a la bicicleta y a toda velocidad, con el manubrio torcido, atravesé el poblado y seguí por el camino del cementerio.

Dejé la bicicleta en la puerta y entré. Me senté en la losa de una tumba. Leí: Rafael Reina. Dos lagartos salieron despedidos como rayos azules. La coraza naranja de un cangrejo emergió de un agujero. Quise regresar a mi casa, pedí que se pasara pronto esa semana y terminaran las vacaciones para no ver más a César y sobre todo para que nadie me viera.

Me preguntaba qué pensaría la muchacha de la bicicleta, no la miré después de mi caída, no supe si se rio como todos.  Caminé por el sendero entre las tumbas. Al final estaba el manglar y la marea alta casi tocaba las tumbas de ese costado. Vi hojas secas volando sobre las losas: levantadas al aire, libres del vínculo, de la atadura a la tierra, en la sinrazón del viento, parecían gozar en su aventura aérea. Después me acerqué al agua del manglar. Estaba clara y pude ver algunos peces meciendo sus aletas como equilibristas del agua. La luz comenzó a quebrarse. Entonces, me levanté para marcharme y la vi. Venía caminado con su lenta gracia hacia mí.

Miraba con serenidad, como si trajera consigo un secreto guardado. Sonrió, y no paró de caminar, venía casi flotando. En su sonrisa parecía concentrarse toda la luz que le restaba al día.

Se sentó a mi lado, no hablamos, sólo sentí la paz de su compañía.

Mientras el silencio avanzaba, mirábamos el mar. Sobre la playa un cangrejo huía a toda velocidad, corría hacia atrás. Pensé que no retrocedía. Me dije que los recuerdos son atrás y cuando los evocamos avanzamos hacia atrás, como los cangrejos.

—¿Vive aquí? —pregunté.

—Soy maestra de primaria.

Nos quedamos en silencio mirando y escuchando la música del manglar.

De pronto dijo:

—Este es el único lugar en el que se puede estar a salvo.

—¿De qué?

—De la vigilancia de la vecindad. Aquí transcurre lo mejor de la vida de este pueblo.

—¿La muerte?

—No solo la muerte; los juegos, los noviazgos, las primeras veces y las últimas,  todo lo interesante transcurre en este cementerio… debe ser por eso que aquí no se teme a la muerte. El cura en el sermón dice regañándonos: “Que los vivos dejen descansar a los muertos”. Pero: ¿qué mejor que los descendientes se amen en el lugar en que descansan sus mayores?

Caminamos hacia el mar, la noche había llegado. Nos sentamos en un tronco, en el borde de la playa, oímos un castañeo y percibimos un aroma acre. Había algo tumbado en la playa. Nos acercamos para ver. Era un delfín muerto. Había cientos de cangrejos rojos devorándolo, sentí el sonido de su actividad, el olor de la carne en la brisa, me estremecí, recordé la prisa del cangrejo.

Me tomó de la mano y entramos de nuevo al cementerio. Nos sentamos sobre una lápida.

Nunca olvidaré el nombre de aquella tumba: Raquel Estupiñán. Tumaco. 1937. El Silencio. 1979.

Los cantos del manglar se hicieron más intensos.

—¿Que le habrá pasado? —pregunté.

—¿A quién?

—Al delfín.

—Vienen a morir a la playa.

—…

—No se sabe por qué… dicen que se suicidan.

—…

Pasó su brazo por mi hombro, acercó mi cabeza a su cuello. Sentí su sangre fluir por la carótida, el estrépito de la vida latiendo en la soledad, en el  silencio.

Desde entonces hay algo en mi corazón que cojea con gracia y que irrumpe en las horas difíciles como un alivio.