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CUENTO

La pócima de la suerte, un cuento de Benhur Sánchez

28 · JULIO · 2026

Benhur Sánchez, Silabario, Narradores, Colombia

La fórmula es clara: dos cabezas de ajo, un pocillo tintero con jugo de limón, cebolla morada en rodajas y un vaso con agua.

El agua debe estar recién hervida para luego agregarle los ingredientes. El agua resultante debe dejarse reposar para luego consumirla, ojalá todos los días. (Es lo que en otras regiones llaman infusión, con hojas de distintas plantas, unas cultivadas y otras silvestres)

El agua debe estar tibia al consumirse para que no ofrezca choque de temperatura en el fondo del estómago o en cualquiera otro órgano del cuerpo por donde entre o salga la vida. Salud permanente, aseguran los Santísimos Hermanos, esos que se hacen llamar Encostalados y cargan la fama de conocer los secretos del santísimo cuerpo y de las santísimas plantas.

—Una ingesta diaria, ojalá en ayunas, es lo recomendable.

No sé en qué momento el aguaymanto (physalis peruviana), también llamado topetorope, hizo su ingreso a la fórmula mágica. Quienes empezaron su consumo no dimensionaron las propiedades terapéuticas que albergaba en su frágil consistencia. Y menos sus contraindicaciones y molestias. Lo cierto es que en un principio los usuarios de la fórmula se sintieron aliviados y lucieron animosos y sonrientes. Pero, con el tiempo, comenzaron a quejarse de mareos, dolores de cabeza y pequeños olvidos, hasta que las muertes por parálisis pulmonar y diarreas imparables empezaron a ser más frecuentes. Fue entonces cuando los fanáticos de la medicina alopática sindicaron al aguaymanto de ser el maridaje nocivo de la fórmula y, por favor, dejen de consumir ese diabólico brebaje, no sean tercos, qué gente tan atrasada.

—¿Cómo?

—¡Eso no es ciencia! ¡Eso es superstición!

Sin embargo, algunos expertos en nutrición certificaron después que el aguaymanto no era culpable sino, posiblemente (subrayaron el posiblemente), su combinación con otros productos naturales, añadidos sin control a la preparación original. Reacciones químicas lo llaman los expertos, explicó un periodista en su programa de noticias. Cabe pensar que no estaban seguros porque, tal vez, con el paso del tiempo, muchos, envalentonados por sus conocimientos, habían adelantado combinaciones diferentes, cuyas contraindicaciones eran aún más impredecibles. Algunos, por ejemplo, se habían atrevido a combinarlo con el jengibre, otros con la chuchuguaza y unos pocos con productos exóticos, no registrados aún por la botánica. Con seguridad hierbas de la selva o de los páramos, de difícil consecución para la mayoría. Hasta bicarbonato de sodio le habían agregado, aunque no se comprobó si lo habían hecho para disfrutar su efervescencia al entrar en contacto con el agua de limón, o por sus propiedades antisépticas.

Lo cierto es que los estudios para determinar la culpabilidad definitiva del aguaymanto no llegaron a ninguna conclusión. Era infinita la cantidad de productos combinados y había que recolectar miles de encuestas, casi casa por casa a lo largo y ancho del país, para listar combinaciones, descartar efectos y llegar a conclusiones alentadoras.

El aguaymanto salió impune, libre de todo pecado.

Sin embargo, lo grave no eran las propiedades venenosas de algunas de esas mixturas, ni que ya no hubiera presupuesto suficiente para llevar a un oportuno final la investigación científica, sino la terquedad indeclinable de los usuarios que impedía eliminar del listado de la muerte a tantos inocentes.

Mientras tanto, las autoridades, como primera estrategia de emergencia, ordenaron eliminar el consumo de la pócima milagrosa. Pero un enjambre de rebeldes y contradictores, que no pueden faltar para redondear una historia creíble, amantes de las medicinas alternativas, continuó consumiéndola y promocionándola, subrepticiamente, por lo que algunos enfermos siguieron pidiendo pista en las UCI por las mismas causas y congestionando los pocos hospitales y centros con que contaba el sistema de salud.

Hasta que la solución definitiva salió de donde siempre debió esperarse que surgiera: de la ciencia. Un grupo de médicos, especializados en enfermedades infecciosas, explicaron que la ingesta de la preparación no era el origen de la diarrea sino un virus mutante que, según hipótesis y diversos estudios científicos, se había incubado en algún animal doméstico y había pasado a los humanos no se supo cuándo, cómo ni por qué.

—Por ahora estamos haciendo los estudios necesarios y podemos asegurar que está en su etapa de expansión. Aún no tenemos certeza de cuánto va a durar —explicaron, para dar validez a sus aseveraciones—. Sólo cuando haya una vacuna esperamos dar resultados más alentadores.

—¡Cuídense, por favor!

Se ordenó de inmediato cuarentena rigurosa y aislamiento de mascotas para detener el contagio y disminuir la muerte de seres humanos tan vulnerables como los ancianos y los niños, a los que atacaba el virus con particular ferocidad. Así, cientos de cabezas blancas acudieron a suplicar ayuda mientras los centros de salud priorizaban a los jóvenes. Se les había dicho que lo mejor era invertir en la esperanza de una sangre joven que desperdiciar recursos en vidas de alguna manera descartables.

⸺¡Que se desechen ellos mismos!

Y, en efecto, sólo el olor a muerto indicaba que los ancianos habían consumido su tiempo en soledad, con carencia de medicinas y alimentos, y se descomponían en la espesura de su encierro.

Cuando disminuyeron los signos del desastre, trece meses después, se decretó el fin del confinamiento, aunque se recomendó no abandonar los protocolos de bioseguridad establecidos por las autoridades.

Nada de bajar la guardia.

Igual que caballos desbocados salieron a la luz como si nacieran de nuevo. Así descubrieron embobados que, aunque el ambiente era el mismo, el aire era más limpio, más verde el paisaje y los ríos menos turbios. Basados en la aclaración científica sobre el aguaymanto y el fenómeno de los virus, muchos hogares continuaron usando la magia de la fórmula que había causado tanta controversia. Aseguraron que lo hacían porque necesitaban levantar a sus familias saludables, con sistema inmunológico fortalecido, eso sí, sin utilizar, por las dudas, el aguaymanto o utilizándolo separado, ya en jugos, mermeladas y postres o directamente como fruta. Y en las primeras horas del día el agüita del milagro.

Después de todo, aún no han descubierto en qué animal se propagó el virus, si en la vaca, el caballo, el perro, el gato, el mono, el loro o en tantas aves condenadas a vivir encerradas de por vida, por la vanidad de los humanos. Ni se ha logrado aislar el virus, que sigue campante en los porta-objetivos de los microscopios y hace de las suyas por campos y ciudades. Mucho menos hay vacuna para blindar el cuerpo del contagio, que produce fiebre, mirada vidriosa, inapetencia total y muerte por inanición, acompañada de dolores espantosos.

Nosotros, tercos y aferrados a la tradición, nos fortalecemos sin aspaviento sin ostentar con nadie nuestra fuerza, tomando en ayunas por costumbre la pócima milagrosa. La original, por supuesto. Y consumiendo en ensaladas el pequeño fruto. Estamos convencidos del valor nutricional y antiséptico del santísimo aguaymanto. O de la uchuva, que es el nombre que le damos en nuestro país a este pequeño fruto milagroso. Por eso los envidiosos dicen que pertenecemos a una generación impredecible.

Aunque ya nos estemos despidiendo.