CUENTO
El extraño, un cuento de Emilio Ballesteros
11 · SEPTIEMBRE · 2026

La primera vez que sonó el timbre, apenas tuve tiempo de reaccionar. Dejé sobre la mesa el café que estaba tomando, me puse las zapatillas que tenía quitadas en ese momento para acomodar mejor mis piernas sobre el reposapiés y acudí tranquilo hacia la puerta para abrirla. Al acercarme a ella, vi el sobre en el suelo. Alguien debía haberlo echado por debajo de la entrada; hay un pequeño espacio que lo permite. Siempre me digo en el invierno que tengo que poner un burlete para evitar corrientes, pero aún no lo he instalado. Lo recogí, sorprendido y entonces, sí, abrí la puerta. No había nadie. Vivo en un segundo piso y en el pasillo del edificio en esa misma planta hay otras cuatro viviendas. Pero ni en el pasillo ni en ninguna de las puertas, todas cerradas, se veía persona alguna. No pude evitar el impulso de acercarme hasta el ascensor para ver si alguien lo estaba utilizando. Pero tampoco. Quien fuera, o bajaba andando y de manera bien silenciosa, o había sido muy rápido en desaparecer. Me encogí de hombros y volví al interior de mi piso, con el sobre en la mano y dándole vueltas intrigado.
Una vez sentado en mi mesa, lo abrí y saqué el papel que llevaba en su interior. Impreso en mayúsculas y letra convencional, decía:
ERES UN PESTOSO INMUNDO. NO MERECES VIVIR ESA VIDA DE MIERDA QUE ARRASTRAS ENTRE HIPOCRESÍAS Y FALSAS APARIENCIAS. MEJOR QUE TE MURIERAS.
Ni que decir tiene que aquello me golpeó y lo hizo con tal violencia que hasta volqué la taza de café sin querer cuando quise soltar el papel sobre la mesa como si me quemara. ¿Pero qué demonios? ¡Maldita sea! Yo no tengo enemigos. No que yo sepa, al menos. Mi vida es, de puro normal, mediocre. Me levanto, voy a mi trabajo, como, charlo con los compañeros, regreso a casa y, si me cruzo con algún vecino o vecina, saludo con educación. ¿A qué venía aquello? ¿A quién le había hecho yo daño o había molestado o demonios que se lo lleven?
Una amargura espesa se me escurría pecho adentro, como si hubiera tragado un brebaje que me envenenara y me trastornara en lo más íntimo. Repasé mi día. No podía recordar ningún incidente destacable. Ni siquiera de tráfico. Apenas cojo el coche y cuando lo hago soy prudente hasta un extremo casi enfermizo. De hecho, no comprendo a las gentes que cuando se ponen al volante se vuelven otro y la agresividad y los instintos destructivos se apoderan de ellas. Acabé arrugando el papel y tirándolo a la papelera. Quise pensar que habría sido una broma estúpida de alguien. Tal vez de Fernando, ese bromista pesado que a veces se complace en gastar bromas que lo hagan a uno pasar mal.
Al día siguiente pregunté a Fernando si había sido él; pero su cara de sorpresa me pareció demasiado real para ser fingida. Ni siquiera es un buen actor, así que lo creí.
Casi había olvidado el incidente cuando, al cabo de unos días, volvió a sonar el timbre. Miré hacia la puerta esperando ver si introducían un sobre por debajo; pero no, así que acudí a abrirla. Tampoco había nadie y esta vez el sobre estaba también en el suelo, aunque en el exterior del piso. Corrí hacia el ascensor; alguien bajaba por él, de hecho estaba llegando ya a la planta baja. Corrí para intentar alcanzarlo, sin embargo, cuando llegué abajo, sin aire en mis pulmones por el esfuerzo, quien quiera que fuese ya había salido y, al abrir la entrada del edificio y salir, la calle estaba llena de gente que iba y venía, pero no pude identificar quién había dejado el sobre. Más impelido por mi impotencia que por mi rabia, grité a toda voz: ¿Quién eres, cabrón? Los viandantes me miraron con cara de espanto y sentí tal vergüenza que tuve que introducirme a toda velocidad en el edificio y volver a mi piso con las orejas agachadas. Esperando lo peor, me fui hasta mi mesa y abrí el sobre. Esta vez, con el mismo tipo de letra, el papel tenía escrito:
¿A QUIÉN VAS A ENGAÑAR, ASQUEROSO? VAS DEJANDO UN REGUERO DE MIERDA POR DONDE PASAS. ¿DE VERDAD QUIERES VIVIR ASÍ?
En esta ocasión, la amargura me tocó tan hondo que sentí ganas de llorar. Pero ya era demasiado. Iría a la policía. Las notas tenían un cierto tono amenazante, además de insultarme de manera tan vil. Me arrepentí de haber tirado la nota anterior; pero puede que con esta pudieran hacer algo. En la comisaría me escucharon con aparente atención, les di todo tipo de detalles, el agente que me atendía examinó el papel con el anónimo; pero al final me dijeron que si no tenía sospechas de alguien a quien pudieran interrogar, no podían hacer nada con solo un papel que bien podía ser incluso una broma de mal gusto. Me comentó que quien lo hubiera escrito debía tener cierto nivel cultural puesto que hasta los acentos estaban en su sitio. ¡Pues vaya! Descubrió la pólvora, el amigo. No hace falta ser Einstein para notar eso. Aparte de que, hoy día, los programas de autocorrección de los ordenadores personales ayudan mucho. Me instó a que dejara una denuncia por escrito y que le informara de si había novedades. Dejé mi denuncia pensando que aquello sería otro papel en un cajón de asuntos sin resolver, o peor aún, de curiosidades y me di cuenta de que en la policía no iba a encontrar mucha ayuda para mi caso. Tendría que hacer yo mis propias averiguaciones.
Comencé por apostarme a ratos en algún rincón del pasillo para ver si podía sorprender al capullo en plena acción sin que me viera. Pero lo único que conseguí fue que algunos vecinos, al verme escondido en rincones oscuros, sumado a mis corridas desaforadas por las escaleras en busca de un fantasma, me miraran con cara extraña. En una ocasión, tras el timbrazo y mi salida intempestiva, escuché pasos apresurados bajando las escaleras y, en esa ocasión fui yo el que bajé por el ascensor con la esperanza de que llegara a tiempo de ver al tipo. De puros nervios, le di tanto al botón que solo conseguí que cuando la puerta se cerraba, se volviera a abrir. Tamborileaba con mis dedos en la pared mientras bajaba, como si con eso pudiera llegar antes; la angustia lo vuelve a uno así de estúpido. Pero cuando el ascensor llegó a la planta baja, la puerta de salida del edificio ya se había cerrado y de nuevo estaba contemplando el ajetreo de la calle con su gente deambulando de un sitio a otro, y yo mirando con desesperación y sin saber a qué atenerme. Un vecino que entraba en ese momento, al verme así, me preguntó: ¿Todo bien? Tardé en contestarle, entre otras cosas porque no sabía qué decirle. Sí, le respondí al cabo. ¿Qué podía explicarle?
Porque los anónimos siguieron llegándome y en todos ellos saco de mierda era lo más bonito que me decían y siempre me daban a entender que estaría mejor muerto que arrastrando una vida como la mía. ¿Qué creía el desaprensivo ese que le pasaba a mi vida?
Opté por intentar encontrar alguna ayuda en mis vecinos. Les pregunté si habían observado la presencia de alguien extraño por el pasillo, tras contarles lo que me estaba pasando. Pero ninguno me supo decir nada y, antes bien, noté en sus miradas un aire de desconfianza que no me gustó nada, así que me olvidé de ellos.
Tengo dos hijos que, aunque son jóvenes, trabajan y tienen su vida resuelta. Viven lejos de mí, pero los quiero y me quieren, aunque nos vemos poco. Los llamé para contarles el caso y se mostraron preocupados por mí. No tardaron en venir a verme. Hablamos y se comprometieron a intentar ayudarme, en la medida de sus posibilidades. Ninguno de los tres encontrábamos sentido a aquello ni se nos ocurría quién pudiera ser el culpable. Acordaron venir con frecuencia a mi casa y estar atentos a las llamadas. No podían estar siempre porque tenían trabajos que atender y yo lo comprendí. Ellos son más jóvenes y están más en forma que yo. Caso de tener que perseguir a alguien por las escaleras tendrían muchas más posibilidades de pillar el interfecto.
Sin embargo, el desgraciado era bien listo. Nunca llamaba cuando alguno de mis hijos estaba en casa. Deduje que me vigilaba y observaba el movimiento de mi casa desde algún lugar, así estuve yo vigilante desde mi ventana que da a la calle para ver si notaba algo sospechoso. Hay un bar en los bajos del edificio de enfrente de mi domicilio. Puede que se apostara allí a mirar. Incluso me compré unos prismáticos para observar mejor las mesas del bar y los clientes que se sentaban en ellas. El tabernero debió notar algo, porque lo vi salir y mirar hacia mi ventana con cara de pocos amigos. No tuve más remedio que bajar a darle explicaciones y, de paso, intentar sacar de él algo que me pudiera servir. Le conté lo que me pasaba y le pregunté si había notado que algún cliente viniera con cierta frecuencia y se quedara mirando al edificio de enfrente, pero me dijo que no. Lo sentía mucho pero no podía ayudarme. Y, la verdad, su mirada tampoco me gustó nada. Me pareció que pensó de mí que debía estar algo desquiciado. Yo mismo me pregunté si no empezaba a estarlo.
Por fin uno de mis hijos tuvo una idea brillante. ¡Instalar cámaras de vigilancia! Joder. Si incluso contrataron a una empresa de seguridad para ponerlas sobre mi puerta. Y al final comprendí lo que pasaba. Todo era una confabulación; conspiraban mis dos hijos maquinando la manera de instalar esas cámaras y hacerme creer que era yo quien me mandaba los anónimos. Cuando vimos las grabaciones, el tipo, con capucha y chándal, tenía un cuerpo como el mío. Y es cierto que de lo poco que se podía ver de su rostro, se podía concluir que era yo. Se me parecía mucho. Pero no conseguía hacerles entender que yo no era, que se parecía a mí, pero no era yo. ¿Por qué no se veía salir al tipo del piso para poner el sobre? Y ellos me contestaban que yo salía y entraba muchas veces y, tras alguna de mis salidas, dejaba el sobre y me iba, para volver al cabo del rato, cambiando de ropa en algún sitio. ¿Cómo no voy a salir y entrar? ¿Quieren que esté encerrado de por vida en casa? Y además, ¿quién hacía entonces sonar el timbre? Y ellos empeñados en que la grabación no tiene sonido y no se puede saber si hay timbre que suene, pero ese sonido podía yo imaginarlo. ¡Vamos!, una alucinación auditiva o como demonios se llame eso. ¿Y para qué iba a hacer eso yo? Se empeñaban en que tenía problemas psíquicos y que necesitaba la ayuda de un profesional. Y yo que no. Y dale que te pego, hasta que el final era eso o la discusión perpetua, así que acepté. Y el puñetero psiquiatra con sus teorías, que parecen que las necesitan para sentirse importantes, y en cuanto encuentran a un infeliz que entre en sus esquemas, van a por él, como el buitre a por su carnaza. Que yo lo que tenía era un brote psicótico, me trató de medio esquizofrénico el colega, con tendencia suicidas que iban a más. De nada servía que le explicara que soy racional y escéptico, que sé lo que siento y lo que hago y que estaba muy equivocado; que yo quería vivir, a ser posible bien y tranquilo, y que el suicidio ni se me pasaba por la cabeza. Pero como era uno de esos prepotentes tan fatuos y creídos de sus propias paranoias, me diagnosticó brote esquizoide con peligro de suicidio y, con la aquiescencia de mis hijos, me internaron en este centro psiquiátrico, como si fuera un delincuente. Cuando me visitan me dicen que ya no manda nadie sobres. ¿Cómo los van a mandar si ya no está allí su destinatario? Me llego a preguntar si no eran ellos mismos los que mandaban al hijo de su madre que los ponía.
Y aquí me tienen a base de drogas y narcóticos que me dejan para el arrastre. Y cuando me niego a tomarlos y acabo poniéndome agresivo me pinchan y los efectos entonces son más letales y me dejan peor incluso; así que acabo por tomarlas con mansedumbre para evitarme problemas mayores. Estoy pensando incluso en hacerme el tonto y decir que sí, que era yo, en efecto, que quería insultarme antes de dar el gran paso de suicidarme, pero que ya lo he superado y no pasará más. A ver si así me dejan en paz y puedo regresar a mi casa sin que me droguen y me atonten más. Es ahora cuando de verdad me pregunto si merece la pena seguir viviendo para esto o es mejor quitarse de en medio y apearse de una vez por todas del maldito carrusel. Yo sé que mi vida era rutinaria y a veces el hastío me mordía; pero lo toreaba con mis libros, mis películas, mis paseos… Cierto también que llegaba a asquearme a veces de un mundo en el que el absurdo llega a menudo a ser monstruoso, con tanto ser mezquino y aberrante que viola, mata, roba, chicos menores de catorce años que apalean a sus amigos y lo graban y cuelgan en redes, o que violan en grupo a una chica de once años y no se les puede hacer anda porque la ley no lo permite al ser menores de catorce años… ¿Quién no siente asco de todo eso? Pero yo había aprendido a mirar hacia otro lado y seguir mi vida, gris y monótona, es cierto, pero al menos sin hacerle daño a nadie. ¿Por qué tienen que encerrarme a mí, que respeto a todo el mundo y procuro no perjudicar a nadie y encima atiborrarme de pastillas que me dejan lerdo? Quiero, solo, recuperar mi vida tranquila y solitaria. Poder vivir, al margen de la basura, el precario equilibrio de mi aurea mediocritas.
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EMILIO BALLESTEROS ALBOLOTE (Granada, España), poeta, novelista y dramaturgo con diversos premios y reconocimientos de teatro, novela y poesía. Dirige la revista internacional de teatro y literatura Alhucema y ha sido incluido en antologías de España, Alemania, Colombia, Perú, México y Argentina. Traducido a varios idiomas, Algunas obras: las novelas El negro (Premio de novela corta de Olula del Río), Estirpe de luna y Rapsodia en negro y rojo; el libro de relatos: Edgar y yo, las obras de teatro: El kiosco ´e Benito (Primer Premio de teatro del Ministerio de Educación y Ciencia), Las estrellas no tienen puntas (Premio de Teatro de Alcázar de San Juan) y La eternidad y el vampiro; los poemarios: Trilogía del silencio, El viaje infinito, En júbilo, Cuarto creciente, Danzas Bárbaras (Premio Juan Ruiz de Torres; Madrid), La claridad profunda (Premio Ediciones Deslinde, Madrid), El minotauro y la luz, Fuego en la niebla, La última noche de Lázaro o los ensayos El homo urbanitas; Matemágicas: poesía y matemáticas; Poiesis Poesía y existencia.