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APUNTE

Fábula de la cordura, un cuento de Marcos Fidel Yucumá

31 · JULIO · 2026

Marcos Fidel Yucumá, narrador, Silabario, Colombia

El día que se le ocurrió evacuar su vientre en los pantalones sin justificación alguna, dejó en evidencia que el juicio se le había evaporado. Salió carcajeándose, mientras todos se apretaban la nariz para neutralizar el aire insoportable que invadió la sala.

Desde esa tarde el general no sólo siguió cagándose en los pantalones como si se tratara de cualquier rutina; también comía carne cruda, se masturbaba antes de la misa mayor en el atrio de la catedral, cortó en pedazos varios uniformes camuflados para sustituir el papel higiénico y pregonaba haber sorprendido a su mujer en ropa interior, confesándose con el obispo recién consagrado.

Cuando el estado mental del general tocó fondo, ni siquiera los corpulentos vigilantes del hospicio lo pudieron lidiar. Lo controlaban provisionalmente con poderosos medicamentos, disueltos en un viscoso zumo de uva, haciéndole creer que se trataba de sangre humana que empezó a requerir justamente el día en que uno de los sirvientes lo sorprendió, lanzando por la ventana las condecoraciones conferidas durante el tiempo de servicio.

Se despertaba por las mañanas imputando toda clase de escarnios contra su mamá, y censurando enérgicamente a su papá, porque también fue general, y no se le ocurrió apresar al presidente de la época para darse el lujo de colgar en el árbol genealógico el nombre del primer dictador de la familia. Duraba horas buscando las balas de la pistola para irse a matar a Gabriel García Márquez, por haber fustigado con tanta vehemencia la masacre de las bananeras en Cien años de soledad. El Lunes de Pascua mandó traer al escultor Emiro Garzón desde La Jagua. Le entregó su Mercedes-Benz recién adquirido, para que lo fundiera y tallara una efigie, en la que el Nobel de Paz colombiano, quedara inmortalizado, devorando viva una paloma blanca en la mitad de la plaza de Bolívar.

Nadie recuerda haber tenido noticia en el país sobre un general de la república, haciendo alarde con tanta gracia de su desmesurada demencia. Estuvo a punto de ser dado de baja por la policía cuando se dirigía a la sede de un colegio popular, con la intención de protagonizar un tiroteo. Su propósito era asesinar a la mayor cantidad de estudiantes de estrato bajo, con una nueve milímetros que le alquilaron con cinco proveedores repletos, los distribuidores del mercado negro de armas  en la capital. Una vez despojado de la pistola, fue conducido a su casa donde durmió 48 horas seguidas, gracias al letal sedante que debieron suministrarle a la fuerza.

Una mañana de lluvia y brisa, mientras aleteaban los fantasmas en su cerebro, al general, sin proponérselo, le pareció haberse encontrado con las ruinas invisibles de su conciencia. Enfrentó entonces una especie de desilusión porque ya estaba aprendiendo a convivir con su desvarío. De inmediato organizó viaje de urgencia a Dabeiba, población adscrita a la subregión occidental del departamento de Antioquia. Esa comarca se erigía en un haz de ilusiones para el alto oficial, sumido definitivamente en una extravagante atmósfera de enajenación.

Los preparativos del desplazamiento a Dabeiba alertaron a la familia, a los amigos, a los médicos y al psiquiatra del general. Se extremaron las medidas de vigilancia y control porque no era descartable una fuga o cualquier otro dislate, dada la ansiedad que se le notaba por realizar ese viaje. Les tocó deshacer su maleta en tres ocasiones, advirtiéndole sobre la inconveniencia originada por el fuerte invierno reportado en la zona, resultando imposible convencerlo. No dormía, no comía y, por momentos, se comportaba insoportable y hasta violento. Dabeiba se convirtió indiscutiblemente en su incorregible obsesión.

Durante los primeros días de verano, y antes de la Feria de las Flores en Medellín, un misterio se cernía sobre el paradero del atildado oficial. Lo buscaron primero en Dabeiba, después en Barranquilla, en La Guajira, el Valle y en los Llanos Orientales, donde había adquirido la mayoría de los bienes: casas, fincas, edificios, apartamentos y otras propiedades, fortuna que ni él ni su familia calculaban. Entró desde ese instante a engrosar, paradójicamente, la extensa lista de desaparecidos que él mismo contribuyó a perpetuar, desde que emprendió su exitosa carrera militar.

Buscaron sus huellas, la vestimenta de oficial que lucía el último día en que lo vieron dando vueltas en la sala; la pistola, el celular, la billetera, las joyas o su cuerpo. Un general con semejante impronta, tiene muchos amigos, pero los enemigos lo buscan desde que se acuesta hasta que se vuelve a quedar dormido. Por eso, después de ocho días desaparecido, lo más seguro era hallar su cadáver, pero lo encontraron en el cementerio del municipio de Dabeiba, fumándose un cigarro bocarriba sobre el mesón del ceremonial, hablándole a los muertos con una cordura inexplicable, pero evidente. El psiquiatra, sorprendido, promulgó enseguida el diagnóstico inesperado.

—Su cerebro funciona perfectamente, está más lúcido que nunca —corroboró el especialista dando rienda suelta a la certeza.

—Pero lleva ocho días sin tomarse una sola pastilla —refuta la esposa del militar incrédula.

El mismo general se encargó de ayudar a convencer a su mujer, sobre el enigma de su lucidez, besándola y explicando los alcances de la paz interior que no había sentido jamás en su tormentosa trayectoria militar.

—Tendrás que seguir bajo vigilancia médica, no creas que el cerebro es tan fácil de manipular como parece —volvió a rezongar la dama asediada por los estertores de la duda.

—No crea en mí, póngale lógica a lo que está viendo —filosofó el general, interesado en convencerla sobre su lucidez, abrazándola sonriente.

—Es decir, ¿estamos ante un prodigio? —averiguó la mujer, presa de las arremetidas de la incertidumbre.

La lucidez emergió como un milagro en cada gesto, cada palabra y hasta en los movimientos del oficial. Habló con claridad suficiente sobre los negocios, el ejército, sus hijos, la casa y los compromisos a corto y largo plazo, temas que no mencionaba desde la tarde en que se atascó en el pantano de la paranoia.

—¡Lo sanó Dabeiba!… Alguien le dijo que en este pueblo yace como amuleto su inaudita sensatez —razonó la mujer tras reconocer indecisa la cordura de su marido—. Entonces, ¿qué esperamos? Vamos a casa.

El psiquiatra miró al general buscando la respuesta en su cara, y en efecto, desentrañó una sonrisa abatida, pero demasiado reveladora.

—Mi general no puede salir de aquí —vaticinó el psiquiatra conmovido, como cuando se va a transmitir una noticia funesta.

—¿Cómo? —vuelve a inquirir la esposa del general, mirando las tumbas que rodean el mesón donde lo encontraron bocarriba hablándole a los difuntos.

—Señora, este espacio es más importante para mi general que cualquiera de los medicamentos que consume en casa para atacar su inoportuna demencia —vuelve a intervenir el psiquiatra.

—Inclúyame entre las brutas, si quiere, pero no entiendo nada, doctor —protesta otra vez la joven mujer, más atemorizada que molesta.

—No subestime su incredulidad, señora; de bruta no tiene nada, lo que ocurre es que esto no es nada fácil de entender —indica el doctor sin intención de mirarla nuevamente.

—¡Bueno, pero necesito entenderlo ya mismo! —Ruge molesta—. No más rodeos con este asunto. ¿Qué es lo que le pasa a mi marido, doctor?

—Sí, señora, le voy a explicar —anuncia el psiquiatra impaciente, mientras el general da la vuelta y camina en dirección de una fila de tumbas para no escuchar la prescripción del doctor y evadir la cara de asombro de su mujer.

—Este es uno de los cementerios más nuevos del país, señora —trata de contextualizar el psiquiatra.

—Me está dando razones para pensar que se burla usted de mí, doctor. ¿Qué tiene que ver un cementerio recién construido con el estado mental de mi marido? —inquiere, urgida de un argumento más convincente.

Mientras el general, al otro lado, lee epitafios al azar, el psiquiatra lucha para encontrar la frase exegética que menos dolor cause a la mujer.

—Este cementerio… este cementerio, señora, hubo que construirlo exclusivamente para sepultar las no sé cuántas víctimas de mi general… Pues ya no cabían en los camposantos del país —dice cabizbajo, mirando de soslayo al oficial.

—¿Quién iba a imaginar que las víctimas mortales de un general, reunidas en un solo lugar, restablecerían su cordura, y sustituirían la sabiduría de un psiquiatra? —cuestiona la mujer sin ningún interés en la respuesta, porque exhausta, se dispone a abandonar el cementerio, donde tiene claro que, únicamente hay espacio para su marido y sus muertos.