INICIO / CUADERNOS DE AUTOR / JOSÉ MANUEL ARANGO

Jose Manuel Arango

CUADERNO DE AUTOR · N.º 02

José Manuel Arango

EL CARMEN DE VIBORAL, 1937 · MEDELLÍN, COLOMBIA, 2002 · POESIA

Poeta, traductor, filósofo y ensayista colombiano.

NOTA
La siguiente nota biográfica fue escrita por el poeta Arango para la edición del libro La sombra de la mano en el muro, una antología de su obra poética que editó en Carmona (Sevilla), España, el poeta y editor Francisco José Cruz, en 2002, bajo el sello de Palimpsesto. 

 

Nací en 1937 en El Carmen de Viboral, un pueblo del departamento de Antioquia, en el noroccidente colombiano. Tuve una niñez campesina. Mi abuelo materno era agricultor y me llevaba a acompañarlo en las labores del campo: la siembra, la cosecha, el harneado y trojeado del maíz, que vendíamos los domingos (yo jugaba a ayudarle) en la plaza del pueblo.

Una vez terminados los estudios secundarios, me fui para Tunja, una pequeña ciudad de ambiente colonial todavía, situada en el altiplano que fue asiento de la cultura muisca. El altiplano es una tierra de lagunas. Por el tipo racial que predomina, por las costumbres, por el paisaje, uno puede resentir, a pesar de la pérdida completa de la lengua, los mitos indígenas. La primera pareja viene del agua: una mujer sale de una laguna con un niño de la mano. El niño crece, cohabitan y crían a los primeros hombres. Después, convertidos en serpientes, vuelven a la laguna. Otro mito muy delicado, comparable al mito griego de Caronte, dice que las almas de los muertos se van al otro mundo en barcas de telaraña.

En Tunja, en la Universidad Pedagógica de Colombia, estudié filosofía. Allí me casé y allí nacieron mis dos hijos mayores. En los años sesenta hice una maestría en literatura y filosofía en la pequeña universidad estadounidense de West Virginia, donde enseñé español para costearme los estudios.

Era el tiempo de la guerra de Vietnam, de la desobediencia hippy, de la agitación contestataria en las universidades. Era sobre todo un tiempo de auge y florecimiento de la poesía norteamericana. Más que el movimiento beat, me atrajo otra corriente menos ruidosa: la que podríamos llamar neoimaginista porque reconocía por maestros a Pound, a Wallace Stevens, a William Carlos Williams. Los neoimaginistas admiraban y traducían a los grandes poetas españoles e hispanoamericanos del siglo, los mismos en los que uno se había nutrido desde la adolescencia: Machado, Vallejo, Juan Ramón, Neruda. De hecho, una de las antologías más conocidas en los Estados Unidos por aquella época tenía por título Naked Poetry, un título que se apoyaba en un verso de Juan Ramón Jiménez. Estas transfusiones —más que traducciones— son seguramente fecundas. La poesía donante es transformada y asimilada y el resultado es un diálogo enriquecedor. En las últimas décadas, me parece, la poesía hispanoamericana ha recibido a su vez un influjo benéfico de la norteamericana.

También en los sesenta milité durante un tiempo en el Partido Comunista Colombiano. Estábamos en los comienzos de la revolución cubana, queríamos tanto la revolución, sentíamos que era necesario ayudar contra la injusticia patente. Sin embargo, nunca fui marxista ortodoxo, y en mi trabajo con los estudiantes de filosofía he preferido las preguntas a los dogmas. Después de los treinta años volví a mi región, y aquí he pasado la mayor parte de mi vida, como docente en la Universidad de Antioquia. Ahora estoy jubilado y sobrevivo en Medellín, donde tres o cuatro amigos y yo publicamos la revista de poesía DesHora.

* * *

Es difícil saber hoy lo que debe ser la poesía. Hubo tiempos en los que su lugar parecía claro. Hasta no hace mucho, en realidad, los poetas se unían en movimientos y escuelas, se escribían manifiestos. Parecía haber una causa común, aun si se daban corrientes discrepantes y hasta contradictorias. La última vez que esto sucedió fue en los años sesenta que, como se sabe, fueron de utopías. Ahora cada quien escribe desde el retraimiento, buscando solo su camino. La aparente riqueza que resulta de la diversidad de voces puede ser también un signo de orfandad.

Quizá el poema nazca de la exploración de una circunstancia compartida, o como respuesta a una experiencia personal, dolorosa o alegre. Unas contadas palabras que serán reflexión, no del intelecto solamente, sino del ser todo de carne y hueso. Detrás de ellas estará, por supuesto, todo eso que se llama una visión del mundo: convicciones religiosas y políticas, aprendizajes o escarmientos. Desde allí se habla y se valora, tal vez dudando, otras equivocándose. Desde allí se trata de distinguir lo verdadero de lo falso, en la emoción y en la palabra, lo honesto de lo ficticio, o retórico, o sentimental.

Pero el poema, más que de una visión del mundo, surgirá de lo que Unamuno llamó un sentimiento de la vida. Está hecho no solo de enunciados, de afirmaciones y negaciones, sino de los verbos y sustantivos de una lengua que tiene su historia, de palabras que por sus sonoridades y cadencias despiertan ecos y asociaciones; está hecho de imágenes y de ritmos, de rupturas y silencios. Por eso es difícil decir en prosa, herramienta del intelecto, lo que dice o muestra un poema si es verdadero, lo que bregan por decir esos textos fallidos en los que generalmente nos quedamos.

Creo que hay una manera más comprensiva de acercarse a las cosas y a los hombres, y que está justamente en la poesía. Hasta me empeño en no creer que no existan los dioses o que hayan muerto. Es un anacronismo, por supuesto, pero tal vez un anacronismo necesario, en esta hora, para la poesía. Siempre me ha acompañado la convicción de que lo sagrado, lo que Lezama Lima llama sobrenaturaleza, no puede negarse impunemente. Solo que no es cosa del otro mundo. Son esas fuerzas que uno encuentra por todas partes: en un árbol, en un pájaro, en un niño. Hasta en los pícaros y tahúres y matones que ahora nos acorralan. Tales dijo hace ya siglos que todo está lleno de diosecitos… o de demonios. Yo quisiera, si fuera posible, ser su discípulo en esa especie de politeísmo, o polidemonismo, o pandemonismo.