CUENTO
“Dalí Violeta”, un cuento de Alejandro José López
06 · AGOSTO · 2026

1
Quienes han entrado en su casa coinciden en dos cosas: a todos les horroriza el gato embalsamado que preside la estancia de la sala y ninguno ha logrado superar la tentación de preguntarle qué significa. Seguramente ambos sentimientos son animados por una circunstancia extraña: su color. El viejo Felipe, la mayoría de las veces, inventa una historia para aplacar la curiosidad de sus invitados: les habla del cariño que le tuvo a Dalí —así se llamaba en vida— y, con ello, queda explicada su conservación. Sin embargo, el anfitrión siempre ha guardado silencio sobre la manera en que el felino llegó a tinturarse de violeta. Supondrán que es asunto de su excentricidad, o tal vez de algún aditamento preservante; pero la verdad es más compleja y está sepultada en un sitio recóndito de su memoria. Peor para él. Con el tiempo, las heridas del cuerpo cicatrizan; las del alma no: se pudren. Y la culpa es una llaga en la conciencia.
Esta mañana, como de costumbre, se encuentra sentado en la mecedora de su balcón. Bebe el café caliente que le ha traído su doméstica mientras contempla las ceibas y chiminangos de enfrente; pero, a diferencia de otros días, hoy ni siquiera el canto de los cucaracheros logra transmitirle alguna paz interior. Baja la cabeza para darse otro sorbo y, como ha sucumbido a los caprichos de su tristeza, decide enfrentar de una vez por todas la historia que nunca se atrevió a contar. En la cumbre de sus años, después de haber escrito tantos libros y ganado lectores innumerables, está de nuevo solo frente a sí mismo. De nada le sirven el reconocimiento ni los abrazos fugaces. La gloria está hecha de juegos pirotécnicos luego de cuya incineración no queda más que el suelo tapizado de cenizas. Así que el viejo Felipe está ahora a merced de sus fantasmas. Y para conjurarlos no tiene otro camino que el de enfrentarse con su pasado.
2
Comenzar por el principio significa remontarse hasta aquella mañana de abril, hace ya cuarenta años. El viejo Felipe conserva en su mente la instancia del desayuno, cuando fueron interrumpidos por alguien que llamaba a la puerta. Él lo recuerda porque notó el nerviosismo de Antonia, su madre, cuando se levantó a abrir —como en esos días llegaban noticias de todas partes acerca de incendios y masacres, para una mujer sin marido hasta el acto elemental de acudir a la puerta constituía riesgo y entrañaba osadía—. Tras correr el aldabón, ella se encontró de pronto frente a un hombre rubio, harapiento. Desde su lugar en el comedor, Felipe alcanzó a distinguir la silueta del tipo. Incluso hoy, tantos años después, él sigue identificando aquel momento como el inicio de todo. Para Antonia, sin embargo, las cosas habían empezado unas horas antes. Dar cuenta de esto tal vez genere alguna confusión, pero si de lo que se trata es de conocer la verdad no queda más remedio que intentarlo.
Lo primero para ella fueron las serpientes de fuego constriñéndole el cuerpo. La boca se le inundó entonces de un sabor pastoso, como si un líquido espeso —con textura de miel pero gusto vegetal— se le hubiera aposentado justo debajo de la lengua. No obstante, sabía que la detonación de su angustia no provenía de la boca sino de su vientre aprisionado. No podía respirar. Y por más que sus manos lucharon tratando de zafarse, aquel esfuerzo no hizo más que excitar a los reptiles. Antonia desfalleció. No lograba saber cuándo había iniciado todo ni cómo saldría de allí. Fue por eso, por la desesperación, que consideró un último recurso: gritar —pensó que si alguien la escuchaba seguramente acudiría en su auxilio, pero al revisar el entorno sólo halló un retrato de su difunto esposo mirándola con aquel gesto inconmovible, eterno; no había caso—. La derrota se volvió agua en su mirada y muy pronto, en cascada, inundó la estancia. Ahora, físicamente, naufragaba en su propio dolor. El pánico se agigantó y los latidos de su corazón retumbaron tan fuerte que lograron despertarla. Antonia abrió, en un mismo instante, sus pulmones y sus ojos.
Encontró la intimidad de su alcoba poblada de sombras, pero experimentó la felicidad de respirar otra vez. Las serpientes habían desaparecido, el sabor pastoso continuaba en su boca y la agitación comenzó a desvanecerse de a poco. Miró sus pies cubiertos con la cobija; al lado, su gato dormitaba hecho un ovillo de pelo blanco y más allá, en el suelo, una veladora iluminaba su retablo de María Inmaculada. Volvió los ojos hacia el reloj que estaba sobre su nochero y supo que era hora de levantarse. Después vinieron las ocupaciones de rutina. Con los años, la costumbre elimina toda necesidad de pensar y el cuerpo termina obedeciendo a una voluntad maquinal que no parece venir de nuestro interior. Fue así como Antonia, apenas sin darse cuenta, se vio ya sentada a la mesa tomando un desayuno tan repetido como insípido. Al frente suyo, Felipe la miraba sin mirarla —tenía su mente ocupada en una de aquellas cuentas de dinero que nunca lograba cuadrar—. Esa fue la escena que la llegada del hombre harapiento interrumpió. Nada del otro mundo.
Luego de que Antonia abriera la puerta, Dalí se dio a sus maullidos impenitentes. Como no confiaba en sus propios ojos, estropeados por las cataratas y la miopía, ella se alegró al escuchar la bullaranga de su gato: estaba convencida de que un instinto felino podía ofrecerle protección.
—¿A la orden?
Antonia miró al intruso con hostilidad, a punto de obedecer el impulso que le indicaba azotar la puerta. Parado en el andén, sin pronunciar palabra, él le sostuvo la mirada. Ella juzgó aquello como una insolencia, así que se dispuso a darle un portazo; pero advirtió, en ese momento, que Felipe estaba parado a su lado, de salida:
—¿Podés darme algo?
—Mi cartera amaneció vacía.
Al escuchar la respuesta, Felipe aventuró una caricia en el rostro de su madre. Lo único que consiguió fue empeorar las cosas porque Antonia sabía perfectamente que la noche anterior él había estado esculcándole; entonces, ella le retiró la mano con brusquedad. El cinismo es como la sonrisa que un verdugo le regala a su víctima en el instante de cumplir la sentencia, de tal manera que sólo puede ser respondido con rencor. El hombre rubio, por su parte, bajó la mirada tratando de parecer discreto; pero ella lo sorprendió atisbando de reojo y supuso que estaría sacando conclusiones. Felipe se despidió de su madre con un beso en la mejilla y se marchó. Antonia decidió encarar al sujeto harapiento:
—No es lo que parece —y aprovechando la algarabía de Dalí, concluyó—: mi gato quiere que se vaya.
El tipo miró hacia abajo y chasqueó los dedos:
—¿Cómo lo sabe?
Antonia sintió que el sabor pastoso volvía a impregnarle la boca, pero esta vez fue la rabia y no el miedo lo que operó como detonante. Le enfurecía la contradicción. Y eso que aún le faltaba escalar un peldaño más en su enojo, lo cual ocurrió seguidamente cuando el forastero, agachándose, llamó a Dalí y éste acudió. Semejante trance le confirmó lo que se había cansado de repetirle a Felipe: un gato negro infunde más respeto. El hombre acarició a Dalí en el lomo y después, cargándolo, se incorporó:
—Le duele una pata, por eso es que se queja —y con tono amable, agregó—: parece una mota de algodón.
3
El viejo Felipe se queda absorto mirando el revoloteo de los pájaros entre las ramas de un chiminango. Detrás suyo, aplicada a los oficios de la casa, la doméstica sacude un plumero sobre las porcelanas que va tomando de los estantes. Él no se percata del recorrido que la mujer hace por toda la sala —se encuentra demasiado embebido en el alboroto que las aves han armado—. Muy pronto, esa agitación de alas trae a su mente el desconcierto de aquellos días y la ansiedad que lo desbordaba. Antonia le había dicho que el próximo trece de mayo, para el día de la Virgen María, iba a donar todos sus bienes a la comunidad de religiosas que vivían en el barrio. Sólo dejaría lo necesario para la subsistencia de los dos y, claro, la casa. Felipe conocía perfectamente la obstinación de su madre cuando se hacía algún propósito. Y sabía algo más: las posesiones familiares de mayor valor estaban guardadas en el arca de su papá, la misma que había llenado durante tantos años de trabajo y hasta el día de su muerte.
Desde que Antonia le reveló sus pretensiones, Felipe consideró que hacerse con las pertenencias era un deber suyo y una manera de honrar la memoria del padre —estaba seguro de que él habría desaprobado tajantemente la donación—. Esto significaba, entonces, que para Felipe había empezado a agotarse un plazo angustioso: corría la última semana de abril y aún no conseguía descifrar cómo se abría la caja de seguridad. Durante la noche anterior a la llegada del forastero, él estuvo intentando. Tomó todas las precauciones necesarias y, cuando por fin logró ingresar al cuarto de su madre sin ser visto e instalarse frente al arca, Dalí desató un estrépito repentino de maullidos y ronroneos que lo forzó a huir. Eso fue lo que le cobró ya en la mañana, por debajo de la mesa, con una patada —tenía que aprovechar el breve lapso de tiempo en que Antonia se entretendría, al abrir la puerta; y así lo hizo—. La delación es un globo inflado de resentimiento que nos obliga a soñar con el alfiler del desquite.
Tan pronto como se despidió de su madre, Felipe se dirigió al parque de siempre. Esperaba encontrarse con alguien de la gallada; pero, al parecer, la impaciencia le había trastocado las horas. Decidió sentarse en el espaldar de una banca mientras aguardaba la aparición de cualquiera que pudiera echarle una mano para resolver sus apremios. El sol matutino proyectaba la sombra fresca de los samanes sobre prados y pasajes. De pronto, Felipe observó la silueta de alguien que caminaba en su dirección, cabizbajo y con ambas manos ocultas en los bolsillos de su chaqueta. Reconoció al muchacho que oficiaba como jíbaro y que había estado atendiendo los requerimientos del grupo últimamente. Enhorabuena.
—Hola, Felipe.
Se dieron la mano e iniciaron un ritual de saludo que constaba de golpes suaves y movimientos sincrónicos.
—¿Tenés algo para mí?
—Depende —le respondió el jíbaro, con recelo.
—Traje lo tuyo.
Felipe esculcó bajo la manga izquierda de su pantalón y sacó un pequeño fajo de billetes que traía aprisionado con su media. El muchacho le recibió y procedió a contar, luego de lo cual se volvió molesto:
—Esto no es ni la mitad de lo que me debés.
—Necesito otra semana.
Cuando el jíbaro se disponía a marcharse, Felipe lo detuvo:
—Dejame aunque sea una de las pequeñas.
El otro sacó de su chaqueta una bolsa menuda que contenía un amasijo de yerba seca y, antes de proseguir su camino, se la pasó:
—Una semana.
4
La primera impresión se desvaneció pronto. Contribuyó a ello, seguramente, la actitud de Dalí o, tal vez, es así como ocurre siempre: conocemos a alguien y, si nos abandonamos a la empatía, después nos cuesta recordar cómo percibíamos a esa persona antes de tratarla. Afectivamente, nuestra memoria es tan moldeable como la arcilla húmeda. Eso podría explicar lo que sucedió con Antonia y la manera como sus reservas frente al recién llegado fueron cediendo. Así arribó al punto en que, escondida tras las persianas que cubrían la ventana de su dormitorio, ella contemplaba al nuevo jardinero mientras regaba las gloxinias. Sus ojos recorrieron la escena: cada que el cántaro agujereado se levantaba, los brazos del hombre desplegaban todo su vigor; poco después, bajo los materos colocados sobre bases metálicas, el agua se escurría lentamente; hasta que, sobre un pétalo aterciopelado, una gota rezagada se deslizó. Entonces, apareció Dalí. Había pasado una semana y aún cojeaba de su pata izquierda. El hombre se agachó, lo alzó y rememoró el momento en que por fin aclaró las cosas: no andaba pidiendo limosna sino trabajo.
Aunque le costó aceptarlo, Antonia se convenció de que la razón de tanta alharaca no se debía a un mal presagio de su gato respecto del forastero sino a una lesión: le bastó con ver las raspaduras para darse cuenta de que el golpe había sido feroz. El tipo, sosteniendo a Dalí entre sus manos, preguntó si no había en la casa alguna medicina para intentar una curación. Apesadumbrada, Antonia entró a buscar. Regresó un momento después trayendo en su mano un frasco morado.
—Yo no sé qué es, pero mi esposo lo usaba para curar el ganado.
Se acomodaron en el suelo, al lado de la sala. Desde la pared del fondo, en su marco de cedro tallado, el retrato del difunto marido parecía vigilar la situación. Por su parte, el hombre rubio procedió con el gato sin interrumpir la conversación. Al terminar, tres cosas habían cambiado: Dalí tenía su pata izquierda teñida de violeta, el recién llegado tenía empleo y —como él había explicado que venía de muy lejos— el rancho de paja que quedaba en el jardín trasero de la casa tenía un huésped. No obstante, aún faltaban muchas transformaciones por suceder; incluso, transcurrida la primera semana, algunas ya habían tenido lugar, pero Antonia ni lo sospechaba mientras recorría con la mirada los detalles de su jardín. Como el presente nos asalta en cada instante, somos presas de la contingencia y este vértigo nos impide saber lo que nos está ocurriendo. Las valoraciones sobre nuestra vida están siempre conjugadas en pasado.
Esa noche, después de haberse pasado el día fisgoneando al jardinero, Antonia recibió una llamada telefónica. A pesar de la hora tan avanzada, no se sobresaltó. Desde temprano había notado el nerviosismo de Felipe y la experiencia le indicaba que debía prepararse para un episodio indeseable, por eso prefirió pasar en vela mientras aguardaba alguna confirmación. Y ahí estaba: no había más que alzar el auricular.
—¿Aló?
Lo de siempre: que si ella se llamaba así y asá.
—Ajá.
A esas alturas ya no daba temor sino rabia: que si conocía a un tal Felipe.
—Sí señor.
Y qué hartera pasarse la vida en esas: que el muchacho estaba en problemas.
5
Continuando con sus labores de aseo, la sirvienta llega por fin al mueble donde reposa el gato disecado. Pasa con insistencia su plumero por el pelamen violeta, pero todo parece indicar que la tintura es indeleble. En el balcón, al otro lado de las porcelanas y las estanterías repletas de libros, el viejo Felipe retoma su taza de café; pensativo, la pone de nuevo en el platillo que sostiene sobre sus piernas —a pesar de haber consagrado su vida al arte de los relatos, sabe muy bien que le faltó contar el más importante; y nadie puede, por mucho que lo intente, evadirse definitivamente de sí mismo—. Vuelve los ojos hacia la sala y, al advertir la inútil labor de su doméstica, lo asalta la tentación de pararse. Quisiera decirle que no lo intente más; sin embargo, se obliga a permanecer en su mecedora: ahora que por fin se ha dado a recordar los peores momentos de su vida, no va a permitirse ninguna distracción.
Habían regresado a casa ya en la madrugada. Antonia no pronunció palabra durante todo el camino —se encontraba aturdida por una mezcla de furia y desengaño que terminó confinándola al silencio—. Aunque Felipe tampoco dijo nada, bastaba con reparar en su cara para comprender que las razones eran diferentes: su ojo derecho se hallaba desfigurado a causa de un hematoma leve y su labio superior aún manaba sangre de una abertura lateral. En otros tiempos, Antonia habría buscado aliviarle de alguna manera el dolor y se habría esmerado procurándole una rápida sanación; pero, a esta parte, ni siquiera se interesó en conocer los pormenores del incidente. Con todo, Felipe no se lamentó. La actitud de su madre lo eximía de molestias adicionales —no tendría que mencionar el jíbaro ni la deuda, no se obligaba a reconocer su ansiedad ni su incumplimiento, no era preciso detallar los golpes ni la derrota; tampoco se vería obligado a mentir—. El silencio puede llegar a ser una bendición cuando el infierno te anda cerca.
A pesar de que el cansancio la tenía hecha trizas, para Antonia la jornada no estaba aún por terminar. Ingresó a la sala y se arrellanó en un sofá. Felipe hizo lo propio a la espera de que empezaran los reproches, pero un mutismo categórico seguía apoderado de su madre. A punto de desfallecer, Antonia se limitó a taparse los párpados con ambas manos. Recordó lo que acababa de pasar en la Estación de Policía: había tenido que resistir la mirada lasciva de los suboficiales más veteranos y admitir su amabilidad excesiva para no complicar más las cosas. Verificó de nuevo qué tan difícil era sobrellevar los rigores de una viudez decente y el ánimo se le impregnó de un abatimiento plomizo. Abrió los ojos y se topó con aquella visión repetida que después de tantos años seguía presidiendo la pared del fondo. Acercó una silla y descolgó el retrato de su esposo. Felipe quiso protestar; no obstante, sabía que su autoridad moral se hallaba desvanecida, así que simplemente se puso de pie y se retiró a su habitación.
Apenas se deshizo del cuadro, Antonia corrió a su pieza. Iluminó el pequeño altar con el cual, al lado de su cama, hacía ofrenda a María Inmaculada. Sintió pavor de que las serpientes de fuego regresaran a constreñirla; entonces, con lágrimas en los ojos, se dio a la devoción:
—Yo confieso ante Dios Todopoderoso, y ante vosotros hermanos, que he pecado mucho de pensamiento…
Antonia extendió las oraciones hasta donde su fatiga se lo permitió; pero, tan pronto como su mirada se apagó, una turbulencia mayor que la ocasionada por los reptiles se apoderó de su cuerpo.
6
Al entrar el alba, Felipe quiso aprovechar el agotamiento que desplomó a su madre. Era un momento propicio para descifrar la clave del arca porque no había riesgo de que Antonia se despertara fácilmente y, por otra parte, aquella primera luz favorecía la manipulación de la chapa. Sin embargo, ingresó al cuarto con toda la cautela del caso y se puso frente a la caja de seguridad. Cuando se hallaba concentrado en lo suyo, Dalí prorrumpió con el estruendo de su quejumbrera. Felipe estuvo a punto de caer fulminado por el susto, pero reaccionó al instante y se entregó con toda ferocidad a la cacería del bicho. Antonia, entretanto, se batía a muerte con sus propios enemigos en la profundidad del sueño; por eso no escuchó los destrozos que su hijo y su animal iban haciendo en la alcoba. Enceguecido por la ira, Felipe saltaba de un lado a otro sin cuidarse ya del ruido que pudiera causar; hasta que, pese a haber desplegado toda su habilidad, Dalí no pudo evitar las garras de su perseguidor. Finalmente, con ímpetu criminal, Felipe se lo llevó al jardín.
Amarrado y amordazado, el gato recibía una paliza ejemplar cuando apareció Antonia. No obstante, el verdugo no tuvo que entrar en explicaciones porque advirtió de inmediato el caminar sonámbulo de su madre. Sólo ella, sudorosa, escuchaba la música nupcial y feliz que la conducía hacia el rancho del jardín —había logrado vencer a sus adversarios oníricos y ahora se disponía a recibir la recompensa—. Al ver el gesto dichoso de Antonia, como iluminado por un rayo, Felipe comprendió entonces que tenía un nuevo contendiente. Dejó en paz a Dalí y, evitando que ella cometiera una imprudencia, tomó su mano suavemente para conducirla de regreso a la habitación. Ya el sol había salido plenamente y pronto el forastero llegó para ocuparse de sus menesteres. Divisó en la mitad del jardín un bulto pequeño, rojo y blanco. Se acercó y descubrió que era Dalí moribundo, bañado en sangre. El hombre rubio se agachó, recogió el gato y lo llevó furtivamente a su morada. Quien ha sufrido vejámenes comprende por qué la compasión es el modo más entrañable de celebrar la vida.
La doméstica no se resigna a considerar que esa mancha sea imborrable y decide ir al lavadero en busca de alguna solución; en efecto, regresa trayendo un trapo humedecido con detergente. Se entrega a su labor de limpieza con vehemencia, estregando el pelaje felino con todas sus fuerzas. Todavía en el balcón, y pese a que las aves matutinas se han marchado, el viejo Felipe continúa abstraído en los árboles de enfrente. En verdad los está mirando sin mirarlos porque tiene sus ojos empozados de culpa y apenas logra distinguir las cosas que tiene ante sí. Podría cavilar sobre otra cuestión para disolver la bruma que se ha apoderado de su alma, pero eso no haría sentido —al cabo de tantos años, se le ha incrustado en el vientre la sospecha de que no es el dolor confrontado sino el que se aplaza lo que verdaderamente corroe a un hombre—. Soba sus párpados con ambas muñecas y seca luego su rostro. Se deja llevar por los recuerdos y así regresa a la segunda semana de aquel mayo fatídico.
7
Las jornadas que antecedieron al día doce, pese a que estuvieron signadas por emociones intensas, fueron rutinarias. Antonia se pasaba las mañanas curioseando al jardinero, detallando desde la ventana los movimientos reposados pero firmes de su faena; las tardes se le iban buscando inútilmente a Dalí por toda la casa. El forastero se ocupaba, unas veces, cuidando las gloxinias del jardín; otras, secretamente, la convalecencia del gato. Felipe transitaba por el barrio tratando de encontrar quien le compartiera un poco de yerba; en las noches cumplía religiosamente su fallido oficio de cerrajero. Pero en la tarde del día doce, justo cuando solo le quedaba una oportunidad para lograr su cometido, Felipe se topó con algo que cambiaría para siempre el rumbo de su vida. Iba a salir de casa, pero se detuvo a observar lo que ocurría en el umbral del rancho: el jardinero le estaba haciendo entrega a Antonia de una extraña felpa morada —solamente al escuchar los maullidos comprendió que se trataba de Dalí.
El resto del día y buena parte de la noche, Felipe fue presa del desespero. Deambuló por las calles y buscó compañía en el parque. Allí encontró, efectivamente, un par de amigos que le participaron de sus lumbres; sin embargo, por mucho que trató de calmarse, Felipe sintió que el mundo se oscurecía en torno suyo. Lo cierto era que no tenía la menor oportunidad de arrimarse al arca sin que el gato lo delatara y, por otra parte, no había dudas sobre quién era el responsable directo de semejante impase. Estas evidencias acabaron de arruinar el agrietado dique de su compostura y prepararon la peor borrasca de su alma. Fue así como, de regreso a casa —justamente cuando atravesaba la fachada del convento que se beneficiaría con los bienes familiares—, tomó una drástica determinación: le cobraría caro al jardinero los estragos que le había causado.
Al llegar, Felipe se dirigió de inmediato al jardín. Lo primero que hizo fue tomar el soporte metálico de una matera y asegurar con éste, desde afuera, la puerta del rancho; luego, con absoluta meticulosidad, se dedicó a encender en varios puntos el techo de paja. Embrujado por el ruido y la imagen del fuego, se sentó a contemplar cómo la morada del forastero se iba consumiendo. Pero el instante en que la estructura de madera se derrumbó le depararía una revelación espeluznante. Una viga cayó al suelo y, con ella, la pared frontal; entonces, Felipe pudo ver dos cuerpos humanos abrasados por las llamas y retorciéndose de dolor hasta que, finalmente, cayeron al suelo convertidos en sendos amasijos carbonizados. Felipe corrió al cuarto de Antonia y confirmó su sospecha: sobre la cama sólo estaba el gato, maltrecho y violeta, dormitando plácidamente.
El esfuerzo de la doméstica se ve premiado. De pronto, el trapo con detergente se va tornando morado. Cuanto más se esmera, su regocijo resulta mayor. La idea de darle una sorpresa al viejo Felipe la emociona definitivamente, así que no se detiene hasta descubrir que el gato es completamente blanco. No obstante, cuando se dispone a enseñar su hallazgo, una estridencia menuda la interrumpe. Al volver su mirada hacia el balcón, descubre los pedazos de porcelana desperdigados en el piso. Acude entonces, de inmediato, a recoger los pequeños destrozos. Mientras lo hace, observa al viejo Felipe, con los ojos cerrados, tumbado en su mecedora. La empleada decide no molestarlo y aguardar el momento oportuno para darle la sorpresa; por ahora, como de costumbre, se limita a sus labores de aseo. Pasarán varias horas antes de que ella se percate de lo ocurrido.
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ALEJANDRO JOSÉ LÓPEZ (Tuluá, Colombia, 1969) ha publicado tres libros de cuentos: Dalí violeta (2005), Catalina todos los jueves (2012) y Detrás de la luna (2025); igualmente, la novela titulada: Nadie es eterno (2012). Su obra crítica incluye tres volúmenes de ensayos: Entre la pluma y la pantalla (2003), Pasión crítica (2010) y El arte de la novela en el Post-boom latinoamericano (2016); asimismo, dos recopilaciones de crónicas y entrevistas: Tierra posible (1999) y Al pie de la letra (2007). Cuentos y ensayos suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas internacionales, y han sido traducidos al alemán, al francés y al danés. Entre los años 2004 y 2008 dirigió la Escuela de Estudios Literarios perteneciente a la Universidad del Valle. Se doctoró en literatura y medios de Comunicación en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente se desempeña como profesor titular en la Universidad del Valle.