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RESEÑA

Los tizones de Fernando, sobre la novela Tizones de viernes santo

30 · JULIO · 2026

Fernando Calderón España, Silabario

Por: Benhur Sánchez
Escritor Colombiano

Me impresionó regresar a “la década sombría” del pasado siglo, la marcada con el título de “La Violencia”, con la lectura de la novela “Tizones de Viernes Santo” (2021), del reconocido periodista Fernando Calderón España, una de las mejores voces de la radio, y a quien conozco hoy como escritor.

O, bueno, siempre lo ha sido, porque uno no es escritor de un momento a otro, sino cuando la vida o el destino le dan la oportunidad de desarrollarlo y demostrarlo, como acontece en cualquiera otra profesión. Y ser escritor es una profesión, aunque muchos duden que lo sea (oficio de vagos y bohemios, dicen por ahí). O les duela. También porque se dice, con razón, que un escritor no lo es sino hasta cuando da a conocer su trabajo, sobre todo a través de la publicación de sus libros, que vienen a ser como el bautizo de la persona para ejercer el oficio más importante hasta ahora conocido, el de guardián de la memoria del mundo. Y esta es la primera obra de ficción que nos da a conocer Fernando, el aclamado periodista y locutor, que nos revela con certeza que es escritor.

Su novela me trajo dos recuerdos de infancia y juventud. El primero tiene que ver con una leyenda campesina que, si no estoy mal de la memoria, se denominaba “La Candelaria”. Consistía en un fuego que aparecía los viernes santos en el horizonte, hacia las montañas, como una cruz de fuego que, a medida que avanzaba, desprendía sus brazos como llamaradas y, al continuar su traslado, volvía a unirlos de nuevo. Este unirse y separarse se repetía hasta el infinito. Se decía que era una mala madre, atormentada por ese cruel castigo, al que fuera condenada por abandonar a sus hijos por un hombre e irse a vivir con él, alejada de los preceptos y mandamientos de Dios. Era una imagen aterradora para nuestras mentes juveniles, pero que, a la postre, entendimos que solo eran enseñanzas de nuestros mayores para formar nuestro carácter y someter nuestra voluntad. Puedo jurar que vi “La Candelaria” cruzar por el frente de la casa, a lo lejos, hacia los potreros de Aguablanca. Para rematar, los viejos decían que solo la veían los pecadores y yo, niño aún, me sentía pecador, aunque nunca supe culpable de qué pecados.

El segundo recuerdo tiene que ver con la época de mi infancia, signada por la tragedia, el dolor, en otras palabras, por la violencia, que impresionó mi espíritu y fue el motor que me impulsó a desarrollar ese tema en mis primeras novelas. Hasta que me desocupé de esa herencia desgraciada, contada de mil maneras en cientos de libros y novelas que originaron una injustificada orden de olvido en las dirigencias y altos mandos del Estado. Sospecho que lo hacían porque no querían que los descubrieran como directores de esa orquesta en el infame concierto de la muerte.

La novela demuestra que ningún tema se agota, por más títulos que copen el tiempo de las remembranzas o venganzas, que muchas veces se han dado en la literatura porque no se dieron en la realidad. Realidad que pareciera no haber variado a través del tiempo. Es el asunto de la violencia que trajinamos tantos, signados por los hechos directos o sus secuelas, en el transcurso de este país de la barbarie a la civilización actual, vigente en todo un universo aún por contar y que, con su suma, conforma la historia nacional.

A muchos de nosotros nos estigmatizaron porque se adujo que era preferible no saberlo a mantener en la retina y en la memoria tantas escenas impresionantes, que herían la susceptibilidad de los culpables. Por eso no éramos ni siquiera escritores. Pero lo hicimos con altura literaria y hoy lo agradecen, vaya paradoja, porque ayudamos a conservar parte de ese legado que de otra forma hubiera hecho parte de la peste del olvido.

Cada escritor cuenta la porción de historia y de tiempo que le corresponde y, de esta manera, la memoria colectiva se preserva, se conserva en las múltiples aristas que surgen de tantas individualidades como escritores hay sobre nuestra tierra. Y ahí vamos.

Por eso resalto la novela de Fernando, porque es una obra valiente, soportada en esos tres ejes que han formado al colombiano en el tiempo que hemos sido república, dicen que libre, aunque yo lo dudo: el religioso, el político y el militar. Tridente superpuesto al problema social, verdadero origen de la violencia que ya parece una historia de nunca acabar porque es lo que menos se reconoce en lo que sabemos del arte de gobernar.

El abuelo Emigdio es quien reconstruye la historia. Para lograr su cometido, Fernando se apoya en el abuelo para desarrollar el drama de un hogar humilde formado por Pastor, el español; Lucía, la indígena; y Pastorcito, el mestizo, protagonistas muy bien caracterizados a lo largo del libro. Y la historia de un pueblo que crece y se desarrolla en medio de profundas contradicciones. Emigdio le cuenta la historia en principio a su familia, sus hijos, sus nietos, sus sobrinos, etc., pero dispuesto a contársela a quien quiera escucharlo. De esta manera, el autor extrapola el relato y compromete al lector, que así sabe que hay que difundir esas enseñanzas porque la historia no debe ser olvidada nunca.

Su forma de narrar es clara y llana, al mejor estilo de los grandes maestros de la literatura, que dejan fluir la historia sin cortapisas y le permiten al lector identificarse con él. Esta cercanía lograda por la simplicidad aparente de los hechos es una de las grandes virtudes de “Tizones de Viernes Santo”. Con Fernando no hay artificios en la estructura de la novela. En ella se superponen narraciones cortas a través de las cuales el lector queda atrapado en la historia y avanza jalonado por la agilidad del relato, que cautiva en la medida en que el lector entra al juego que le ha propuesto el autor: sentar las bases para descubrir la verdad.

Las largas disquisiciones sobre política o economía o realidad social, con las que el abuelo trata de justificar los episodios enlazados con otros en los 33 segmentos en que se divide la novela, a veces retardan el poder de la acción, que el lector necesita solucionar a través de la narración. Pero los 33 capítulos, curiosamente la edad de Jesucristo al morir, logran articular el cuento de la familia y el pueblo de una manera armónica y total.

La novela es deliciosa de leer, no solo por el lenguaje, llano y sin pretensiones librescas ni intelectuales, sino porque la obra de Fernando recoge un pasado que es común a casi todos los colombianos, esos sucesos que nos formaron y esos paisajes que constituyeron la infancia en la que muchos se quedaron y en la que otros surgieron a la luz con sus ejecutorias.

Y otros fuimos condenados a recordar y narrar para que los colombianos y el mundo comprendan quiénes y cómo somos y de dónde provenimos para estar ahora inmersos en este vertiginoso transcurrir del siglo XXI, tan contradictorio, pero, al mismo tiempo, digno de vivir.

Y sobre todo con escritores que, como Fernando o como yo, le cumplimos a la vida con nuestro oficio de escribir.