← VOLVER

APUNTE

Luque sí cumplió, un cuento de Orlando Mejía Rivera

07 · AGOSTO · 2026

Orlando mejia–rivera–Silabario

Ni siquiera los tontos nos dejamos engañar por ellos. ¿Qué se creyeron? ¿Que yo iba a sapiar de una a Luque, cuando demostró, a pesar de todo, que fue un buen compa y que cumplió sus promesas? “Los hechos son tozudos”, dice mi mamá cuando ve llegar al viejo horrible de mi papá borracho otra vez, a pesar de que jura que solo se tomó una cerveza. Eso, los hechos son tozudos, así no sepa bien qué quiere decir “tozudos”. Porque eso sí, puede que yo no entienda muchas palabras que repiten por ahí y estoy acostumbrado a que me digan “tontarrón”, “bobo”, “idiota” y otras palabrotas, pero no olvido nada. Ni lo que oigo, ni lo que veo, ni la cara o el caminado de ninguno.

Freddy siempre fue mi mejor amigo desde que nos conocimos en ese colegio nuevo que se fundó en el barrio hace dos años y que nuestras mamás llamaban “el especial”. Él tenía dieciocho años y yo veinte. Allá los maestros nos enseñaban manualidades, plomería, a jugar fútbol y no nos molestaban porque nunca pudimos aprender a leer de corrido o a hacer esas divisiones de matemáticas, pero sumando y restando ambos éramos muy buenos. Freddy era un bacán y, si no abría la boca, nadie se daba cuenta de que era tonto. Alto, moreno, fornido, fijaba la mirada en cualquiera que hablara y parecía estar muy atento a sus palabras, pero de pronto soltaba una carcajada que se oía a dos cuadras y era capaz de reírse por media hora seguida, hasta hacer llorar a todos. Vivía obsesionado con las mujeres y con los aviones. En el colegio todas las compañeras habían sido sus novias y sabía cuándo debía hablarles y acariciarles el pelo y jugar al beso robado, así no estuviéramos en época de aguinaldos. Eso sí, los hechos son tozudos y Freddy las conocía como la palma de su mano, mientras yo nunca he podido gustarle a ninguna y huyen de mí como si fuera el fantasma de la “patasola” de la historia que mi abuela Pacha nos contaba de niños dizque para hacernos dormir.

Luque nos abordó ese viernes por la tarde cuando íbamos para la cancha de fútbol del barrio a tirarnos juntos bocarriba en el pasto y ver pasar los aviones que entraban y salían del aeropuerto. Ese era nuestro programa semanal. Freddy reconocía si era un jet o un “aerobús” o esas avionetas rápidas y pequeñas que se usaban para la fumigación. Pero cuando pasaban, de vez en cuando, esos supersónicos de guerra, él se emocionaba y se paraba y corría por el pasto y se reía y movía los brazos como si él fuera otro avión supersónico y luego, jadeante, se tiraba de nuevo al suelo y me decía que su sueño era ser piloto de esos aviones verdes que cruzaban las nubes más rápido que cualquier otro avión y podían hacer cabriolas en el aire como los choferes de las busetas en las calles del barrio. Tampoco sé lo que quiere decir “supersónico”, pero era la palabra que Freddy repetía con más alegría y emoción.

Cuando Luque nos habló, Freddy le contó que íbamos a ver los aviones y entonces él dijo que nos acompañaba. A Luque no lo habíamos visto nunca en el barrio. Tendría unos treinta años y hablaba muy rápido, arrastrando las palabras y comiéndose las vocales, en especial la A y la O. Desde el principio nos dijo “cccpssss” y luego descubrimos que lo que decía era “compas”. Luque fue un bacán con nosotros. Nos dijo que no tenía compas en el barrio porque hacía poco había llegado de Cúcuta a vivir a Bogotá y que nos había visto y le caíamos muy bien. Nos comentó que era vendedor de aspiradoras y neveras. Ese mismo día nos invitó a la lechonería de don Joaquín y nos atragantamos de tajadas de plátano frito y pedazos de chicharrón de marrano mono. Eso sí, los hechos son tozudos y es cierto que el apetito de los bobos es imposible de calmar. Cada uno de nosotros se tragó tres platos, mientras Luque apenas se comió la mitad del suyo. En fin, desde ese día nos volvimos grandes amigos y le cumplimos a Luque la promesa de que no le contaríamos a nuestras mamás ni a nadie de la amistad de compas verdaderos entre nosotros tres.

El siguiente viernes Luque nos estaba esperando a la entrada de la cancha al lado de un taxi con el motor prendido y nos dijo que nos tenía una gran sorpresa. Freddy intentó decir que primero quería ver los aviones, pero Luque le dijo que ese era el regalo de compa que le tenía. Nos montamos en el taxi y nos llevaron al aeropuerto El Dorado. Ni Freddy ni yo lo conocíamos, pero la emoción de Freddy nunca se me olvidará. Lloraba de la felicidad, se cogía la cara con las dos manos y cuando subimos a la zona donde se veían los aviones muy cerca, él se puso más alegre que nunca y los ojos le brillaron más que cuando les robaba los besos a las compañeras del colegio. Hasta la noche estuvimos ahí y Freddy nunca se cansó de ver despegar y aterrizar los aviones. Cuando volvimos al barrio, Freddy se despidió de Luque alzándolo del suelo y abrazándolo con esas manos gigantescas y morenas que tenía, mientras seguía llorando de la dicha. Jamás lo había visto tan contento y emocionado.

El viernes siguiente, luego de ver los aviones desde la cancha, Luque nos invitó a la pescadería del barrio y, mientras nos atragantábamos de ceviche con galletas Noel y jugo de mango en leche, nos dijo que tenía un secreto para decirnos. Miró a Freddy, y muy poco a mí, cuando susurró: “Compas, les voy a decir quién soy en realidad. Mi trabajo es conseguir jóvenes con ganas y con berraquera, hombres de verdad que amen los aviones y se quieran hacer pilotos y copilotos de guerra”. Eso sí, los hechos son tozudos y yo no me creí en ese momento que Luque fuera lo que decía ser, pero al ver el rostro de Freddy, convertido en una bola de felicidad total, mientras le decía gagueando a Luque, entre risas nerviosas, que él lo sospechaba, que él lo había adivinado y que desde chiquito sabía que sería piloto de un avión supersónico, yo dejé a un lado la incredulidad (que mi mamá me explicó que quiere decir falta de fe en Dios o en ella) y decidí creerle todo a Luque y vea, pues, que los hechos tozudos me dieron la razón y Luque si era lo que dijo ser. Pero no me voy a adelantar. Quedamos de vernos el siguiente lunes a las siete de la mañana en la misma cancha de fútbol. Debíamos llevar la cédula, la ropa que lleváramos puesta, ojalá unas botas en lugar de zapatos, y que no le fuéramos a decir nada a nadie y mucho menos despedirnos de nuestras mamás, pues nos tiraríamos la sorpresa cuando les mandáramos una foto abrazados y vestidos de pilotos del supersónico, aunque a mí me dijo Luque que el piloto iba a ser Freddy y yo sería su copiloto. Pero los hechos son tozudos y juro que es verdad que a la medianoche de ese domingo me empezaron esos malditos retorcijones de barriga y me cogió una diarrea tan abundante y frecuente que parecía que me hubiera bogado todas las cañerías del río Bogotá y me dieron las ocho y media acurrucado en el inodoro, llorando de dolor y de rabia por no haber podido volarme con Luque y mi compa Freddy.

Al otro día, por la noche, llegó mi mamá con la mamá de Freddy, y se le veía nerviosa y que había llorado mucho. Me preguntaron por él y les dije que desde el viernes no lo veía y les negué que hubiéramos conversado con algún desconocido y cuando mi mamá, retorciéndome la oreja derecha, me dijo que no fuera mentiroso, que doña Marta nos había visto ese viernes en la pescadería con un hombre extraño, yo lo negué y seguí negándolo hasta hoy, pues eso sí, los hechos son tozudos y no hay nadie más terco que un bobo como yo cuando no quiere soltar prenda ni abrir la boca. Lo mismo hice con ellos, con esos investigadores de la inspección, que me molestaron tantos días, diciéndome que tenía que contar lo que había pasado y que Freddy estaba desaparecido. Pero nunca quise hablarles nada y también a ellos les negué, y les negué, y les negué todo, hasta que me hacían llorar y berreaba más duro a propósito, buscando que se les reventaran los oídos y me dejaran tranquilo de una vez por todas.

Las cosas se calmaron y durante una semana entera no vinieron a joderme, pero mi mamá me miraba con furia y otras veces con tristeza, y la mamá de Freddy no volvió a la casa y yo tampoco regresé a la cancha de fútbol los viernes por la tarde, porque el sueño de los aviones era de Freddy y no mío, y además mi mamá no quiso volverme a dejar solo y me llevaba y me recogía del colegio, y me la pasaba en mi cuarto pensando que Freddy ya estaría aprendiendo a volar en un avión y algún día pasaría en su supersónico sobre los techos de nuestro barrio y gritaría desde las nubes: “Compa, John Alexander, asómese a la ventana, que soy yo”.

Hasta que tres días después lo volví a ver. Lo estaban mostrando en la televisión, acostado a los pies de un comandante del Ejército, y se veía pálido porque estaba muerto, pero en la cara, yo que lo conocí tan bien, se le veía la huella de la felicidad y de los sueños cumplidos, pues ahí contó el señor militar que él, cuyo nombre completo era Freddy Alonso Chacón, vestido de camuflado verde, “había sido dado de baja en combate por ser el miembro de un grupo subversivo”. Los hechos son tozudos, pero ahí estaba la prueba de que Luque sí se lo llevó para ser aviador y que, a pesar de que está muerto ahora, debió morir feliz, porque estoy seguro de que cuando cerró esos ojos grandes y negros, sintió con orgullo su uniforme nuevo de piloto de guerra pegado a la piel y el que haya podido ser, aunque solo fuera por unos días, un miembro subversivo dado de baja. Entre otras, no sé qué son “subversivo” y “dado de baja”, pero los hechos son tozudos y Luque sí cumplió y en esta boca de bobo mía no entrarán moscas, porque seguiré callado hasta que San Juan agache el dedo, como dice mi mamá cuando le grita a mi papá que ella no le cree que algún día dejará de ser el borracho y mantenido que ha sido siempre.