CUENTO
“Remember Chapinero”, un cuento de Eduardo García Aguilar
15 · AGOSTO · 2026

Fotografía: Frida García Tagle Lamoyi
A Sonia Truque.
Sonaba de repente por ahí la vieja melodía de mi tierna y preferida Carole King: “It’s Too Late, Baby”, y su sensual, triste canción me conducía a los años de niñez y adolescencia en Bogotá, cuando pegado al radio, en la soledad de una casa de tíos y tías locas, en Chapinero, imploraba por saber algo de mi madre. La búsqueda inútil de esa mujer alejó de mí las zonas ocultas de la niñez y la infancia aferradas a esa ciudad fría y lluviosa, a 2.700 sobre el nivel del mar.
Ya para entonces la gente se protegía allá de los ladrones por medio de fuertes chapas y el terror reinaba en las calles, invadidas por asaltantes, carteristas, cuchilleros, pistoleros, todos ellos expelidos por el hambre desde los barrios pobres o el campo de la Violencia. Entonces, como ahora, allá dominaba sobre la amplia población una oligarquía seudoaristocrática y mezquina, ególatra, lo que a la larga provocó el reino paralelo de criminales y marginados. Masacres, guerra civil, guerrilleros muertos, manifestaciones, estado de sitio, tortura, militares, balaceras de esmeralderos, presidentes autoritarios; tal era el panorama en tiempos de mi adolescencia, la noticia diaria en los periódicos.
Algo parecido empezaba a manifestarse desde hacía tiempo en las calles de las ciudades europeas y Londres, donde vivo ahora al parecer para siempre. De noche, por casi todas partes, arrecian los asaltantes tipo Naranja mecánica o Blade runner, pero el terror asfixiante de mi ciudad, la lejana y andina Bogotá, se aparecía de repente para asustarme donde estuviera, aunque también me recibía donde llegaba, con sus vertientes locales de miedo esencial.
Sólo me acompañó en aquellos lejanos años de Bogotá el violoncello que me trajo mi papá de uno de sus viajes a París. Allí lo compró en la rue de Rome, en la laudería de Sabatier y me lo obsequió en la navidad de mis siete años. No sé por qué ni cuándo ni cómo terminé en clases de tal instrumento ni cómo llegué después de algunos años a arrancarle melodías, sin la brillantez de una promesa ni la torpeza de un mediocre alumno, pero al menos con el entusiasmo solitario del niño perdido que fui en la casona de Chapinero, entre familiares alienados, inútiles, encerrados en sus enormes cuartos al cuidado de sumisas sirvientas. Tocaba esas cuerdas de llanto, intensas, de una verdad abrumadora, me regodeaba en sus largos gritos, gemidos, ronquidos, las hacía chillar por las escaleras, los cuartos, volar hacia el patio, detenerse en el zarzo, golpear las puertas, mover las lámparas de cristal de Murano.
—Martín —gritaba la tía Beba desde el segundo piso, interrumpiéndome—. ¿Has visto la sombra? Ahí va, se pierde, camina hacia la puerta, está a punto de tocarte, es una sombra.
¡Una sombra! ¡El espectro! ¡El fantasma!
—Martincito —exclamaba el tío Alirio—. Va a volver. Tiene que volver. Es el caballero de la mesa redonda, el portador del Santo Grial.
Y alzaba sus ojos perdidos hacia los vitrales sacros de las escalinatas de caracol, convirtiendo los aullidos de los perros en aullidos de lobos, coyotes, las paredes de esa casa de hace 40 años en muros de castillo nórdico.
Yo respondía aterrorizado con gritos a sus miradas azules perdidas en la inmensidad del vestíbulo y corría hacia el patio a esconderme en las casas de madera que construía, solo, en los rincones, junto a los magnolios y las enredaderas alimentadas por la lluvia incesante. Nubes, nubes, frío, llovizna, vientos helados, atardeceres luminosos en espera de que papá, mi único refugio, llegara de sus viajes a la selva, al Amazonas, al Chocó, a los Llanos. Y entonces, cuando no era Beba, surgía Alirio o la abuela, o Numa Pompilio, o Santiago Apuleyo, seres desquiciados, perdidos, gordos, chiflados. Numa Pompilio era, sin embargo, el más amable y vivía rodeado de libros, dedicado a leer sin cesar las obras de los clásicos y a recitarlas de memoria en los corredores ante el público familiar, trajeado siempre con su levantador violeta amarrado con la correa deshilachada, en pantuflas, sin bañarse, despeinado como Beethoven, Einstein, Groucho Marx.
Llegaba entonces papá y se me abría el cielo. El viejo Chrysler verde se estacionaba frente a la puerta, las sirvientas entraban con las maletas, la sala se llenaba de regalos, cajas de libros, juguetes, ropa, vino, desperdigados sobre la alfombra, mientras, ebrios de alegría, la abuela, las tías, los tíos de atar, preguntaban al viajero por sus andanzas.
Ésta es la hora en que aún no sé quién era mi papá, el alto, fornido, severo, callado, refinado geógrafo y geólogo Pericles Vásquez, que esposó a mi bella y libertina madre Tatiana Manzur. Tal vez me engendró y luego ofició de padre con obstinación, en silencio o entre el bullicio de los viajes por el mundo. Sólo algo es cierto: su homosexualidad declarada públicamente en la viudez y sus tortuosos amores con jóvenes proletarios, uno de los cuales lo acuchilló antes de que yo me fuera de ese infierno para siempre a vivir a Europa.
Ocurrió en un bar de mala muerte donde se escuchaba música de arrabal y al parecer tras agria discusión en la que mi progenitor se negó a darle dinero y le dijo que le importaba un comino que lo chantajeara con la amenaza de decírselo a todo el mundo e irrumpir en la Universidad Nacional para denunciarlo ante sus colegas y alumnos y gritar al mundo: “Sí, soy el amante del profesor Vásquez”.
No hubo tiempo de protegerlo, dijeron los dueños del antro, porque el muchacho sacó el cuchillo y le dijo, “tome, viejo marica, tome, para que aprenda”. Murió poco después en un hospital y la noticia salió a ocho columnas en periódico sensacionalista El Espacio y ocupó espacios modestos en otros diarios, debido a que todos siempre reconocieron sus méritos como geógrafo y hombre de letras.
El entierro en el Cementerio Central recogió a sus colegas y alumnos, que lo adoraban desde hacía varias generaciones y no olvidaban los viajes que encabezaba a zonas atractivas del país como la sierra de la Macarena, Leticia, Amazonas, Guatavita, Sierra Nevada de Santa Marta y Chocó, entre otros muchos lugares. Vestía traje, sombrero y botas de Safari y partía al volante de un jeep Willys con sus alumnos preferidos precediendo la caravana. En el terreno sus clases revelaban los secretos de la tierra, la riqueza del subsuelo del país y entusiasmaban por su veneración a los viajeros del siglo XIX, vulcanólogos, geógrafos, cartógrafos, botánicos, dibujantes alemanes, italianos o franceses y sus colaboradores locales. Cada una de sus clases constituía un viaje al país de otros tiempos, a la gesta de los colonizadores, al surgimiento de los primeros caminos de arriería, la fundación de los primeros pueblos, la vida prehispánica de tribus combativas dispuestas a morir antes que dejarse vencer por los invasores blancos, la epopeya de los libertadores bolivarianos en su paso por cumbres nevadas y valles ardientes, la explosión de los volcanes, el cambio de los lechos fluviales, la magnificencia del Magdalena, la fuerza incontrolable del Atrato, el feraz intríngulis de los afluentes del Orinoco y el Amazonas.
Después de las palabras del rector de la Universidad Nacional y las oraciones del capellán, los sepultureros se pusieron manos a la obra e introdujeron el ataúd con lentitud exasperante. Caía una llovizna pertinaz, la ciudad toda estaba cubierta por nubarrones densos y negros mientras el frío arreciaba con los vientos helados del norte. La Bogotá típica de mi infancia, cada vez más fría, desolada; la Bogotá que sin duda vieron el fundador Gonzalo Jiménez de Quesada y el poeta José Asunción Silva, enterrados ambos no lejos del lugar donde quedó para siempre mi padre, al lado de la calzada de los hombres ilustres.
Beba lloraba a cántaros y se ahogaba en su delirio, trajeada de negro, con un manto aún más negro que su abrigo; Numa Pompilio miraba a la lejanía, enfundado en su traje de tres piezas; Alirio fumaba ajeno al asunto a causa de las botellas de valeriana ingeridas durante el velorio, Santiago Apuleyo eructaba y se rascaba los barros y la panza junto a la tumba de Jiménez de Quesada. Al final, la abuela tiró las flores y el puñado de tierra al hueco y en pocos minutos sólo restaba del ajetreo una lápida de mármol con el nombre del malogrado hombre. El cortejo se dispersó rápido y en un abrir y cerrar de ojos se hizo cada vez más oscuro y llegó la noche anticipada en medio de aguaceros, rayos y truenos desesperados que inundaron las calles, hicieron pantano de callejuelas, todo aquello dominado por la basura nunca recogida y el caos vial atosigante de la ciudad.
El asesino de mi padre fue capturado y remitido a las autoridades, pero pronto salió libre y nunca más se supo de él. Por mi lado, en el sepelio comprendí por primera vez que cuando se entierra la última referencia paterna, huye de uno el niño y la orfandad total llega con todas sus galas. No valían los consuelos de mi novia de entonces, la pequeñita pero explosiva izquierdista Gaitana Malherbe, cuyos besos e insaciables deseos de hacer el amor no lograron sacarme de la desolación, ni siquiera cuando intentó excitarme detrás de la tumba del poeta nacional José Asunción Silva. Ahí tomé la decisión de partir de Colombia para nunca más volver e iniciar mi camino de apátrida, judío errante: se vuelve siempre al país donde ya no quedan más que las ruinas de una familia que nunca existió, poblada de tarados, gordos grasosos, con los ojos perdidos de la demencia, entre el fin de una saga, la de los Vásquez Aránzazu. Papá conoció a mamá en uno de los Carnavales de Barranquilla. Se enamoraron a primera vista y se casaron a los dos meses de noviazgo. Papá pasaba una temporada en esa ciudad, a la cabeza de una comisión encargada de estudiar las Bocas de Ceniza y realizar planes para el dragado del río Magdalena, que desemboca cerca de allí con todo su esplendor. Tatiana mi madre fue aspirante a la corona de bella del carnaval y se le consideraba demasiado vivaz e irreverente, por lo que se dice perdió el cetro a causa de su frescura sexual y porque se la consideraba entonces vulgar y propensa “a ser ligera de cascos”. La boda fue en esa ciudad caliente y moderna que miraba hacia Estados Unidos y se diferenciaba en muchos aspectos de las del interior del país.
Las fotos iniciales los muestran felices, en esa engolada juventud de otros tiempos; ella, delgadísima, sensual, con sus largas piernas y sus labios pintados; él con su cabello engominado y vestido de safari permanente. Pronto, cuando volvieron a Bogotá, vinieron los problemas, pues la bella causó celos indios en el joven geógrafo hasta niveles insospechados y se enlazaban en riñas permanentes, algunas de ellas con violencia, según me contó el tío Numa Pompilio, el único lúcido aún para traer desde el túnel del tiempo los recuerdos. Después, en sucesión vertiginosa, ocurrieron mi nacimiento, la huida de mamá a España con un publicista, los asuntos relacionados con un divorcio imposible y al final la tragedia, el silencio y mi camino hacia la soledad en esa casa demencial de Chapinero, donde crecí como hermano menor de los tíos chiflados e hijo desdeñado por un padre que dio el vuelco y se declaró homosexual irredento, hasta el día que lo acuchillaron.
Lo mejor de esos tiempos fueron los largos viajes que tuve con él por lugares exóticos del mundo. Me llevó al Amazonas e hicimos un viaje por barco hasta Manaos y la desembocadura del río por Belem do Pará, en una expedición encargada de fotografiar los meandros del delta con su vegetación y fauna y estudiar las condiciones climatológicas de la cuenca. Otra vez fuimos a las alturas del Machu Pichu y el lago Titicaca. Después cruzamos el mar hasta Egipto y recorrimos el Nilo de punta a punta y en el último viaje nos aventuramos hasta la India, donde estuvimos más de cuatro m eses recorriendo el país con el más fiel amante de mi padre, un cronista tierno, ecuánime, de vestimenta estrafalaria y gestos muy afeminados, que se hizo mi amigo y niñero a lo largo de las excitantes odiseas.
—No sabes cuánto extrañaré a tu papá. Fueron tantos años de amor, para que ese cuchillero se lo llevara en un abrir y cerrar de ojos. ¡Yo se lo decía, mucho cuidado con ésos! ¡Pero no me hizo caso y vean las consecuencias! —me dijo a la salida del cementerio esa tarde lluviosa, cuando me llevó a tomar jugo de guanábana a La Romana.
Huimos ambos de las terribles escenas posteriores a las exequias, pues Beba entró en un ataque terrible, volteó los ojos, se tomó cuarenta pastillas y pateó las tumbas de Gonzalo Jiménez de Quesada, José Asunción Silva y varios expresidentes, hizo saltar pantano y ensució en la furia los trajes de los voluntarios que intentaban asirla en ese terremoto de rebeldía frente al destino. Alirio, Santiago Apuleyo y Numa Pompilio trataron de consolar a la abuela, no menos afectada, mientras el aguacero arreciaba y se desperdigaban por la Avenida 26 los vehículos y más nubes negras tapaban la visibilidad y daban a la dispersión aires de una tragedia siberiana.
—Después de que la loca de tu madre lo dejara, tu padre pasó unos meses solitario hasta que me encontró una vez en el Instituto Agustín Codazzi y nos hicimos amigos. Alegró mi vida con sus ocurrencias y datos, noticias, informaciones, planes, hasta entonces un salterio de días dedicados a lecturas de anacoreta. No sabes cómo eran aquellos años, lo difícil que era llevar un amor así, cómo había que vivir clandestino, enviándose mensajes en miradas furtivas e incluso teniendo novia para que nadie sospechara —dijo el hombre, vestido ese día con elegancia londinense.
—Lo cierto es que no lo conocí mucho. Hablábamos poco, Pablo —le dije al novio de mi finado papá, mientras él tomaba a sorbos el Martini.
—Pero te adoraba. Te adoraba. No era un hombre ducho en lides paternas y sufría mucho con su condición. Vivía angustias terribles por lo que tú pudieras pensar de él. Siempre hubiera deseado tener la libertad, el temperamento para abrir su corazón ante ti. No lo juzgues. Tú estabas en el centro de su corazón y hace unos días, antes de que empezara a salir con ese cuchillero, me encargó que, si algún día se iba, yo te ayudara en lo que fuera. Y así fue. Pablo Lozano organizó lo de mi viaje. Me dio direcciones, contactos y durante unos años, con puntualidad absoluta me giró dinero para mis andanzas por España, Londres, Berlín, París y en especial Roma, donde estuve la mayor parte del tiempo tratando de encontrar un rumbo que nunca hallé. Sólo su muerte paró esa generosa contribución a mis ineptitudes.
Y entonces lo recuerdo en sus cartas paternales contando su desolación en Bogotá, la rutina de sus artículos para Lecturas Dominicales de El Tiempo en los tiempos de Eduardo Mendoza Varela, los chismes de la sociedad, el relato de sus amores frustrados, la crónica del hundimiento del país hasta donde ya no podía hundirse, herido como estaba por las secuelas de la Violencia, que no tuvo límites en la carnicería.
Y a través de él, de su novio Pablo Lozano, veo a mi padre con sus vestidos impecables, sus gasnés, las pañoletas coloridas, sus pequeñas carteras de cuero de cocodrilo y sus gestos de admiración cuando encontraba alguna novedad bibliográfica de ocasión entre las librerías callejeras de la Avenida 19. Lo veo entre sus amigos, con quienes compartía desde lejos el amor por los escándalos y las acciones urticantes para un país que poco a poco, desde arriba y desde abajo, se convirtió en un maëlstrom de sangre.
Todo esto lo recuerdo ahora en el bar de travestis de Londres donde trabajo desde hace tiempo representando en el escenario a mi adorada, a mi amada narizoncita Carole King. La Carole que escuchaba sin cesar en la casona de Chapinero, rodeado de tíos locos, en las tardes lluviosas, cuando terminaba de manera desastrosa el bachillerato en 1971. Canto vestido de Carole todas las noches la vieja melodía inolvidable de mi adolescencia “It’s Too Late, Baby”, que sigue viva en mí, me estremece, me hace llorar. Todos los días la veo por Youtube y Dailymotion para mejorar mis representaciones, ella, Carole a sus 21 años, tan linda con su vestidito rosado, aferrada, tímida y sonriente ante el piano, acompañada por sus dos excelentes guitarristas. Mírenla, es la versión de 1971.
Mi representación de Carole King en el bar Destroyer es la mejor, soy el travesti preferido del cabaret, mis jefes me adoran y cuando ella cumplió 60 años pasó por Londres y vino a verme y me abrazó y me dio flores ante el público. Se ve muy bien, como cuando cantó con Celine Dion, Gloria Stefan y Shania. Desde entonces, desde ese día en que ella me dio flores y me besó, soy la loca más feliz, la travesti más dichosa del mundo. Los Vásquez Aránzazu se han salvado conmigo, han triunfado en Londres. Todos mis tíos han muerto uno tras otro, ya no queda nada, todo ha sido arrasado en Bogotá para hacer edificios y avenidas. Pero yo estoy aquí, la loca Martín Vásquez. Travesti y feliz.
Y cuando termino mi espectáculo y recojo las propinas y espanto los borrachos y regreso luego por las calles a mi apartamento, desde la Bogotá lejana, desde mi ciudad perdida, desde mi pasado, una extraña voz me grita siempre sin cesar: «Remember Chapinero, remember Chapinero… Martín, ¿Qué haces? ¿Dónde estás?».
- EDUARDO GARCÍA AGUILAR (Manizales, 1953): Inició estudios en la Universidad Nacional de Colombia y luego continuó en la Universidad de Vincennes (París VIII). Ha vivido en París, San Francisco (California) y Ciudad de México, donde a lo largo de tres lustros publicó casi todos sus libros, artículos y ensayos registrados en el Diccionario de escritores mexicanos de la Universidad Nacional Autónoma de México. Desde 1998 reside de nuevo en París. Entre otros libros, ha publicado en México las novelas Tierra de leones (1986), Bulevar de los héroes (1987), El viaje triunfal (1993) y Tequila Coxis (2003), así como Urbes luminosas (relatos, 1991), Llanto de la espada (poemas, 1992), Animal sin tiempo (poemas, 2006), Celebraciones y otros fantasmas: Una biografía intelectual de Álvaro Mutis (1993), Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada (1998) y Voltaire, el festín de la inteligencia (Bogotá, Colombia, 2005). Libros suyos han sido traducidos al inglés, francés y bengalí. Su poemario Llanto de la espada fue vertido al francés por el poeta Stéphane Chaumet.