APUNTE
Luna de ayer, un cuento de Darío Ruiz Gómez
31 · JULIO · 2026

Pensó que hubiera querido, para esos momentos, haber adquirido el vicio de fumar. Ya que no sabía qué hacer con las manos, los dedos parecían querer escapar y flotar libremente; únicamente el tronco parecía asentado con firmeza sobre el asiento, la panza, las piernas entumecidas. La cabeza alborotada, no exactamente de pensamientos, sino de un oscilante vacío que aparecía saturado en sus bordes por una larga fatiga: los flujos incontrolables de la sangre temerosa, ascendiendo hacia las paredes del cráneo, intentando escapar de aquella cavidad opresiva.
Pero era una confusión de sentimientos la que le causaba aquella perturbación que, calculadamente, se había ido infiltrando en su ánimo en el deseo de llegar a contestarse el por qué estaba sentado en aquel lugar y qué había venido a hacer allí, no perplejo, sino perdido de pronto: sin respuestas claras, se desconcertaba aún más y se sentía como un adolescente en su primera cita amorosa. Hasta cuando recordó con precisión la inolvidable figura de la mujer, alta, soberbia, la fulgurante mata de pelo ondulado y de un color miel, el agraciado porte, el bolero que tocaba la orquesta y que se envolvió para siempre en sus recuerdos del porvenir. “Quiero escaparme con la vieja luna en el momento en que la noche es nuestra”. Él había sido invitado a una fiesta por un compañero de trabajo en la oficina, quien no lo había puesto en antecedentes sobre los propietarios de la finca a donde acudieron. Cerca del piano y a pesar del barullo reinante, alcanzó a verla, y, de inmediato pudo reconocer en su ánimo un inusitado sentimiento de amor que jamás había sentido y que jamás volvería a sentir en su vida ya que nunca imaginó que este tipo de mujer – idealizado por los mejores boleros— pudiera darse en la ciudad, tal como lo estaban constatando sus ojos, una mujer tan irreal, que, si había cobrado vida ante su excitada imaginación, era debido a algo que se hacía obvio ante aquel palacio: el gran poder económico que le permitió sobrepasar a ella la realidad y convertirse en eterna imagen de la ilusión para alguien que como él nunca había existido para el mundo y mucho menos para el sentimiento de la mujer soñada.
Fue solamente un flash de miradas correspondidas, de guirnaldas de flores invisibles flotando entre las melodías, de señas rápidas que no lograran ser descubiertas por los guardaespaldas. Con lo cual se dieron las condiciones necesarias para que ella se convirtiera, a partir de ese momento, en el esperado gran amor de su vida: lo debió reconocer, ya que era un amor que nunca se podría consumir en el tedio o el aburrimiento, y que, con el transcurrir de los años, no condenaría al envejecimiento prematuro, propio de las mujeres que, desde el punto de vista económico, cuentan con todo, pero, languidecen en sus habitaciones, ya que no llegan a conocer el verdadero amor con sus adioses y melancolías, a través de las cuales el corazón se renueva, permitiendo que el cuerpo se preserve en el inmodificable reclamo del anhelo. Además, ¿dónde podrían justificarse en un amor platónico los mares plateados y las lunas solitarias que, como enumeraba la letra del bolero, se convierten en únicos cómplices de los enamorados, en el argumento para hacerse inmortales?
La modestia de su condición social le permitió navegar en ese amor sin temor alguno de ser descubierto, ya que los jefes de las bandas criminales se habían refugiado en sus mansiones en las afueras de la ciudad y solamente en las calles sonaban las balas para recordar que eran actores determinantes de la nueva vida urbana. Su vocación innata para la virtud de la modestia le permitió camuflar sus dificultades económicas entre la pobreza de las gentes de la calle donde vivía. Idealizar aquella mujer, fue vestirla con la pedrería de las protagonistas cinematográficas de un verdadero folletín amoroso: un lirio solitario que resplandecía entre las sombras de las películas de antaño, como las inconstantes mujeres que atraviesan la letra y música de los grandes boleros entre los escombros de los sentimientos acumulados sobre cada esquina de esta ciudad. Idealizarla, en este sentido, supuso, entonces, identificar geográficamente el lugar donde su carcelero la mantenía confinada, alcanzar a ver desde la lejanía las altas torres de aquel castillo, protegido tenazmente por los despeñaderos, hundido en la niebla de sus pesadillas: “Ella es quien sabe dónde está mi amor, ella sabe cómo la perdí, vieja luna que en la noche va”
“El señor Alberto Ramírez es requerido en Información”, se escuchó por los parlantes del Centro Comercial. Se levantó. Con la mirada la empleada le indicó que quien lo había requerido era la señora que durante un largo rato había permanecido sentada en frente de suyo y que, antes de desaparecer entre el gentío, levantó la mano y le hizo un saludo. O, ingenuamente, creyó que era a él —un ser que vivía refugiado en el reino de las ilusiones de donde nunca se regresa— a quien había saludado cuando era otra persona de quien se había despedido. Cuando volvió a mirar, ya la mujer había desaparecido, una mujer, pensó, que ha languidecido por ausencia de la brisa marina en su rostro, por el brillo de la luna sobre el espejo del mar y que debe vivir de los amores platónicos, una mujer que desconoció la frágil risa de la timidez y es hoy una dama adulta, ligeramente encorvada, pero que conserva su talante de heroína inolvidable a pesar de vivir entre pesadas obligaciones. Por eso sintió que nada realmente había sucedido y que el encuentro que no fue había sido, en realidad, un malentendido creado por la resignación de años de espera de aquella heroína surgida de un bolero cantado por Leo Marini. Y, seguramente, visto él desde la perspectiva de los ojos de la dama a quien había respondido el saludo por un simple gesto reflejo, sería para aquella desconocida uno de esos jubilados que suele acudir a lugares públicos para darse la ilusión de que aún tiene amigos y termina saludando a todo aquel a quien encuentra a su paso, mientras que, su único amor en la vida permanecerá para siempre prisionera en un remoto palacio, custodiada celosamente por su carcelero.