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ARTÍCULO

El grumete que se hizo capitán

02 · AGOSTO · 2026

Puesto de combate, revista, literatura, silabario, Milciades Arérvalo, Colombia

Por Marcos Fabián Herrera

En uno de sus valiosos ensayos historiográficos, Malcolm Deas, relata un episodio que explica la fascinación de los colombianos por las revistas literarias. Luego de dirimirse un diferendo fronterizo que sostenía Bolivia con Chile y de sentarse las bases de lo que se llamaría el Tratado de Paz y Amistad de 1904, los chilenos, gratificados por el apoyo recibido del embajador de Colombia en la superación de la discrepancia, querían ofrecer una compensación al esfuerzo conciliatorio de nuestro diplomático.

—Ofrézcanles financiación para un libro o una revista. Todos se creen poetas. Están convencidos de ser la Atenas suramericana —le susurró al oído del portavoz chileno un delegado del gobierno de Estados Unidos que fungía como estado neutral en la negociación.

Lo que el célebre historiador inglés fallecido en el año 2023 denominaba “Gramaticalismo” —la obsesión de los gobernantes criollos por los entresijos del lenguaje—, yo, desde mi modesto rincón de escribano y lector de la historia de Colombia, creo que es una pasión por la letra impresa y el papel. Desde la independencia, nos ha guiado un culto reverencial por todo tipo de empresas editoriales y literarias, por más quiméricas y delirantes que parezcan.

Ahora mismo recuerdo al protagonista de Ilusiones Perdidas, la novela de Honorato de Balzac que retrata con nostalgia y desencanto el viaje aspiracional que el joven Lucien Chardon emprende en busca de la gloria literaria parisina. En la capital francesa, el modesto poeta salido de Angulema conoce el lado crudo y sórdido de la sociedad literaria. Esa faceta malsana de los literatos que cultivan intrigas y hacen de su parnaso un celebrado círculo, atravesado por la ambición y la crueldad humana.  Al creerse los dueños supremos de la estética, administran las llaves de las puertas que conducen a un espejismo de poder y exclusión.

La vida de Milciades Arévalo ha sido la manifestación real, inequívoca y certera para desdecir el horripilante mundo que padeció el protagonista de Ilusiones Perdidas. Antes que desdén, en su casa de La Candelaria los bisoños y los curtidos, los consagrados y los emergentes han encontrado calidez y orientación. Cientos de letrados de pueblos de toda Colombia han enviado ejemplares de sus libros a Puesto de Combate esperando una reseña, una valoración, un incentivo o un tímido aliento. Antes que el arribismo capitalino o el lapidario rechazo, Milciades ha tenido tiempo para leerlos, corregirlos y publicarlos.

En los últimos 20 años, he sido testigo del padrinazgo que Milciades Arévalo ha brindado a jóvenes poetas de provincia, cronistas en formación, aprendices de novelista, líricos de medianoche y articulistas en ciernes. A todos, sin excepción alguna, Puesto de Combate ha ofrecido un espacio en sus páginas para animarlos en el difícil camino de la escritura.

Del joven apasionado que vendió su sangre para obtener el dinero que le permitiera comprar un ejemplar de Una Temporada en el Infierno de Arthur Rimbaud; al dramaturgo estudioso del teatro universal; pasando por el genial cuentista, el novelista de imaginación erótica y el puntilloso editor y fotógrafo que apresa los rostros memorables de las letras colombianas, Milciades, no ha desfallecido ni ha bajado el velamen de su barco. De haber continuado su vida de marinero, hoy sus libros y revistas se conocerían en los puertos del mundo entero. Porque en esencia, su vida ha cumplido la premisa de los avezados navegantes de los mares. Cruzar las fronteras de la imaginación para hacer de la vida una experiencia que descoloque los astrolabios y desvanezca las coordenadas de los mapas.