CUENTO
“Ibiza Oliveira”, un cuento de Fabio Martínez
17 · AGOSTO · 2026

Fotografía: Jorge Idárraga.
A Coco y Átala Lozano.
1
Ibiza Oliveira era una joven estudiante que trabajaba en un cine para completar el pago de su alquiler. El día que el público se comportaba amable, Ibiza disponía de algunas monedas de más para su gasto personal; pero esta amabilidad, muchas veces dibujada de sonrisas agrias y vacías, todavía no se había convertido en regla.
Ibiza Oliveira venía de un país tropical donde las mujeres al caminar se mueven como las palmeras. Su cabeza era un montón de selva de difícil acceso; su Conchita, por el contrario, era una playa despejada ideal para broncearse; pero así mismo inaccesible. Su oficio era fácil y sencillo de contar, pero como pocos en la vida, el oficio de Ibiza Oliveira tenía su misterio.
La casilla de los tiquetes estaba ubicada en el centro, a la derecha había un letrero que decía “Balcón” y a la izquierda había otro que decía “Platea”. Para ir a “Platea” había que descender unas escaleras. Este era el escenario de rutina de Ibiza. El público hacía la cola delante de la ventanilla, después de obtener el tiquete decidía si tomaba la derecha o prefería mejor bajar hasta “Platea”. El público venía siempre con la idea de alimentar sus sueños. Ibiza Oliveira esperaba a que el cliente decidiera su camino, y una vez elegido, lo guiaba como a un ciego hasta la sala oscura. Tenía lista siempre una lámpara de mano. En la penumbra, arropada bajo la luna que dejaba la linterna, Ibiza Oliveira les rompía el tiquete y los clientes a cambio de esto, le ponían una moneda en sus manos.
Era normal que el cliente al entregarle la moneda, aprovechara la oscuridad y le rozara sus manos que eran grandes; pero lo extraño es que Ibiza luego de recibirla, no aparecía en la ventanilla (donde otros clientes esperaban) sino después de un determinado tiempo. Poco importaba si el hombre fuera joven o no, pero Ibiz, que así le llamaban sus amigos, se tomaba su tiempo antes de subir a la ventanilla donde otros clientes aguardaban.
2
El hombre solía ir al cine todos los días del año. La única vez que no asistió, fue el día de su boda. Todos los asuntos de su vida los había organizado en función de que ninguno le estropeara esta actividad que se había convertido con los años en una maravillosa rutina. Sus funciones en el banco las había organizado todas en horas de la mañana. Si en algún momento un negocio se hacía inaplazable, aceptaba almorzar con el cliente, pero luego, después de las dos, la vida la tenía destinada al cine. Pasado el almuerzo, tomaba una ducha, se cambiaba de traje y salía rumbo al teatro con el periódico debajo del brazo.
Era un hombre más bien delgado. A veces, si se lo observaba de frente por un rato, daba la impresión de estar de perfil; por eso era mejor mirarlo siempre de lado para no equivocarse. Pero nadie sospechaba la pasión secreta que él tenía por el cine; ni sus colegas del banco que preferían el fútbol o en su defecto, el alcohol; ni su mujer que lo abandonó poniendo como señuelo aquella palabrita morbosa que une y purifica a los hombres: la fidelidad.
Antonio Montes, que así figuraba en la partida de matrimonio, llegaba puntual al teatro, hacía la cola y compraba el tiquete. A veces se sonreía con la señorita de la ventanilla, pero esto pasaba una o dos veces en el año. Luego, bajaba (desde que se dio cuenta que en el mundo había una cosa llamada cine. Montes -como le decían sus enemigos-, nunca abandonaría ese lugar) y esperaba a que Ibiza Oliveira se desembarazara de un cliente. Antonio Montes terminaría su día sentado en ese fondo oscuro, tratando de buscar algo que se le había perdido en el curso roto de sus días.
3
Ibiza Oliveira era la única que conocía su necesidad enfermiza por el cine. Pero a Ibiza no le importaba. Ella no estaba allí por los hombres, sino por las monedas; pero entre tantos clientes prolíficos, Ibiza tenía preferencias por ese hombre extraño. Apenas Antonio Montes pisaba las puertas del teatro, Ibiza empezaba a temblar. El único que se daba cuenta de sus temblores era el propio Montes. Pero nunca le dijo nada. Montes bajaba las escaleras y esperaba en el umbral de la puerta. Ella, atareada con otro cliente, lo veía calcado en la sombra y haciendo la que corría sin necesidad de correr, se le acercaba -a una distancia prudente- y le pedía el tiquete. Pero apenas el hombre le ponía el tiquete en sus manos, el temblor de antes ahora volvía a su cuerpo con más fuerza; era un temblor que lo invadía todo tornando la operación cada vez más difícil, pues ya no había luz en la sala, los reflectores habían botado su último chorro de luz en el vacío y la cinta comenzaba a rodar. Pasados cinco minutos, Ibiza subía e instalándose en un taburete se ponía a charlar con la taquillera. Su tema favorito eran los hombres. Es la misma cosa cuando los hombres se ponen a charlar entre ellos. La charla siempre se abría con la misma pregunta: “¿Cuánto te hiciste esta vez?”, e Ibiza empezaba a esponjarse y a ponerse deliciosa como una fruta de mar.
Adentro, la película contaba otro sueño. Diana, que así figuraba en el acta de nacimiento, e Ibiza oían desde afuera la película y se la aprendían de memoria. “Escucha, Diana, ya van a matar al tipo”, y al minuto exacto, sonaba un disparo roto y ensordecedor en la sala.
Cuando las mujeres se habían cansado de contar todo lo que se debían contar, empezaban a inventarse historias que jamás habían sucedido pero que podrían llegar a ser ciertas algún día; o se ponían a tejer esperando a que la película terminara y la gente saliera de aquel sueño. Diana e Ibiza escuchaban la música usada que anunciaba la escena final y se alistaban para la próxima función. El público desocupaba la sala, y subiendo a tientas las escaleras, buscaba afanosamente la luz del día que venía de perder. Todos, sin excepción, llevaban una cara de recién levantados.
4
El 8 de octubre, el público asistió al cine como de costumbre. Se pasaba una película de vaqueros donde el héroe es muerto por un descuido. Ibiza Oliveira tomó la lámpara en sus grandes manos y empezó a trabajar sin ganas. Subía, cogía una pareja, les iluminaba el recorrido, y a cambio de esto, recibía una moneda. Cuando subió por el último cliente, se asombró de ver la figura delgada de Montes que la esperaba al pie de la ventanilla. Montes no tenía por qué estar ese día en el teatro. Sin embargo, Ibiza no dijo nada. No tenía por qué decir algo. Ibiza prendió la luz de la lámpara y lo condujo hasta el hueco negro. Lo único anormal que vio fueron los guantes de cuero que llevaba puestos. Ibiza rompió el boleto y al entregárselo, Montes estrenó por primera vez sus guantes.
Diana se puso a hacer la contabilidad en la ventanilla. A los quince minutos de estar jugando con cifras ajenas, se dio cuenta que Ibiza aún no había subido. Diana no se preocupó. Terminó de sumar con los dedos y se puso a bostezar de tedio. A la media hora Ibiza Oliveira continuaba en “Platea”. “¿Por qué se queda a ver una película que ya sabe de memoria?”, pensó Diana y estiró sus finas piernas. Diana iba a pararse a descansar de estar sentada, cuando apareció Ibiza corriendo sin necesidad de correr. Traía el rostro aturdido. “¿Que te pasa?”, preguntó Diana, “Nada, dijo Ibiza, es la luz que me enceguece”, y sentándose en el taburete hizo como si tuviera un sucio en el ojo. Luego, se dedicaron a repetirse los cuentos que ya se habían contado y a tejer como madres solteras, hasta que sonó la música fatídica que volvió a hacer hablar a Diana. “Escucha Ibiza, ya van a matar al tipo”; y al minuto exacto sonó el disparo roto y ensordecedor en toda la sala.
5
La película terminó. El público empezó a salir por un costado mientras nueva gente esperaba haciendo cola para la siguiente función. Cuando Montes iba al cine, Ibiza solía pararse al pie de la puerta y pretextando un gesto de amabilidad con la gente, lo veía pasar por última vez hasta que el hombre que, además de su extremada delgadez, se le venía pronunciando la cabeza de manera grave, se perdía por una calle anónima y grisácea. Ibiza lo sabía cuando ella lo esperaba al pie de la puerta. Era una manera de decirle, “buenas noches, amor mío, espero que duermas bien y sueñes con los ángeles”; era, de cierta manera, un ritual simbólico para no perderlo.
Aquel día, Ibiza esperó como de costumbre al pie de la puerta, vio pasar mucha gente, pero Montes no se encontraba entre el público. Ella esperó hasta que saliera el último espectador con la esperanza de que “se hubiera rezagado en algún lugar y de un momento a otro, hiciera su aparición”, pero Montes no daba señales de vida. Ibiza no entendía nada, entonces cerró la puerta y empujando entre la gente que esperaba al otro lado, bajó a buscarlo a la sala.” ¿A dónde vas?”, le gritó Diana desde la ventanilla, pero ella no oyó nada.
Abajo, en la sala, lo buscó con sus grandes ojos pero la sala estaba desocupada, entró al baño de los hombres y no había nadie, entró al baño de las mujeres y allá sólo encontró a la aseadora que acostumbraba dormir sobre una de las tazas, entonces le preguntó por el hombre, y la aseadora no había visto ni sabía nada; pero apenas volvió a salir alcanzó a ver que sobre la pantalla pasaba algo. Muda, temblando de emoción, luchaba por comprender lo que estaba al frente de sus ojos, y no podía creerlo: Antonio Montes reflejado en el celuloide caminaba en cámara lenta, con su cabeza un tanto aplanada en la parte de atrás, y una estúpida sonrisa que se había hecho arreglar para ese día; ella iba a su lado, vestida de novia, con un ramillete de flores en sus manos y los ojos bañados en lágrimas.
Temblando de dolor, Ibiza quiso arrancarlo de su lado, pero el dolor que tenía por dentro era más agudo y punzante; ella misma se veía reflejada y no podía creerlo; el vestido de novia, los zapatos destalonados haciendo juego con el color de las flores, y los guantes. No podía creerlo, entonces, quiso correr, huir y avanzar hasta un lugar donde no pudiera verlo, ni sentirlo, donde no pudiera saber ni entender nada de su sonrisita estúpida -sobre todo de eso-, pero al mismo tiempo ella sabía que no podía hacerlo, que cualquier impulso de escapar era simplemente un esfuerzo inútil.
Ibiza Oliveira vivía atrapada desde hacía tiempos en la peligrosa red que le había tendido Antonio Montes, ese fanático del cine.
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Fabio Martínez. Cali, Colombia. Maestría en Estudios Iberoamericanos. Universidad de la Sorbona, Paris III. Doctorado en Semiología de la Universidad de Quebec, Montreal, Canadá (UQM). Es autor de más de veinte libros, entre los que se destacan : La búsqueda del paraíso, biografía de Jorge Isaacs (Planeta), Balboa, el polizón del Pacífico (Norma), Un habitante del séptimo cielo, El tumbao de Beethoven, Marea literaria del Pacífico, Los zapatos amarillos que viajaron hasta el cielo (Poemas), De Comala a Macondo, Narradores del Pacífico colombiano (Antología literaria), El escritor y la bailarina, La buhardilla iluminada, Los farallones azules, Marea de sombras, La gente pide para bailar tumba y bongó, Un gato ha entrado en mi sueño, El corazón del mar Pacífico, El viajero y la Memoria, ensayo sobre la literatura colombiana, y Perfume de cadmia (Grupo Editorial Sial Pigmalión), Los viajes de la música:Música y Poesía Afroamericana. (Ediciones El Silencio), y Paula de Eguiluz : la curandera de Cartagena de Indias (El Silencio). Primer Premio Internacional ‘Rubén Darío’, España, 2019. En la actualidad, es profesor distinguido de la Universidad del Valle y columnista de El Tiempo y El Diario de Madrid. Fue Mención Especial en la Beca ‘Ernesto Sábato’, 1987. Primer Premio de Ensayo Latinoamericano ‘René Uribe Ferrer’, 1999. Primer Premio ‘Jorge Isaacs’, 1999. Premio Escriduende al conjunto de su Obra, Madrid, 2018. Premio Internacional ‘Rubén Darío’ 2019, Valdefuentes, España. En la actualidad, es profesor distinguido de la Universidad del Valle, y columnista de El Tiempo y El Diario de Madrid.