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CUADERNO DE AUTOR · N.º 02
EL CARMEN DE VIBORAL, 1937 · MEDELLÍN, COLOMBIA, 2002 · POESIA
Poeta, traductor, filósofo y ensayista colombiano.
Nací en 1937 en El Carmen de Viboral, un pueblo del departamento de Antioquia, en el noroccidente colombiano. Tuve una niñez campesina. Mi abuelo materno era agricultor y me llevaba a acompañarlo en las labores del campo: la siembra, la cosecha, el harneado y trojeado del maíz, que vendíamos los domingos (yo jugaba a ayudarle) en la plaza del pueblo.
Una vez terminados los estudios secundarios, me fui para Tunja, una pequeña ciudad de ambiente colonial todavía, situada en el altiplano que fue asiento de la cultura muisca. El altiplano es una tierra de lagunas. Por el tipo racial que predomina, por las costumbres, por el paisaje, uno puede resentir, a pesar de la pérdida completa de la lengua, los mitos indígenas. La primera pareja viene del agua: una mujer sale de una laguna con un niño de la mano. El niño crece, cohabitan y crían a los primeros hombres. Después, convertidos en serpientes, vuelven a la laguna. Otro mito muy delicado, comparable al mito griego de Caronte, dice que las almas de los muertos se van al otro mundo en barcas de telaraña.
En Tunja, en la Universidad Pedagógica de Colombia, estudié filosofía. Allí me casé y allí nacieron mis dos hijos mayores. En los años sesenta hice una maestría en literatura y filosofía en la pequeña universidad estadounidense de West Virginia, donde enseñé español para costearme los estudios.
Era el tiempo de la guerra de Vietnam, de la desobediencia hippy, de la agitación contestataria en las universidades. Era sobre todo un tiempo de auge y florecimiento de la poesía norteamericana. Más que el movimiento beat, me atrajo otra corriente menos ruidosa: la que podríamos llamar neoimaginista porque reconocía por maestros a Pound, a Wallace Stevens, a William Carlos Williams. Los neoimaginistas admiraban y traducían a los grandes poetas españoles e hispanoamericanos del siglo, los mismos en los que uno se había nutrido desde la adolescencia: Machado, Vallejo, Juan Ramón, Neruda. De hecho, una de las antologías más conocidas en los Estados Unidos por aquella época tenía por título Naked Poetry, un título que se apoyaba en un verso de Juan Ramón Jiménez. Estas transfusiones —más que traducciones— son seguramente fecundas. La poesía donante es transformada y asimilada y el resultado es un diálogo enriquecedor. En las últimas décadas, me parece, la poesía hispanoamericana ha recibido a su vez un influjo benéfico de la norteamericana.
También en los sesenta milité durante un tiempo en el Partido Comunista Colombiano. Estábamos en los comienzos de la revolución cubana, queríamos tanto la revolución, sentíamos que era necesario ayudar contra la injusticia patente. Sin embargo, nunca fui marxista ortodoxo, y en mi trabajo con los estudiantes de filosofía he preferido las preguntas a los dogmas. Después de los treinta años volví a mi región, y aquí he pasado la mayor parte de mi vida, como docente en la Universidad de Antioquia. Ahora estoy jubilado y sobrevivo en Medellín, donde tres o cuatro amigos y yo publicamos la revista de poesía DesHora.
* * *
Es difícil saber hoy lo que debe ser la poesía. Hubo tiempos en los que su lugar parecía claro. Hasta no hace mucho, en realidad, los poetas se unían en movimientos y escuelas, se escribían manifiestos. Parecía haber una causa común, aun si se daban corrientes discrepantes y hasta contradictorias. La última vez que esto sucedió fue en los años sesenta que, como se sabe, fueron de utopías. Ahora cada quien escribe desde el retraimiento, buscando solo su camino. La aparente riqueza que resulta de la diversidad de voces puede ser también un signo de orfandad.
Quizá el poema nazca de la exploración de una circunstancia compartida, o como respuesta a una experiencia personal, dolorosa o alegre. Unas contadas palabras que serán reflexión, no del intelecto solamente, sino del ser todo de carne y hueso. Detrás de ellas estará, por supuesto, todo eso que se llama una visión del mundo: convicciones religiosas y políticas, aprendizajes o escarmientos. Desde allí se habla y se valora, tal vez dudando, otras equivocándose. Desde allí se trata de distinguir lo verdadero de lo falso, en la emoción y en la palabra, lo honesto de lo ficticio, o retórico, o sentimental.
Pero el poema, más que de una visión del mundo, surgirá de lo que Unamuno llamó un sentimiento de la vida. Está hecho no solo de enunciados, de afirmaciones y negaciones, sino de los verbos y sustantivos de una lengua que tiene su historia, de palabras que por sus sonoridades y cadencias despiertan ecos y asociaciones; está hecho de imágenes y de ritmos, de rupturas y silencios. Por eso es difícil decir en prosa, herramienta del intelecto, lo que dice o muestra un poema si es verdadero, lo que bregan por decir esos textos fallidos en los que generalmente nos quedamos.
Creo que hay una manera más comprensiva de acercarse a las cosas y a los hombres, y que está justamente en la poesía. Hasta me empeño en no creer que no existan los dioses o que hayan muerto. Es un anacronismo, por supuesto, pero tal vez un anacronismo necesario, en esta hora, para la poesía. Siempre me ha acompañado la convicción de que lo sagrado, lo que Lezama Lima llama sobrenaturaleza, no puede negarse impunemente. Solo que no es cosa del otro mundo. Son esas fuerzas que uno encuentra por todas partes: en un árbol, en un pájaro, en un niño. Hasta en los pícaros y tahúres y matones que ahora nos acorralan. Tales dijo hace ya siglos que todo está lleno de diosecitos… o de demonios. Yo quisiera, si fuera posible, ser su discípulo en esa especie de politeísmo, o polidemonismo, o pandemonismo.
ESTUDIO CRÍTICO · ENSAYO CENTRAL
Por: Juan Carlos Acebedo
Desde el título de su más reciente poemario, Montañas[1], José Manuel Arango anuncia la intención de revelarnos parte de aquello que está todos los días delante de nosotros —como la montaña—, y no lo vemos por la costumbre; aquello que nos es tan cercano y a la vez tan misterioso, esencial e íntimo.
La muerte es el personaje principal de este libro, y el poeta recorre con ella, unas veces tomándola de la mano y otras huyéndole, un paisaje erizado de ásperas y sólidas montañas antioqueñas. Dame / esta dura apariencia de montañas / ante los ojos / siempre. Las montañas quedan, perduran, perseveran —en cierto modo son eternas—. El ser humano, en cambio, es fugaz; la vida es liviana, leve.
Es la parca silenciosa quien, sin mentarla, «lo ensordece», «lo ciega», «le tuerce los huesos». El poeta la compara con una bailarina, la acerca, juguetea con ella un poco, disimulando con una sonrisa irónica el pavor que siente en medio de la danza. «Calaveras mironas», les dice, porque aspira a desacralizar a la muerte, tornándola algo próximo, familiar. José Manuel Arango, sin embargo, no se complace en el hedor de lo que se descompone; él incorpora a la muerte como un momento de la vida. Está bien. / Ha sido otro día / que le robo a la muerte.
Como parte de un pueblo joven, que aún no ha dado de sí todo lo que puede, el poeta alberga una alegría de vivir —en medio del dolor que nos dejan las pérdidas irreparables—, alegría que está presente más allá de su actitud escéptica y contemplativa, atenuada, sin embargo, por una modesta esperanza, una secreta simpatía por los seres que perseveran en la búsqueda de la felicidad y nacen a lo nuevo.
El paisaje aparece con una fuerza inusual en este libro, sin que ello implique el retorno de cierta poesía bucólica. En Epifanio Mejía el tema de la naturaleza alude a la inocencia como realidad o como nostalgia del bien perdido. En Arango, este paisaje virgen se ha trocado en algo herido e hiriente: Aquí hay breñas y riscos, no redondas / colinas. El entorno natural es una presencia sensible, identifica una geografía regional, pero es además y sobre todo un pretexto para hurgar en los intersticios del alma colectiva e individual, una metáfora de la violencia, del riesgo y del asombro de vivir en esta hora y en este lugar.
Señalar esta diferencia es advertir los matices en dos poetas antioqueños —Epifanio Mejía y José Manuel Arango—, separados en el tiempo por casi una centuria, y que, a partir de una sensibilidad semejante, han sido marcados de un modo distinto por el entorno y por las cosas de los hombres, pues es sabido que los días no pasan en vano y todo lo van trocando.
En algunos poemas de Montañas se percibe la intención de emplear periodos más extensos, que rebosan la imagen brevísima y contenida que ha sido rasgo distintivo del estilo de José Manuel Arango, para incluir en ocasiones formas narrativas, un número mayor de imágenes enlazadas, pero manteniendo los logros formales alcanzados en su obra precedente: precisión, exactitud de la palabra, empleo de los silencios, intensidad de las imágenes, condensación del tema.
Rasgos de su poesía que nos sobrecogen con versos como estos: Acurrucado dentro de sí mismo, / el niño ciego oye la lluvia.
El tono de José Manuel Arango es el de una conversación íntima. Hablo de la ciudad que amo, / de la ciudad que aborrezco. Si fuera posible distinguir al menos dos grandes vertientes en la poesía —una de tono íntimo, y otra de acento épico— , que como ríos separados desembocan en el mismo océano de la sensibilidad y la cultura de un pueblo. Entonces se podría aseverar que José Manuel Arango pertenece más a la estirpe de Emily Dickinson que a la de Walt Whitman, más a la de Epifanio Mejía que a la de Gregorio Gutiérrez González.
Desde las páginas de Montañas nos habla un sobreviviente, que ha sentido el bisbiseo de la muerte y su respiración acezante en las espaldas. Él le ha arrebatado otro día a la parca, solo para ver a la adolescente que recuesta sus pechos sobre la baranda, oír la risa del loco y maravillarse con el frágil aleteo de la mariposa contra un fondo inconmovible de montañas. Solo para adivinar el ruido del agua que, como un murmullo, va descendiendo entre matorrales, y celebrar la amistad de sus amigos íntimos y la vida inquieta de los hijos de sus hijos.
A través del hilo de su voz hablamos muchos, porque en Colombia casi todos somos de una u otra manera sobrevivientes, tercos y, a veces, hasta alegres sobrevivientes.
Medellín, octubre de 1995.
[1] Arango, J.M. (1995). Montañas. Norma.
CRÓNICA

Por: Juan Carlos Acebedo
Crónica tomada del libro: El Hamaquero y la tertulia del poeta. Editora Nuevo Mundo, 2021
Eran las siete de la noche, caía una llovizna leve y hacía frío. Habíamos llegado a Pitalito, un municipio del suroriente del Huila distante 188 kilómetros de Neiva, la capital del departamento. Y buscábamos La Embarrada, una casa cultural construida —como lo sugiere su nombre— en barro y materiales rústicos por Cecilia Vargas, una reconocida artesana y artista plástica huilense. Ella y sus amigos habían invitado esa noche a maestros, pintores y escritores laboyanos a una lectura de poemas con José Manuel Arango, quien visitaba el Huila por primera y única vez. Era la noche del viernes 16 de junio del 2000.
Un año y diez meses después, en la mañana del 5 de abril del 2002, José Manuel Arango moriría en un hospital de Medellín a causa de un infarto. De modo que esa iba a ser —pero entonces no había forma de saberlo— la última vez que el poeta carmelitano leería poemas y hablaría con las gentes de un municipio diferente a Medellín.
Habíamos partido de Neiva hacia Pitalito a eso del mediodía, en dos vehículos particulares. Viajábamos el poeta Arango, su esposa Clara Leguizamón, su amigo Gustavo Zuluaga, el profesor de la Universidad Surcolombiana William Fernando Torres con su joven hijo Olmo y yo, que tres años atrás me había vinculado como docente a la misma casa de estudios. La visita del poeta y sus acompañantes a Neiva y Pitalito había sido el resultado feliz de una iniciativa del profesor Torres —un admirador de la poesía del vate antioqueño— a la que me uní con entusiasmo. Hicimos una parada a mitad del trayecto para almorzar en un bello restaurante típico del municipio de Garzón, situado aproximadamente a dos horas al sur de Neiva.
Cuando llegamos esa noche a La Embarrada, ubicada en un sector poco iluminado de Pitalito que lindaba con verdes potreros, ingresamos apresuradamente a la casa para guarecernos de la llovizna. En ese bello y a la vez extraño lugar ya esperaba al poeta una docena de invitados, y minutos después fueron llegando los demás. Nos reunimos cerca de treinta personas en ese espacio circular iluminado a medias por velas blancas y pocos bombillos de luz tenue, con paredes del color del barro seco y asientos rústicos o tablas de madera para descansar. El joven escritor Gerardo Meneses, quien ya había publicado con éxito varios libros de literatura infantil, estuvo presente y muy activo en la organización del acto cultural.
No hubo presentaciones formales ni mesa central ni moderador. Tampoco micrófonos. Nos sentamos formando una especie de círculo. Uno podía verle el rostro a casi todos los presentes, aunque algo difuso en medio de la penumbra. El ambiente era relajado y festivo, más parecido a una velada cultural que a un típico recital de poemas. Un hecho singular llamó la atención del poeta José Manuel Arango y de sus acompañantes: al menos una decena de personas portaba en sus manos la edición de sus Poemas Escogidos, que publicó la Universidad de Antioquia en 1988 cuando le otorgó el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento. Por ello pudimos inferir que no pocos de los que acudían esa noche a La Embarrada, entre los que me pareció distinguir a varios profesores de secundaria, estaban familiarizados con la poesía de José Manuel. Lo que comprobamos unos minutos más tarde, cuando después de un brevísimo saludo del poeta, los presentes comenzaron a leer en voz alta algunos de sus versos sin levantarse del asiento y turnándose la palabra entre ellos. El poeta los escuchó con interés y guardó silencio hasta que finalizó la ronda de lectura. Luego, él mismo leyó ocho o diez de sus poemas, para dar paso a una conversación informal con los presentes. Casi no recuerdo el contenido de esa charla, pero lo que no olvido es que algunos estaban interesados en conocer la opinión de Arango sobre la obra de Vargas Vila.
Al finalizar la charla se repartieron vasos con mistela, una bebida anisada típica de la región, que nos calentó el cuerpo y el alma en esa noche fría. Un trío de músicos populares, vestidos con su traje típico huilense de color blanco, rabo de gallo rojo y sombreros de fique, interpretó varias canciones que fueron correspondidas con aplausos y expresiones de alegría. La gente formó grupos de animada conversación y no pocos se acercaron a hablar con José Manuel Arango. A eso de las once de la noche llevamos al poeta y a sus acompañantes a un hotel del centro de Pitalito, pues en la mañana siguiente continuarían su viaje hasta el municipio de San Agustín, acompañados por Olmo Torres. El profesor William Fernando y yo debíamos retornar a Neiva el sábado en la mañana por motivos de trabajo.
José Manuel y su esposa Clara deseaban conocer el Parque Arqueológico de San Agustín y descansar un par de días en ese precioso pueblo de clima agradable, enclavado en el macizo colombiano, a través de cuyos hondos cañones naturales se descuelgan las aguas heladas y puras del río Magdalena, después de su nacimiento en una laguna sagrada a 3 685 metros sobre el nivel del mar.
El río inicia su recorrido desde el departamento del Huila en el sur de Colombia hasta Bocas de Ceniza, a lo largo de más de mil quinientos kilómetros, y surca el valle que se forma entre las cordilleras oriental y central. En esa región del Alto Magdalena, antes de la conquista española los nativos llamaban a este río Huancayo, o Huacacayo; en otras zonas lo llamaban Yuma. Gustavo Zuluaga, quien un par de años antes había visitado conmigo San Agustín, los acompañó en su recorrido por estas montañas ancestrales que el poeta debió comparar con las de su natal Antioquia.
La visita del poeta José Manuel Arango al Huila se había empezado a fraguar un par de meses antes, mientras me tomaba unas cervezas con William Torres en algún estadero de Neiva. El profesor, quien años atrás había elaborado un pequeño folleto con una selección de poemas de Arango que circuló de forma gratuita con un diario local, me propuso buscar al autor antioqueño para invitarlo a la ciudad con ocasión de los treinta años de fundación de la Universidad Surcolombiana (USCO). Cumplí esta tarea con la mediación de Gustavo Zuluaga, amigo personal del poeta desde comienzos de los años ochenta. William Torres ejercía entonces la decanatura de la naciente Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la USCO, y no tuvo dificultad para convencer a la rectora Aura Elena Bernal de que aprobara los medios que garantizaran el desplazamiento del poeta y su esposa, pues la única condición que puso Arango para aceptar la invitación fue que ella lo acompañara durante su visita al Huila. Los recursos aprobados debían ser suficientes para asegurar la estadía de la pareja en la ciudad durante cinco días y el desplazamiento a Pitalito, así como para reconocerle unos honorarios, parte de los cuales el poeta invirtió en sufragar los tiquetes aéreos y otros gastos de viaje de su amigo Gustavo.
El lunes 12 de junio del 2000 recogimos al poeta y a sus acompañantes en el aeropuerto Benito Salas de Neiva y los llevamos hasta la tradicional Hostería Matamundo, donde se alojarían durante la semana. El martes 13, en horas de la tarde, José Manuel leyó poemas en el auditorio Olga Tony Vidales de la Universidad Surcolombiana, ante un público de unas cuarenta personas conformado por poetas jóvenes del Huila y otros escritores, artistas y educadores. Lo hizo con voz grave y pausada, sin levantar casi la mirada del texto, sin añadir comentarios o explicaciones. Allí estaban, si la memoria no me es esquiva, los poetas huilenses Hader Rivera Monje, Winston Morales Chávarro, Esmir Garcés, Luz Dary Torres, José Ademir Agudo, Jineth Angulo Cuéllar, Yesid Morales y Pedro Licona, así como varios docentes de las facultades de Educación y Ciencias Sociales.
Después del recital se le ofreció al poeta una cena en el restaurante Avenida, a la que asistió, entre otros, el profesor Justo Morales Álvarez, quien a finales de los años cincuenta y comienzos de los sesenta había estudiado Lenguas en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, y había conocido allí a Arango cuando este cursaba sus estudios de pregrado en Educación y Filosofía.
Durante la cena José Manuel recordó sus tiempos de estudio en la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja —donde también ejerció como docente universitario por cinco años—. En esta ciudad se casó con Clara Leguizamón y tuvieron sus dos primeros hijos. También evocó su breve militancia juvenil en el Partido Comunista, su entusiasmo con los avatares de la naciente Revolución cubana y su deseo de irse a Cuba con otros amigos para participar en la campaña de alfabetización que estaba liderando el gobierno de ese país. Arango y sus amigos visitaron la embajada de Cuba en Bogotá para manifestar su disposición de viajar a la isla a apoyar el proceso de educación popular, pero los diplomáticos cubanos no les prestaron atención a esos desconocidos jóvenes de provincia ni a sus ímpetus solidarios, por lo que el anhelado viaje nunca se realizó.
Recientemente hablé en Neiva con el profesor Justo Morales, quien a los 87 años de edad disfruta de su pensión luego de décadas de ejercicio docente e investigativo en la Universidad Surcolombiana. Me dijo que, si bien no fue amigo personal de José Manuel Arango en esos años de Tunja, sí recuerda que el poeta participó al menos en dos reuniones o asambleas estudiantiles de la Universidad Pedagógica y Tecnológica de Tunja, en las que se discutían peticiones para formularle al ministro de educación del periodo. También recuerda que en al menos una de esas reuniones José Manuel intervino de forma activa en los debates y formuló propuestas de acción. Imagen que contrasta con el proverbial silencio y circunspección que lo distinguió en los años siguientes en la Universidad de Antioquia, como lo confirma Myriam Montoya, profesora y líder política que lo conoció a comienzos de los setenta en las reuniones del claustro de profesores de la Facultad de Humanidades de ese centro de estudios, al que también pertenecían el sociólogo y escritor Alfredo Molano, el poeta Elkin Restrepo y otros destacados intelectuales.
En la excelente entrevista que le hizo Víctor Bustamante para la revista Babel en 1997, José Manuel Arango dijo con cierta ironía que no era de extrañar que alguien como él, que había estudiado sus años de bachillerato en el Seminario de Medellín, hubiera hecho el tránsito de un dogmatismo religioso a otro de tipo político. Aunque precisó que nunca había tenido una visión dogmática del marxismo y que había preferido, durante sus largos años de docencia universitaria, educar a sus alumnos en la duda y en la interrogación y no en las falsas certezas ideológicas.
El poeta mantuvo por el resto de su vida ese sentido de la solidaridad social y del inconformismo político con el statu quo. Según Gustavo Zuluaga, en la década de los noventa José Manuel votó de forma muy determinada y en varias elecciones por un destacado senador de izquierda a quien admiraba, aunque esto lo hizo sin formar parte de ninguna estructura política y como expresión de una opción personal y libre.
Una de esas tardes en Neiva, fuimos con José Manuel, Clarita y Gustavo a mi pequeña casa arrendada en el barrio Acrópolis y conversamos en un ambiente fraterno y familiar. Nos acompañó mi esposa Mónica, una joven huilense con quien convivía desde el año anterior. Como yo recién había cumplido cuarenta años, le pregunté a José Manuel si había experimentado la famosa «crisis de los cuarenta» que era común en los varones de la clase media colombiana (lo sabía bien por haber sido testigo de la vivencia de mi padre). Me dijo que sí, pero que él pensaba que yo no iba a experimentarla, o por lo menos no en los próximos años, porque en su opinión se trataba de una crisis personal que estaba unida a una especie de evaluación de un periodo de la vida —una suerte de balance de logros y de frustraciones personales basado en las expectativas sobre la propia existencia que se habían urdido en los años juveniles—. «Como tú apenas estás iniciando un nuevo proyecto vital en Neiva como docente universitario, y además apenas comienzas una relación de pareja, no creo que vayas a hacer ese tipo de balances personales ahora; quizá después», me dijo afectuosamente.
Cuatro semanas después de que José Manuel regresara a Medellín, recibí una llamada telefónica suya. Me propuso escribir, para la revista Deshora, una reseña crítica de Tuyo es mi Corazón, la primera novela de Juan José Hoyos que fue publicada inicialmente por Planeta en 1984 y reeditada en el año 2000 por la Editorial Universidad de Antioquia. Acepté agradecido el encargo[1].
MIRÁNDOSE EN EL ROSTRO DEL AMIGO
José Manuel Arango y Gustavo Zuluaga habitaron los espacios y corredores de la sede central de la Universidad de Antioquia, sin conocerse personalmente, a finales de los años setenta e inicios de los ochenta. El Hamaquero —como se le conoce a Zuluaga en Medellín— había leído poemas de Arango en la revista Acuarimántima y en otras publicaciones de la ciudad, y sentía una honda admiración por sus versos. Pero cuando les preguntaba a sus amigos literatos por el poeta, en especial a Juan Manuel Roca y a Raúl Henao —quienes alcanzaron a editar en Medellín al menos tres números de la revista literaria Cosmos a comienzos de los años setenta—, ellos le daban a entender que era un profesor universitario poco menos que inaccesible e insuflado de arrogancia académica, como la mayor parte de los miembros de la revista Acuarimántima. Gustavo no podía entender cómo era posible que una persona tan insufrible escribiera versos tan bellos y sinceros.
Sin embargo, a mediados de 1983, Gloria Bermúdez, quien entonces era una destacada funcionaria de la Biblioteca Central de la Universidad de Antioquia en la que colaboraba Gustavo Zuluaga desde aproximadamente 1977, lo persuadió para que fueran juntos a la oficina del poeta en el tercer piso del bloque 9 de la ciudad universitaria, a fin de presentárselo personalmente. El Hamaquero estaba preparando uno de sus Cuadernos de la Biblioteca, dedicado esta vez a la poesía de José Manuel Arango. Tenía muy avanzada una muestra de sus poemas y deseaba conocer al autor, aunque lo refrenaba la imagen de él que le habían dado sus amigos. Gloria Bermúdez le aseguró que aquellas versiones no correspondían en absoluto al ser humano tímido y sencillo que era José Manuel, y casi lo arrastró hasta su oficina. Luego de ese encuentro inicial, Gustavo dejó atrás sus prevenciones y comenzó entre ambos una estrecha amistad que se prolongó por cerca de veinte años, hasta la muerte del poeta.
Lo que interesa examinar ahora no es solo la prolongación en el tiempo de la amistad entre el poeta y el Hamaquero, sino lo que ella significó para ambos y las obras de creación y de promoción cultural que juntos sacaron adelante. Varios de esos proyectos contaron con la participaron de otros amigos entrañables de José Manuel, entre los que sobresalen Juan José Hoyos, Guillermo Baena y Elkin Restrepo. Pero en estas páginas iniciales no es posible hacer el relato de esas amistades y de sus frutos.
El día que se conocieron, Gustavo le contó a José Manuel sobre su proyecto de publicar un Cuaderno de la Biblioteca sobre su poesía, y este le dijo que ocuparse en reunir una muestra de versos suyos podría ser un error, pues él no estaba muy seguro de que sus textos fueran verdadera poesía. No había asomo de falta modestia en esta afirmación de Arango. El poeta no se mostró interesado en revisar el borrador del cuaderno que el Hamaquero había preparado, ni en hacerle recomendaciones al respecto —presumo que por un «excesivo pudor»—. Pero sí estuvo dispuesto a ayudarle en otro proyecto de cuaderno que Zuluaga empezaba a preparar: una selección de poemas de Matsuo Bashō, poeta japonés del siglo XVII y gran exponente del haiku. José Manuel Arango aceptó traducir del inglés algunos textos de Bashō e inclusive colaboró con la selección de la imagen de portada para ese cuaderno.
Un rasgo muy peculiar de Gustavo Zuluaga, cuando conoce a una persona que le llama la atención, es el de tratar de involucrarla en alguna de sus iniciativas culturales y obtener su activa colaboración. Así lo hizo con José Manuel desde el mismo día en que se sentó a conversar con él. El poeta mordió el anzuelo.
El cuaderno titulado Poemas: José Manuel Arango[2] se publicó pocas semanas después de ese encuentro inicial, con el respaldo del Departamento de Bibliotecas de la Universidad de Antioquia, sin fecha visible ni créditos que reconocieran la labor de selección y preparación editorial que había realizado Gustavo Zuluaga. Un ejemplar que revisé de este cuaderno, del cual se imprimieron alrededor de quinientos ejemplares en los talleres de la editorial universitaria, en un formato cuadrado de quince centímetros por cada lado, tiene un sello impreso en la contraportada que indica la fecha más probable de su publicación: 8 de agosto de 1983. Si se tiene en cuenta que la antología de José Manuel Arango editada por Santiago Mutis bajo el sello del Instituto Colombiano de Cultura tiene fecha de 1984[3], se puede inferir que el cuaderno publicado por Gustavo Zuluaga un año antes sería la primera selección de poemas de José Manuel, posterior a la publicación por parte del autor de sus dos primeros poemarios: Este lugar de la noche (1973) y Signos (1978).
Gustavo Zuluaga se avergonzó un poco cuando, recientemente, volvió a tener en sus manos el cuaderno —que había perdido de vista por muchos años— y pudo constatar algunas insuficiencias de la publicación. Pero a la vez sintió el orgullo de que este cuadernito haya sido el primer esfuerzo por hacer una especie de antología provisional de Arango, que corresponde a los poemas publicados entre 1973 y 1983; y en especial, que le haya servido de pretexto para trabar una amistad duradera con él.
Poco tiempo después de haberse conocido, el Hamaquero aguijoneó la curiosidad intelectual de Arango al contarle que don Benjamín Correa, amigo personal del filósofo antioqueño Fernando González y con quien realizó la travesía del célebre Viaje a Pie, había dejado tras su fallecimiento unos cuadernos que contenían varios de sus manuscritos inéditos en manos de algunos familiares que vivían en Copacabana. José Manuel siempre dejó traslucir su admiración por la obra del habitante de Otraparte, la casona en Envigado donde vivió González, y no podía ser indiferente a la provocación que ahora le hacía su nuevo amigo: se trataba de buscar a los familiares de Correa en Copacabana, municipio donde también vivía Gustavo Zuluaga desde joven con sus parientes cercanos, y persuadirlos de que les permitieran examinar los manuscritos dejados por el ex jesuita y compañero de andanzas juveniles del filósofo de Envigado. La idea era valorar su interés y su eventual importancia literaria, con miras a una eventual publicación por parte de la Editorial Universidad de Antioquia.
Luego de hacer averiguaciones durante varios fines de semana, pudieron contactar en Copacabana a una sobrina de Correa, quien accedió a suministrarles los originales de los manuscritos: un conjunto de sencillos cuadernos escolares de pasta café, marca Bolivariano, que contenían textos escritos a mano por don Benjamín en tinta china y con su caligrafía cuidadosa y de estilo antiguo, adquirida quizá en sus años de formación jesuítica. Gustavo y José Manuel se ocuparon entonces de leer los cuadernos, que rápidamente desencantaron al primero. Don Benjamín —en esos textos inéditos que al parecer pergeñó a una edad avanzada— estaba muy lejos de la prosa original y directa de su amigo Fernando González, y a primera vista su escritura resultaba anacrónica y muy convencional. El poeta le dijo a Zuluaga que no se dejara desanimar por la primera impresión, y le propuso que siguieran adelante con la lectura de los manuscritos para formarse un juicio más completo de los mismos. El Hamaquero ya había tenido suficiente con lo que había leído, así que José Manuel continuó en solitario y durante algunas semanas con la revisión de los textos, para finalmente llegar a una conclusión muy similar a la de su amigo. Juntos decidieron devolver los manuscritos a la familia, con expresiones de gratitud, pero sin la promesa de una futura publicación integral de los mismos, si bien la revista Imago de Copacabana reprodujo apartes de un texto autobiográfico de Correa sobre su amistad temprana con González[4].
Esta indagación sobre los manuscritos inéditos de don Benjamín Correa se prolongó varios meses, en los que Arango viajaba los fines de semana a Copacabana, un municipio del Valle de Aburrá localizado a 45 kilómetros del norte de Medellín, entre Bello y Girardota. Allí se encontraba con Gustavo Zuluaga y caminaban juntos por las calles del municipio, conversaban y tomaban café en sus locales. A veces ingresaban a algunos billares a tomarse una cerveza y a observar a las personas que jugaban en las mesas tapizadas de verde.
En cierta ocasión José Manuel le pidió a Gustavo que lo acompañara a buscar un terreno rural en Copacabana, pues en sus frecuentes viajes al municipio le había surgido el anhelo de adquirir una propiedad para construir una casa en la cual vivir de forma permanente con su esposa Clara y sus tres hijos: Rodrigo, el mayor, quien pronto finalizaría el bachillerato y compartía con su padre el interés por las artes; y Teresa y Gustavo, los menores. Durante varios fines de semana visitaron juntos las veredas y zonas rurales del municipio, y averiguaron por fincas o lotes que estuvieran a la venta. En cierta ocasión llegaron a una finca en la que había una casa campesina. Les llamó la atención que a varios metros de la casa había una cruz grande de madera clavada en la tierra. Al preguntar por la cruz, los campesinos dueños de la propiedad les dijeron que en ese lugar se había ahorcado uno de los hijos de la familia. José Manuel palideció y le exigió a Zuluaga que se fueran rápidamente de allí, pues la trágica historia de la muerte de ese joven lo había perturbado.
La búsqueda del terreno finalmente dio frutos: un amplio lote al occidente de Copacabana en un suave declive de la montaña, con acceso desde la autopista norte, en un condominio llamado Villa Roca en el cual se vendían predios a un precio razonable y con fácil acceso a servicios públicos, para que los propietarios edificaran sus viviendas según su gusto y sus posibilidades económicas. Al principio, la familia acampaba en el terreno algunos fines de semana, para ir forjando juntos el sueño de la nueva casa. Luego hicieron levantar una casita prefabricada y se instalaron en ella, para supervisar desde allí la construcción de su casa campestre diseñada por Dora Luz Echeverri, una arquitecta amiga de la familia y esposa del novelista Manuel Mejía Vallejo.
HAY GOLPES EN LA VIDA TAN FUERTES
La muerte accidental de Rodrigo Arango, el hijo mayor de José Manuel y Clara, ocurrió en 1985. Su hermana Teresa lo recuerda muy bien porque sucedió al poco tiempo del desastre de Armero, en la noche del viernes 30 de noviembre. Rodrigo cumplió 20 años en el mes de agosto, y estaba muy contento pues celebraba la noticia de que había sido admitido en el programa de Artes de la Universidad Nacional de Colombia sede Medellín.
Después de tomarse unos rones con sus amigos del barrio, Rodrigo llegó a la casa de uno de sus tíos en el barrio La Castellana, al suroccidente de Medellín, alrededor de las nueve de la noche. Se dio cuenta de que se le habían acabado los cigarrillos —era un fumador asiduo, como su padre— y decidió comprar un paquete en alguna tienda cercana. Salió de la casa y caminó hasta la calle 35, dos o tres cuadras arriba de la carrera 80, y allí lo atropelló el conductor de un bus, que se había tomado unos tragos y según algunos testigos conducía con las luces apagadas. Varios vecinos recogieron a Rodrigo malherido y lo trasladaron a la clínica. Cuando le avisaron a José Manuel y a Clara lo sucedido, fueron al hospital rápidamente, pero su hijo Rodrigo ya había muerto.
Digámoslo de nuevo: Rodrigo solo tenía 20 años, estaba feliz porque iba a estudiar Artes en la Universidad Nacional y su sueño era llegar a ser pintor. Fue embestido por un bus con las luces apagadas, en una calle del suroccidente de Medellín.
¿Qué pueden hacer un padre y una madre ante la muerte accidental de su primogénito? Ellos no pudieron auxiliarlo ni acompañarlo en su agonía. José Manuel y Clara se encerraron en su habitación del apartamento del barrio Carlos E. Restrepo, corrieron las cortinas y bebieron aguardiente durante varios días. Hasta que Teresa entró al cuarto de sus padres, abrió las cortinas, dejó entrar la luz del sol y les dijo: ¡mi hermano Gustavo y yo estamos acá, estamos vivos y los necesitamos a los dos! ¿Hasta cuándo se van a quedar enclaustrados?
Rodrigo y José Manuel eran muy unidos, muy cercanos, recuerda Teresa. No quiso estudiar el bachillerato del modo convencional, sino que hizo estudios menos formales, en los cuales podía cursar dos cursos por año o validarlos. Hablaba mucho con su padre y se compartían libros. Era como un alma gemela de José Manuel, debido a su común sensibilidad por las artes.
En 1985 la casa de Villa Roca en Copacabana todavía no se había construido; lo que sí existía era una casita prefabricada, donde los Arango iban a pasar los fines de semana. De lunes a viernes vivían en el barrio Carlos E. Restrepo de Medellín, donde residieron varios años. Rodrigo soñaba con tener en Villarroca su estudio de pintor, pero no alcanzó a ver la casa construida.
Gustavo Zuluaga entendió que durante el largo periodo de duelo familiar no podía acercarse a ellos, y que debía esperar a que el atribulado poeta diera señales de querer salir de su mutismo y de su aislamiento voluntario. Tampoco hubiera sabido qué decirles, confiesa el Hamaquero, ni cómo acompañar a la pareja en su dolor.
Varios meses después de la muerte de Rodrigo, una tarde en la que Gustavo andaba buscando una imprenta en un sector del centro de Medellín, abrió la puerta de un pequeño local y, al fondo del mismo, sentado en una silla y con un libro abierto sobre la mesa, le pareció ver la inconfundible figura de José Manuel Arango. Se acercó a saludarlo y desde esa tarde reanudaron sus encuentros y complicidades creativas. El local había sido alquilado por la pareja para montar allí una cafetería que administraba Clara, a quien le gustaba mantenerse ocupada en pequeños negocios de comercio. El poeta Arango parecía estar dispuesto a salir por fin de su largo ensimismamiento.
Cuando muchos años después en una entrevista en Neiva- durante la única visita que realizó a la ciudad- alguien le preguntó al poeta por la muerte de su hijo mayor, respondió que de ese tema prefería no hablar. Semejante dolor no era posible nombrarlo con palabras.
Fue después de la pérdida de su hijo que José Manuel y Clara decidieron construir la casa permanente en Villa Roca. A Clara le gustaban las flores, la jardinería, y hacer cosas variadas «como una gallinita», recuerda Teresa. Por lo tanto, su esposo presentía que a ella le iba a sentar muy bien esa casa campestre donde soñaban tener una granja autosostenible. Un sueño del que el propio José Manuel se reía, porque no era algo fácil de alcanzar y requeriría de unas diez personas trabajando, y ellos solo eran cuatro.
Finalizada la hermosa vivienda de dos plantas, en ladrillo bogotano y de estilo contemporáneo que armonizaba con el verde paisaje, el poeta y su familia se fueron a vivir en ella. El terreno era amplio y pudieron tener un sembrado de maíz —durante su niñez el poeta había acompañado a su abuelo campesino en las labores de ese cultivo—, un prado verde y generoso, flores muy variadas que Clara cuidaba con dedicación, una vaca y dos perros grandes. En ese lugar, desde el cual se podían observar las imponentes montañas antioqueñas del norte del Valle de Aburrá, en especial las que ascendían hasta el Valle de Rionegro, José Manuel se conectó de nuevo con el paisaje y la naturaleza que habían marcado su experiencia de niño campesino en el municipio del Carmen de Viboral, en el Oriente Antioqueño.
Solo abandonó su casa en Villa Roca a finales de los noventa, cuando sus hijos ya empezaban a hacer vidas independientes y el condominio fue ocupado gradualmente por algunas personas que ostentaban automóviles de lujo, muy probablemente relacionadas con los negocios de las drogas ilícitas. Entonces, la pareja decidió vender la propiedad y comprar un apartamento en Conquistadores, un barrio de clase media en el suroccidente de Medellín.
JOSÉ MANUEL ARANGO Y SUS AMIGOS VISITAN AL POETA X-504[5]
En la noche del 15 de diciembre de 1994, en la Casa de la Cultura de Copacabana, tuvo lugar el acto de presentación del libro de Juan José Hoyos Sentir que es un soplo la vida, una antología de veinte años de reportajes periodísticos que había sido publicada recientemente por la Editorial Universidad de Antioquia.
La Casa de la Cultura de Copacabana funcionaba en una antigua y amplia casa de una sola planta, localizada en una esquina a dos cuadras del parque principal del municipio. En el auditorio nos reunimos cerca de 60 personas, algunas de las cuales habíamos viajado desde Medellín. En la mesa central, además del autor, estaban José Manuel, quien presentó el nuevo libro de Hoyos, y Gustavo Zuluaga, organizador del acto cultural. Yo leí un texto que había preparado para la ocasión[6]. Al concluir la presentación, los organizadores ofrecieron una copa de vino a los presentes, quienes se juntaron en pequeños grupos para conversar. En algún momento me acerqué a José Manuel para intercambiar impresiones.
«Cuando hice mis apuntes para guiarme durante las palabras que dije esta noche —me dijo José Manuel—, a la manera como uno hace sus notas para dar una clase, pensé que si me lo proponía podía elaborar con ellas una reseña del libro de Juan José Hoyos para la Revista Universidad de Antioquia. Pero luego, oyéndote, me dije: no hace falta, esa es la reseña. Si no la has terminado, hazlo y la llevas a la revista».
Luego de esas cordiales palabras, dichas en un tono fraterno y con una mirada muy viva, le di las gracias y le expresé que me había sentido muy identificado con las reflexiones que había hecho esa noche sobre el libro de Juan José.
«Pero además quería contarte algo —me dijo José Manuel en tono de confidencia—. Estuvimos en estos días en el apartamento del poeta Jaime Jaramillo Escobar, con Elkin Restrepo, su esposa Estella Martínez y Luis Fernando Macías. Resulta que luego de la publicación de la revista Poesía que le dedicamos por entero a X-504, en la que escribí un pequeño texto de homenaje a su obra, él me llamó a la casa por teléfono. En un tono muy cordial me agradeció ese comentario y nos invitó a los integrantes de la revista a su apartamento.
»Es cierto que yo prácticamente no conocía personalmente a Equis, como le decimos con afecto a Jaime Jaramillo Escobar, pese a que lo he admirado mucho y lo considero más grande aún que Barba Jacob. Pero su actitud conmigo me había parecido un tanto hostil. Una vez que nos presentaron, hace pocos años, él hizo un comentario que me bajó por completo, me desinfló. Dijo: “Ah, José Manuel Arango, ¡muy famoso!…”, en un tono que me pareció irónico. Otra vez le hablé por teléfono para solicitarle alguna colaboración en una publicación y también me respondió con mucha distancia. Yo he sufrido con eso, te confieso, porque he querido y valorado mucho a Equis por la calidad de su obra poética.
»En esta visita que le hicimos a su apartamento —continuó José Manuel—, en una modesta urbanización por el sector de La Mota, sucedió todo lo contrario. Equis parecía una señora en la manera como nos ofreció sus atenciones. “¿Les provoca un juguito?”, nos dijo al comienzo, y cuando asentimos él mismo lo sirvió. Más tarde: “¿Un postrecito?”. Solo al cabo de dos horas de estar conversando, nos dijo: “¿A ustedes no les provocaría una cervecita o un traguito?”. Y empezamos a tomar, en mi caso, por ejemplo, cerveza.
»Pero luego, ¡qué locura!, ¡qué hombre tan excéntrico y tan bello! Resulta que Estella, ojeando un álbum que Equis le entregó, encontró una fotografía suya vestido con arco y con flechas, como si fuera un indígena. Le preguntó si él era el que aparecía en la foto. Entonces, Equis hizo un gesto de picardía, desapareció unos minutos y regresó en calzoncillos, con arco, flechas, y una especie de sombrero de plumas en la cabeza, y le pidió a ella que le tomara una fotografía. ¡Loco! Yo me preguntaba si era verdad que Jaime Jaramillo estaba loco.
»Más tarde le pedí a nuestro anfitrión que nos contara la anécdota de aquella ocasión en la que había consumido LSD. Esta historia —me dijo José Manuel— la había leído en tu reportaje sobre X-504 publicado recientemente en la revista Imago[7]. Y el poeta nos contó la anécdota con total desprevención y tranquilidad. Nos dijo que había ocurrido una sola vez en Barranquilla, él estaba con unos amigos y quería tener esa experiencia, pero cometió el error de quedarse solo cuando se tomó media pastilla de LSD, y entonces no la pudo disfrutar a plenitud por la preocupación, pues no quería desbordarse ni perder el control. Y nos contó las alucinaciones que experimentó esa noche, de las que guarda un grato recuerdo.
»Escuchándolo —continuó José Manuel—, yo pensaba que Equis es un hombre sumamente solo. Imagínate, no tener una persona cercana con la cual compartir ese momento. No sé si sea una soledad buscada por él mismo, elegida, o algo impuesto».
José Manuel me dijo que según su criterio, textos de Equis como Aviso a los moribundos y las Coplas de la muerte, son grandes poemas. Los integrantes de la revista Poesía, entre los que se contaba el poeta Arango, dedicaron un número especial de la revista a Jaime Jaramillo Escobar, en parte como una protesta contra un artículo publicado en El Magazín de El Espectador en el que se metía a X-504 en el costal del nadaísmo y se le condenaba en los términos más injustos. «Quisimos, no tanto defender al nadaísmo —precisó José Manuel Arango—, como hacerle un reconocimiento a Equis, quien no se puede circunscribir al nadaísmo, porque va más allá de ese movimiento».
Luego, José Manuel me habló del reportaje que yo había escrito sobre Jaime Jaramillo Escobar, y las consideraciones que él había tenido para proponer la supresión de algunos apartes del mismo en la publicación que hizo la revista Imago unos meses antes de esa conversación.
«Yo entendí que lo querías mostrar tal y como era él en el taller de poesía que orienta en la Biblioteca Público Piloto, con sus propias opiniones y criterios. Y me sentí entonces como una especie de censor al editar tu reportaje, tratando de mostrar al Equis que yo quería, o la imagen que yo tenía de él. Eso me creó un conflicto, te digo».
José Manuel no compartía la valoración que hizo X-504 en su taller —y que yo había incluido en el borrador del reportaje que preparé para la revista Imago— sobre Eliseo Diego como un «poeta menor», pues en su opinión era «uno de los grandes poetas de América Latina». Tampoco compartía con Jaime Jaramillo Escobar su exaltación de las traducciones que hizo León Felipe de los poemas de Walt Whitman, pues en su criterio Felipe le habría agregado «un poco de cosas que no son de Whitman» y le habría puesto a «decir cosas marxistas». A partir de estas discrepancias y otras semejantes sobre su visión acerca de las funciones de un taller de poesía, José Manuel me sugirió suprimir algunos apartes del texto original que presenté a la revista Imago. Acepté todas sus recomendaciones y el texto fue publicado con esos ajustes en la revista que dirigía el Hamaquero en Copacabana con la asesoría editorial del poeta Arango.
Cuando más de veinticinco años después Gustavo Zuluaga me propuso volver a publicar ese reportaje en la revista La Musa Sonámbula de Medellín, me sugirió revisar los apartes del reportaje original que yo había suprimido por recomendación de Arango, para ver si era posible, con el paso del tiempo, recuperar algunos párrafos e incluirlos en la nueva publicación. Por fortuna, yo conservaba entre mis papeles viejos la versión impresa con las anotaciones a lápiz hechas por José Manuel. Constaté en esta ocasión que las supresiones sugeridas por el poeta fueron muy atinadas y habían mejorado sustancialmente el texto, haciéndolo más compacto y sólido. Solo me fue posible recuperar un párrafo para añadir a esa nueva publicación del reportaje.
LOS INICIOS DE LA TERTULIA EN COPACABANA
En los primeros meses de 1997 el Hamaquero me dijo que había acordado con José Manuel crear una tertulia literaria en Copacabana, y el primer encuentro se iba a hacer en un pequeño bar del centro del municipio. Un sábado a las once de la mañana, los convidados subimos al entrepiso del barcito por unas escaleras estrechas y nos sentamos en sillas de plástico alrededor de dos mesas Rimax.
Al principio, el grupo lo formábamos ocho o diez personas; algunas vivían en Copacabana, como Olga Acosta, Antonia Acosta y Adriana Moreno; y otros viajábamos desde Medellín, como José Mario Sánchez, Luz Ángela Rendón, Guillermo Baena, Robinson Quintero y yo. Un tiempo después se unieron a la tertulia otros escritores que venían de Medellín como Pedro Arturo Estrada, Jaime Alberto Vélez, Germán Sierra, León Gil, Juan Rivas y otros. El dueño del bar nos servía aromáticas, tintos y vasos con agua, cortesía de la casa.
La iniciativa de crear la tertulia en Copacabana tuvo algunos antecedentes. Uno de ellos fue el intento fallido de iniciar, a comienzos de 1997, un taller de literatura con jóvenes del municipio que iba a coordinar el poeta José Mario Sánchez, quien en ese tiempo alternaba sus estudios de licenciatura en educación con un trabajo como vigilante en un edificio. Luego de dos convocatorias a las que asistieron muy pocos muchachos, Gustavo Zuluaga invitó a José Mario a conversar un domingo con José Manuel Arango en la cafetería del parque central de Copacabana, donde el poeta acostumbraba leer los periódicos mientras esperaba a su esposa Clara, quien asistía a misa cada semana.
En ese encuentro, José Mario se refirió a su experiencia como participante del Taller de Poesía que orientaba el poeta X-504 en la Biblioteca Público Piloto de Medellín. José Manuel se había tomado aquella vez un par de cervezas, y opinó que en vez de un taller de poesía a él le parecía más interesante organizar una tertulia que se basara en la conversación amigable, en la mutua influencia entre sus participantes a partir de compartir unas lecturas, en el diálogo con escritores invitados, en el afecto y el contagio de entusiasmos por lo que cada uno estuviera leyendo. No debía ser algo formal, rígido, con orden del día ni tareas, sino un encuentro libre que se basara más en las emociones y los juegos del azar. Gustavo Zuluaga le tomó la palabra y le propuso a José Manuel fundar en Copacabana una tertulia con esos criterios. Y le aseguró que él se haría cargo de buscar el lugar de encuentro y de convocar a las primeras personas. El poeta lo secundó en la iniciativa y se comprometió a participar en las reuniones semanales.
«Me conseguí un sitio para reunirnos en el bar de un amigo mío en el centro de Copacabana. Era una especie de segundo piso del pequeño bar, donde las parejitas iban a acariciarse por las tardes y por las noches», recuerda Gustavo. Don Gregorio Duque, el dueño del bar, accedió a prestarle al Hamaquero el espacio entre las once de la mañana y la una de la tarde, un horario en el que estaba disponible, pues las parejas solo frecuentaban el lugar a partir de las cuatro de la tarde.
«En ese bar nos reunimos todos los sábados durante varios meses. Pero empecé a notar que el 95 % de los que asistían a la tertulia eran personas que venían de Medellín, mientras que de Copabacana solo asistíamos con regularidad Olga Acosta, José Manuel y yo».
Entonces Gustavo le propuso al poeta:
—Vayámonos para el Jardín Botánico de Medellín, allá podemos disfrutar de los árboles y los pájaros que tanto te interesan, y a la gente de Medellín le va a resultar más fácil participar.
—Hágale Hamaquero, yo voy con ustedes —le respondió José Manuel.
En el mes de abril de 1997 tomé un avión y me desplacé a la ciudad de Neiva para laborar allí como docente universitario por tiempo indefinido, razón por la cual no fui testigo del traslado de la tertulia de Copacabana al Jardín Botánico de Medellín; pero procuraba acompañarlos en las temporadas de vacaciones de fin de año.
LA TERTULIA DEL JARDÍN BOTÁNICO
Los demás miembros de la tertulia de Copacabana también estuvieron encantados con la iniciativa de trasladarla para el Jardín Botánico Joaquín Antonio Uribe. Y con el tiempo, la administradora del Jardín les dio a todos sus integrantes un carné para que los dejaran ingresar sin pagar la boleta. En ese acogedor espacio natural de más de trece hectáreas, localizado al norte de la ciudad, cerca de la Universidad de Antioquia y del Parque Norte, poblado con más de mil especies diferentes de árboles y de flores —en especial orquídeas—, jardines, senderos y un amplio lago central preñado de peces, se reunió la tertulia cada sábado entre mediados de 1997 y 2002, cuando falleció el poeta José Manuel Arango.
El ambiente de la tertulia era informal: un encuentro de amigos y conocidos amantes de las letras y las artes. A la sombra de algunos de los grandes árboles del Jardín, y sentados en bancos o sillas de madera, los contertulios tomaban café y charlaban animadamente entre ellos. José Manuel fumaba sus cigarrillos. A menudo se iban a caminar por los senderos del parque. «El señor Álvaro Cogollo, gran conocedor de los árboles del Jardín Botánico, nos mostraba cada uno con sus nombres vulgar y científico. Álvaro Gómez, amante de los pájaros y director del club que tenía sede en el jardín, nos llevaba a dar rondas por el lugar, nos mostraba algunas aves y nos decía sus nombres », recuerda Gustavo Zuluaga. Otras veces, para distraerse, se acercaban al lago y alimentaban a los peces con el contenido de varios paquetes de Chitos.
Los poetas antioqueños Gustavo Adolfo Garcés y Rubén Darío Lotero, el cineasta César Augusto Montoya, los escritores Juan José Hoyos y Víctor Bustamante, la editora Doris Aguirre y Clara Leguizamón, también fueron visitantes asiduos de la tertulia del Jardín Botánico.
Varios escritores reconocidos que visitaron Medellín en esos años, fueron invitados a la tertulia del Jardín Botánico para conversar con ellos y leer sus textos. El Hamaquero recuerda la presencia en la tertulia de Rogelio Echavarría, Giovanni Quessep, Piedad Bonnet, William Ospina, Guillermo Martínez, Milcíades Arévalo, Víctor Gaviria y Juan Gaviria.
Pero ser un escritor de renombre no era requisito indispensable para ser un invitado especial a la tertulia. Gracias a la iniciativa de Gustavo Zuluaga, que cultivaba relaciones con personajes de la cultura popular de Medellín desde sus años de vendedor de hamacas en la avenida La Playa, desfilaron por la tertulia individuos de muy variadas procedencias y ocupaciones.
«Toda la jauría de Medellín y sus alrededores pasó por la tertulia», asegura Zuluaga. Estuvo Hugo Guarín, el jefe de la masonería de Medellín, quien arrastró con dificultad por el Jardín Botánico el enorme escudo masón para no dejar lugar a dudas sobre su afiliación. También asistieron los alquimistas de la ciudad comandados por Aníbal Trespalacios y un militar retirado que se presentó como vocero de un grupo de practicantes del sadomasoquismo. Cristina Giraldo, vocera de los psicoanalistas lacanianos de la ciudad y Julián Aguilar, en representación de los freudianos, acudieron varias veces a la tertulia. También se dieron cita culebreros, trovadores, masajistas, varios agentes de la policía nacional que escribían y publicaban versos, entre otros personajes de la ciudad.
Cuando Gustavo advertía que la gente de la tertulia estaba distraída o bostezando, daba inicio a una de las secciones más populares, La Chismoterapia, en la cual se ventilaban sin rubor los rumores literarios de Medellín. Entre tanto, el poeta José Manuel Arango observaba y escuchaba a los curiosos visitantes, y a veces dejaba escapar una risotada.
En cierta ocasión el Hamaquero invitó a la tertulia a Uriel Blandón, un señor que aseguraba conocer la fórmula para distinguir un poema bueno de uno malo. «Cuando escucho un poema y me hace llorar, es bueno», le aseguró a Gustavo sin asomo de vacilación. Hicieron la prueba: alguien declamó de memoria algunos versos de El brindis del bohemio, el célebre poema de la lírica popular que no podía faltar en las celebraciones familiares de fin de año, y en efecto don Uriel dejó rodar por sus mejillas dos lagrimones. Para completar el experimento, el Hamaquero le recitó dos versos del primer poemario de José Manuel Arango, sin advertirle quien era su autor: Los hombres se echan a las calles / para celebrar la llegada de la noche. «¿Cómo le parecen esos versos?», le preguntó. Don Uriel permaneció impávido por un momento, y enseguida concluyó: «No me hicieron llorar, por lo tanto no es un buen poema». José Manuel y los demás contertulios celebraron con risas las ocurrencias de don Uriel y su método lacrimoso para juzgar la calidad de la poesía.
Aunque durante la mayor parte de la tertulia José Manuel permanecía callado, observaba y escuchaba con interés a los demás, tenía reservada para sí una pequeña sección de quince minutos cada ocho días que se conocía como El rincón del poeta. En ella, Arango compartía su entusiasmo y admiración por algún poeta clásico o contemporáneo, ofrecía algunos datos sobre su vida, leía y comentaba algunos de sus versos. Le dedicó varias sesiones a la poeta polaca Wislawa Szymborska, quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1996, y a Fernando Pessoa, el poeta portugués a quien leyó con vivo interés en los últimos años de su vida.
Cuando en la última tertulia del Jardín Botánico, poco antes de su muerte, José Manuel leyó y comentó las Coplas por la muerte de su padre, del poeta español Jorge Manrique, nadie se percató de que ese pudiera haber sido un acto premonitorio:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte,
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando (…)
Por esos días, Luis Alirio Machado, agente de la policía y poeta, reveló en la tertulia: «Yo sé el nombre de una pastillita, uno se la toma y a los diez minutos se muere como si fuera a causa de un infarto». Y José Manuel anotó el dato en un papel y lo guardó. «Nos vamos a comprometer a lo siguiente, Hamaquero —me dijo José Manuel—. Si usted ve que yo me enfermo y quedo como un vegetal o paralítico, me da la pastillita de la que nos habló Luis Alirio esta mañana. Yo haré lo mismo por usted si fuera necesario».
Los versos de Jorge Manrique siguieron resonando en la cabeza de los tertuliantes en los días siguientes: Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en el mar / que es el morir.
«José Manuel amaba profundamente la naturaleza, quería saber el nombre de cada árbol, de cada flor, de cada pájaro —escribió el Hamaquero en la revista literaria Puesto de Combate—. Alquiló una casita campesina en una vereda del Alto de la Virgen, donde estuvo por un año. En un cuaderno recogía las hojas, las flores y los frutos de los árboles y les ponía el nombre vulgar y el científico. Salíamos también a revisar nombres de pájaros y a mirar las montañas en silencio, con un recogimiento religioso».
Y añadió lo siguiente: «Cuando lo invitaban a leer sus poemas al Carmen de Viboral, su pueblo de origen, él me decía: “Tranquilo Gustavo, allá casi no va gente y Celia, mi hermana, hace unos sancochos que son mejores que el recital”. Llegábamos a la casa de la cultura y no había sino tres o cuatro personas. José Manuel, imperturbable, estaba en su propio viaje, reviviendo su pasado, recordando su infancia, y ese recital era una excusa para pasear. Recuerdo que en el camino poníamos Razón de vivir, una canción de Víctor Heredia que cantábamos a dúo. También quiero recordar nuestros encuentros con Juan José Hoyos para tertuliar en las noches, mientras escuchábamos a Agustín Lara, uno de sus más adorados cantantes».
LA ÚLTIMA CARTA DEL POETA
Durante muchos años, Gustavo Zuluaga tuvo un puesto informal de venta de libros en los corredores de la sede central de la Universidad de Antioquia. Al comienzo lo instalaba en el corredor que da acceso a la Biblioteca Central; luego, presionado por algunos funcionarios de la misma que se incomodaron con el puesto, lo puso en otro corredor que conduce a la cafetería Kokorico, cerca de las instalaciones del programa de Biología.
Sobre una amplia mesa improvisada con tablas y maderos, y cubierta con una tela, el Hamaquero desplegaba sus libros de literatura y de ciencias sociales, la mayoría de los cuales eran tomos de segunda a precios módicos, al alcance de los bolsillos de los estudiantes universitarios. No le daba vergüenza ofrecer también algunos libros piratas, porque sostenía que en una universidad pública como la Universidad de Antioquia los estudiantes no tenían recursos para comprar libros de 40 mil y 50 mil pesos, así que las versiones piratas que otros imprimían y Gustavo comercializaba en su puesto eran una manera eficaz de «democratizar el saber». También ofrecía allí los libros que él empezó a editar en esos años, como la Antología de Alejandra Pizarnik, los libros de Emil Cioran, la Antología del Haikú japonés y la muestra de poetas suicidas, entre otros.
En el 2001, un jueves en la noche, varios encapuchados asesinaron a un estudiante que se encontraba en el bloque de Ciencias Exactas. Al día siguiente la Universidad amaneció cerrada, y el lunes se anunció la prohibición a todos los vendedores ambulantes que tenían puestos al interior de la ciudad universitaria, quienes en adelante no podrían ofrecer sus productos allí. Las cajas con los libros del Hamaquero fueron temporalmente decomisadas.
Cuando se las devolvieron, a Gustavo no le quedó más remedio que instalar su puesto muy cerca de la entrada principal a la Universidad por la calle Barranquilla, al lado de Miguel —otro querido personaje del Alma Mater— quien desde la década de los setenta vende periódicos y escribe breves anuncios con tiza o marcador sobre los hechos de la vida universitaria, los cuales fija en pizarras o carteleras a las mallas contiguas al ingreso a la ciudad universitaria. Acompañado por José Mario Sánchez, el Hamaquero trató de sobrevivir en ese lugar al naufragio que representaba su expulsión de los corredores de la ciudad universitaria.
Entre tanto, José Manuel, muy preocupado por la suerte de su amigo y por la pérdida de su principal medio de supervivencia, redactó una carta dirigida al entonces rector de la Universidad, el médico Jaime Restrepo Cuartas, y se empeñó en recolectar firmas entre varios profesores. Muy poco o casi nada le comentó al Hamaquero acerca de estas gestiones, con las que pretendía dar marcha atrás a la arbitraria medida.
La misiva comenzaba así: «Los suscritos, profesores de la Universidad de Antioquía, nos dirigimos a usted para solicitarle en forma respetuosa que sea reconsiderada la decisión que desaloja de su puesto habitual de trabajo —una venta de libros situada en el corredor de la Biblioteca Central— al señor Gustavo Zuluaga Herrera».
A renglón seguido, rememoraba la vieja vinculación del «señor Zuluaga» con la Universidad, que había comenzado en 1977 y se había prolongado durante los años ochenta, cuando él «coordinó durante diez años los programas de extensión cultural de la Biblioteca Central y sus publicaciones. Por esa misma época, fundó un programa radial —Sol nocturno—, dedicado a la divulgación de la literatura y de las actividades culturales de la ciudad», el cual «se transmitió por más de quince años en la Emisora Cultural, por lo cual recibió una distinción como uno de los colaboradores más antiguos de la misma».
Asimismo, en la misiva al rector, José Manuel y los «abajo firmantes» destacaron que en los años anteriores el Hamaquero había orientado «una tertulia abierta a la cual asisten estudiantes, profesores, lectores y escritores jóvenes de nuestra ciudad y de nuestra Universidad, y ha participado en otros proyectos culturales, como el reciente documental sobre la vida y la obra del poeta José Manuel Arango, con el cual se inauguraron este año las transmisiones del Canal Universitario.
»Mientras tanto, —señalaron los firmantes de la misiva al rector —, durante cerca de quince años, el señor Zuluaga ha mantenido una venta de libros que por su antigüedad se ha convertido en un espacio tradicional de encuentro en la vida universitaria. En él, tanto estudiantes como profesores hemos podido adquirir a precios muy bajos libros nuevos y viejos, títulos que no han vuelto a ser editados, libros raros y curiosos. Al mismo tiempo, el lugar se ha convertido en el centro habitual de conversación e intercambio cultural, todo alrededor de los libros».
Luego de asegurar que «el puesto de libros del señor Zuluaga no ha atentado en modo alguno contra la seguridad de la Universidad ni ha perjudicado la buena marcha de la vida universitaria», los firmantes de la carta le piden respetuosamente al señor rector «su intervención para que el puesto de libros del señor Zuluaga no sea cerrado en forma definitiva».
La misiva solidaria no tuvo el efecto que anhelaban el poeta José Manuel Arango y los demás firmantes, y por lo tanto la decisión de exclusión del Hamaquero y su puesto de libros del campus universitario se mantuvo en firme. Entonces, José Manuel alentó a Gustavo para que averiguara por la posibilidad de arrendar un pequeño local comercial en la calle Barranquilla, para iniciar allí una librería que le permitiera continuar con su labor de librero de un modo digno y obtener los recursos necesarios para su manutención. Le prometió que iba a conversar con varios amigos para recolectar el dinero necesario para pagar el arriendo del local, y asumió una parte considerable de esos pagos mensuales.
De este modo nació la librería Este Lugar de la Noche, en la calle Barranquilla, diagonal a la puerta de acceso principal a la ciudad universitaria, que funcionó sin interrupciones desde 2001 hasta 2020, cuando el Hamaquero y su socio se vieron forzados a entregar el local por las restricciones impuestas por la pandemia y el cierre de la Universidad durante un tiempo prolongado por la emergencia sanitaria.
«Hamaquero, ¿cómo va el chucito? —así llamaba José Manuel a la librería—¿Si lo dejan funcionar los estudiantes de la Universidad que están tan rebotados?», le dijo en voz baja el poeta a Gustavo, recostado en la cama del hospital donde se debatía entre la vida y la muerte después de un infarto. Los médicos habían restringido las visitas y solo dejaban pasar unos pocos minutos a los parientes y amigos para saludarlo. Gustavo esperó pacientemente su turno para ingresar a la sala del hospital y ver por última vez con vida a quien había sido su más fiel amigo.
«Qué pesar, se nos dañó el encuentro que habíamos acordado para esta noche con Juan José Hoyos en la librería. Luego lo volvemos a programar…», le susurró el poeta al Hamaquero, pero los dos sabían que ya no volverían a verse nunca más.
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José Manuel Arango: La humildad del jardinero – Dirección: Cesar Augusto Montoya Año: 1999
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La sombra de la mano en el muro (Antología)