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POESÍA

El verbo leer, poemas de Edwin Tamayo Peña

27 · JULIO · 2026

EdwinTamayo peña, Silabario

EL VERBO LEER

Leer es un verbo hermoso.
Pero cuando tú me lees
la lengua cambia de forma,
como si el sentido
obedeciera únicamente a tu voz.
Quizá porque leer
es siempre atravesar a otro.
O porque en ti el lenguaje ocurre,
como si antes del nombre
hubieras sido verbo.
Cuando no estás
las palabras adelgazan,
pierden gravedad,
y el idioma entero
se repliega
en su antigua
forma de silencio.

 

CANTO TRISTE PARA LA ABUELA

Al principio fue el olvido de los nombres:
(Jesús, Anita, Rosita, Miro, Luis, Ewin, Chuchito…)
Los confundías, los repetías—digo, los murmurabas.
Luego dejaste de cuidar las plantas del patio:
la sábila, el saúco, el anturio, la dalia, la buganvilla,
la flor de nácar, la hortensia, la prímula.
Murieron sin tu mano.
O murieron contigo, por y para ti.
La casa de bahareque se llenó de ausencias:
primero la aguja y el hilo,
después la lámpara de petróleo,
el rosario olvidado sobre la mesa,
junto al viejo libro del Mártir de Armero.
Las ollas quedaron sin su hervor,
se incendiaron con la soledad del llanto, de la espera.
El fogón, sin su leña, se lo llevó un soplo ajeno.
Un día ya no supiste volver del baño.
Te encontramos de pie, mirando el ladrillo y la cal,
como si esperaras algo que nunca llegó.
Después dejaste de encender las luces,
de cerrar la puerta por las noches,
de buscar con la mirada,
de saludar a Brilla, la perra.
Y así, como la casa,
te fuiste despoblando,
hasta ser solo un susurro,
una brisa leve entre los corredores vacíos.
Nunca entendí cómo dolerte.
Me herías con tu ida lenta,
como duelen las heridas
que aún no nacen.
Pero cómo duelen.
Duelen y duelen.
Hoy, la casa sigue ahí,
apenas sostenida por el barro seco,
igual que yo,
con la tristeza ahuecándome por dentro,
como quien sobrevive a lo que más amó.

 

LA MUJER QUE HABITA EN MÍ

Poseo una mujer,
no en cadenas ni cerrojos,
sino en el sonido de mis palabras,
en el eco suave de su recuerdo.
Su voz, que alguna vez
fue trueno en la tormenta,
ahora es agua,
una canción triste
deslizándose en la noche.
Surco los mares de cada diálogo
no como guerrero ni conquistador,
sino como un viajero
entregado al vaivén de su oleaje.
No busco la gloria de los héroes
ni destinos escritos en mármol.
Me basta
la luz en su mirada,
la certeza de su latido.
Poseo una mujer,
no en los versos de Homero
sino en cada instante compartido,
en la dulzura callada
de aquello
que nunca se nombra.

 

CUERPO AJENO

Mi cadáver:
un cuerpo grasiento.
Imperfecto. Pueril.
No lo quemen.
No lo sepulten.
No lo lloren.
No lo encierren en un ataúd.
Mucho menos
lo exhiban tras un cristal.
No lo recuerden.
No lo nombren.
No lo miren, si pueden evitarlo.
Déjenlo en el campo,
en algún riachuelo,
en algún caño,
bajo la sombra amarillenta
de un cañaguate triste
o la memoria extendida de un samán.
Échenlo a rodar.
Que hinche la barriga
de un golero hambriento.
Que se vuelva polvo.
Que se vuelva viento.
Que no quede nada.
Que lo cague el golero.
La muerte da asco.
Mi cadáver
no es mi cuerpo.
Mi cuerpo
no está en la muerte.
Es apenas
un resto.

 

ESTO TAMPOCO ES POESÍA

Razón tenía Camus:
el azar no tiene corazón.
Y hablando de corazones,
qué cursilería
eso de rimar por rimar.

Versitos bonitos
para lectores de cafetería,
para fotógrafos de letras
que nunca leen,

para el pequeño placer del instante
que confunde poesía
con dos metáforas gastadas.
La feria del chisme está abierta:
hoy vendemos libros,
mañana vendemos almas,
pasado mañana vendemos a nuestra madre
con tal de que nos llamen
“poetas”.
Dicen que la poesía es difícil.
Difícil mi abuela:
sacó adelante a doce hijos,
vio morir a tres,
maldijo, renegó…
y al final
rezó.
Lo difícil no es escribir.
Lo difícil
es no mentirse a uno mismo.
Porque mentir a otros
es facilísimo.
Pero en fin,
el azar de la venta
es un timo,
como tirar los dados
y fingir
que hay mérito.
Y quizá todo esto
solo para decir
que esto
tampoco es poesía.

 

ÚLTIMO RETORNO

En breve
no seré nada.
Buscaré consuelo
en las palabras,
en los siglos,
en las horas.
Volveré al fango
y al verso sencillo.
No seré nadie,
como Ulises,
perdido
en mares de sombra.
Conversaré conmigo mismo
al final.
Y en ese último recuerdo
recobraré la cordura
para morir
como Don Quijote.