APUNTE
Escalones de la noche, un cuento de Enrique Oswaldo Ferrer Corredor
14 · SEPTIEMBRE · 2026

Ya somos el pasado que seremos.
Jorge Luis Borges
Para mi padre, Luis Enrique
La suerte del hombre que huía angustiado de su verdugo, en una noche de Luna, por calles que le mostraban salidas entre un corredor de casas amontonadas para encerrarlo de nuevo entre ventanas y portones sellados a los prófugos se había consumado. Entonces bajo un sol abrasador he decidido que no debe morir. El infeliz había corrido demasiado, al final vislumbró como única posibilidad de descanso, abandonar la fuga. Arrodillado, aguardó con la esperanza que prodigaban cuatro calles que podrían traer a su verdugo. Se arrastró una cuadra más allá en su afán de recibir el golpe del último acto, cada uno había llevado al límite su herida. Volteó su cabeza lentamente hacia atrás, allí estaba muerto sobre el pavimento su perseguidor: El otro también había corrido.
Al pasar la esquina recordé esas dos páginas de ayer en el bar; esta tarde encuentro en su destino una posibilidad para mí: había abandonado a mi personaje a la suerte trazada en el papel. Cruzo la calle, camino sin rumbo hasta llegar a la casa aún hostigada por una visita imprevista. Ya no sabría decir si su presencia me trastornaba el relato, si la historia narrada invadía mi realidad inmediata o era el terrible miedo de entablar cualquier diálogo arriesgado con extraños. El asedio de la casa no me ha dejado consignar la conclusión del encuentro en la esquina superior de la hoja de papel, busco desesperado no olvidar este desenlace, como si el personaje dependiera de un final de cuento ya decidido.
El sitio de la casa duró hasta las primeras horas de la noche con el grupo de visitas del domingo, obligándome a buscar refugio en la taberna. No podría soportar que ellos descubrieran al personaje moribundo que llevaba enrostrado. La noche inesperada me trajo un cambio de realidad: los datos quedaron recortados. Acuden a mí los últimos personajes de la velada. Un encuentro en las primeras mesas de la taberna, un amigo de la vecindad y su acompañante: entro y los veo bebiendo, apenas inicio un saludo dejan de hablar. Tejo en sueños otro final para mi historia inconclusa que iba masticando mientras caminaba, pero todo ha quedado suspendido. La invitación me obliga a compartir la mesa con ellos, los dos tienen estampa de militares. Resbalo las palabras represadas noche tras noche, mesa tras mesa, con risas que se repiten a intervalos, entonces me relajo y alejo de nuevo en mi memoria en medio de tres rostros alumbrados por tres velas. Las primeras fugas de la oscuridad son vacilantes, como siempre deformaciones de las caras, las mesas, los efectos de luces, los ruidos, las palabras y ese ir y venir de las pequeñas historias en pequeñas imágenes. Otra vez en la mesa habla mi amigo, mientras tanto yo voy tomando confianza con el otro, parece escapado de una novela policíaca. Seguir la conversación es fácil, asintiendo con la cabeza a cuatro ojos fijos y amables, una y otra palabra suelta, tratando de no rayar la cara de quien habla. Mi amigo tiene puesto el uniforme, el fulano está de civil pero refleja su condición de miliciano.
Casi obligado acepto el segundo vaso de cerveza, cesan los cuentos y las risas, el tema se unifica: la guerrilla. Al principio toco con entusiasmo la conversación tratando de no distraerme de nuevo: sin darme cuenta, he dejado ver en mi rostro, barnizado de respuestas cada vez más concisas, el interés por el tema. Mi amigo maneja la situación. Yo le respondo arrastrado por el tema y obligado por las cervezas que debo. Incluso tomo la iniciativa, aceptando errores de uno y otro bando, desgarrando sus razones con apuntes salidos de tono. El tema los entretiene, ellos saben de deudas, piden otra cerveza.
El otro soldado, oriundo de una zona muy comprometida, me habla de las cosas que allí había oído, como si me conociera de antes. Ojos claros, tez suave, limpio de ropas; su semblante dice que este hombre no es de esa tierra de la que tanto me habla. Dice que habla porque conoce: los niños con vocabulario panfletario, los viejos que saben de idas y venidas en el pueblo, las noticias que corren y las cosas que él se ha inventado. Su rostro, aunque hermoso, me repugna, como si no le perteneciera. Una de las velas se apagó y yo empiezo a jugar con su cara, me la grabo con todas sus variantes y ángulos. En medio del juego pierdo interés por las cosas que me revela. Él sigue hablando, con sus ojos mansos que me miran a la cara, creyendo que los míos, fijos en su rostro, siguen con atención sus palabras, consiento de vez en cuando observando el silencio que guarda mi amigo tras el uniforme. Un plan Cóndor, pronunciado oculto entre diversas realidades, confirmado con el roce de una mirada de bebedores de cerveza, hace que me pierda definitivamente de la conversación: siento el peso de lo que puede ser un grave error: yo conocía supuestamente el plan. El hombre sigue hablando. No recuerdo el preciso instante en que asentí a una pregunta que ahora invento para retomar esa parte de la realidad.
—¿Conoce usted el Plan Cóndor? Capaz de mantener varias conversaciones al mismo tiempo, sin que se note mi ausencia, debí haber confirmado un nombre, un sitio, una simple señal. Ahora no puedo recordar con certeza las palabras que pronuncié. Comprendo que sólo podré arrancarme esta idea mediante un relato que dibuje lo que pudo ser.
Una avalancha de palabras me arrastra de nuevo a mi escritura. Invento a Andrés, para que él, mirando nuestras caras reformadas por el líquido disperso, trace nuestro encuentro en las páginas de ficción. El hombre cada vez se muestra más interesado. Abundan las preguntas sobre las cosas que digo, sobre la guerrilla en la universidad, la prensa y el conflicto, los cuentos callejeros y la política; entonces sí que dejo de pensar por mí mismo, apenas si balbuceo algunas frases como respuestas a sus comentarios que ya no me alcanzan, me esfuerzo y logro mantenerme en el hilo de la charla. Pero aún ahora, que vuelvo a escucharles, siento en mí la presencia física de Andrés. Tanto en los intervalos de su ausencia como en el diálogo, es Andrés, quien en el primer caso teje su propia trama y en el segundo, trata de vivir una realidad más acorde con la fantasía creada en este diálogo de sordos.
Pronto comprendo que estoy totalmente ausente, asisto a un relato en el cual me narro, el rostro del hombre se ha tornado menos amable. Una confusión, una señal mal dada, deshacen los hechos, Andrés rompe la realidad, traspasa el cerco a que estaba sometida la casa, termina su relato acerca de un hombre que ha sido detenido tras una conversación callejera: información confidencial. El aire que atraviesan los cóndores estaba vedado para seres como Andrés y su personaje. Alguien, ahora forastero, decía conocer el Plan Cóndor. Era detenido de inmediato, en la propia taberna. Un hombre cambia de uniforme detrás de la lluvia.
Andrés envió el cuento a un concurso, fue premiado a los pocos días y difundido en los medios escritos nacionales. El cuento es leído por un oficial, se podría pensar esta lectura como un azar nefasto, otras versiones aseguran su afición a la literatura. Andrés, para no comprometerse, había cambiado el nombre de Cóndores por el de Águilas. Con los días se cumplen los presagios, Andrés es detenido. El mismo teniente que fue a buscarlo a su casa, no sabía casi nada respecto al plan de Las Águilas, sólo rumores. Los soldados que lo condujeron por los pasillos de la corte guardaban silencio. Pronunciar palabras era convocar los sonidos de las cadenas.
Lo recibieron en una sala varios militares, hubo una pequeña reseña y luego lo llevaron a una oficina aislada del resto del edificio, una sección que reflejaba el uso: ¿De dónde sacó usted el nombre? ¿Quién le suministró la información? ¿Por qué había utilizado el nombre de Águila? ¿Por qué no el de Cóndor u otro nombre? ¿Qué más sabe acerca del plan? Lo sacaron de noche, a semejanza entre el relato de Andrés y su propia detención. Sí, Andrés debe ser detenido para que cumpla su destino prefigurado en su historia narrada. Todavía recordaba los ojos claros de aquel fantasma que le había mencionado el nefasto plan. La ironía le jugó su destino. Cualquier soldado que hubiese resbalado un periódico en sus manos sabría de qué trataba el nuevo plan Cóndor. Andrés había querido evitar la realidad en su relato y sustituyó el nombre por el de Águila. Éste sólo lo conocían los suboficiales y demás personas encargadas de la operación. No lo golpearon, sólo un interrogatorio, apareció maltrecho. Tres noches sin ver el día: una para escribir el cuento, dos para que ellos lo interrogaran. La historia en la comisaría resultó más larga que la descrita en el papel. Nada pudo decir respecto a las Águilas, los organismos internacionales mediaron, Andrés fue liberado. Los militares llegaron a dos determinaciones: Una, que Andrés ignoraba lo relativo al Plan Águila. Dos, que deberían cambiar el nombre de su nuevo operativo.
Recibo la tercera cerveza, seguro de que será la última. La mesera viene a limpiar la mesa donde aparecen dibujados los rostros de hombres desfigurados por la luz que se quebraba sobre el alcohol. Sus caras no son ni volverán a ser las mismas de las primeras cervezas. Sorprendidos por la tragedia de un error en una época en que uno puede ser juzgado por un simple rasguño de mirada. Logro evadir una cuarta cerveza gracias a una amiga que pasa muy cerca de nuestra mesa. Ella ha vivido conmigo la situación del país, hemos compartido la esperanza oscura; estuvo de acuerdo con la gravedad del descuido, máxime si el desconocido llegaba a ser un soplón, incluso casual. Me recomienda volver a la mesa y averiguar quién es, aclarar la situación por intermedio de mi amigo. Como si todo fuera verdad, me creyó…
Tras las horas gastadas yo también empiezo a dudar. El sitio cesó y he podido regresar a casa. La noche es la más clara de los últimos días. Las líneas se suceden unas a otras formando una historia que no preciso todavía hilar desde su comienzo. No regresé a la taberna —acaso impresionado por el diálogo con mi amiga—, pensé que sólo un relato borraría la trágica escena de mi memoria. Tras siete hojas, repito la historia. La luz no ha entrado todavía por la ventana y aún estoy despierto, oigo pasos frente a la casa.
¡Andrés ha sido liberado en el relato, parecía finalizar la angustia de este sueño interminable. Pero el ruido abajo hace que me acerque a la ventana, entre las sombras de la cortina observo algunos hombres camuflados, pienso en los militares como en una imagen ya vivida. Todo esto acude producto de imágenes que pretenden ser reales.
Apenas con la bata de dormir puesta, decido correr una de las rejas. Abajo ya se oyen los estruendos de los golpes de los visitantes, parece que empujan la puerta. Salgo dando brincos sobre los tejados de los vecinos.
La tarde es fresca y me siento más tranquilo. Termino el manuscrito. La enfermera de la sala de visitas se ríe y parece conocer algunos apartes de mi relato, los comenta con mi madre. Ella no le presta mucha atención. He logrado la seguridad de los recintos ajenos donde nos hospedan. La marcha detenida de sabernos en otras manos. El pasado está en los rasgos que intento detener, como en otra ocasión, en las hojas de papel. Ya no sé cómo finalizar la historia, el círculo sólo puede cerrarse mediante un acto irracional. Mi madre dice: ¿Por qué no abrías la puerta? ¡Nos dejaste afuera!
-
Enrique Oswaldo Ferrer Corredor (colombo-venezolano, 1963) es profesional en humanidades (con énfasis en literatura, semiótica y ciencias políticas), economía, filosofía, lingüística. Con larga trayectoria como docente universitario en literatura y ciencias políticas. Igualmente, con experiencia en edición, corrección y producción de textos, y conformación de equipos de trabajo en investigación. En general, con manejo de habilidades en conocimiento matemático, programas de computación y competencia lingüística avanzada en español, y en inglés como segunda lengua, con nociones básicas en otras lenguas. Docente e investigador de la Facultad de Economía de la Universidad Externado de Colombia.