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RESEÑA

La soberbia, en Perro Viejo. Una reseña de Alberto Arias Barahona

16 · SEPTIEMBRE · 2026

Perro viejo, jorge armado rivera, cuentos

Jorge Armando Laguna Rivera (Aipe, Huila, 1986) publica con Dislexia Libros este volumen de ocho cuentos y 134 páginas. Conviene decirlo desde el principio: el libro está construido como un sistema. Personajes que protagonizan un relato reaparecen de soslayo en otro; una misma ceiba del parque central asoma en casi todos, y el lector va armando, sin que nadie se lo explique, la historia de varias familias atravesadas por un mismo tipo de hombre.

Ese hombre es el “perro viejo” del título: el que cree entender y controlar el mundo, y cuya supuesta astucia solo produce dolor a su alrededor y, al final, su propio abandono. La tesis se enuncia desde Motor, donde Gabriela, dueña de una fábrica de arepas en la que solo trabajan mujeres, finge aceptar el plan de su pareja mientras sus actos defienden otra cosa. El cuento cierra sobre esa decisión: un número que no se marca y una pregunta sobre si el motor podría servir para algo distinto. Esa brecha entre lo que se dice, se piensa y se hace es el verdadero motor del libro.

De ahí en adelante, cada relato aísla un mecanismo. En Cancelación, una mujer sin más herramientas que el refrán para cualquier ocasión intenta adaptarse a su diagnóstico, mientras su hijo de treinta años, incapaz de cortar la dependencia, vuelve a casa sin ser un aporte efectivo para la salud de la madre; cuidar es aquí la coartada de no poder irse, y el estribillo de una canción que se le cuela en la cabeza al hijo funciona como marca de su evasión. Teruel cruza Colombia y España para contar cómo un hombre hereda de su padre la incapacidad de mirar de frente lo que rompe. El padre, egoísta como el protagonista, termina invadiendo la casa del hijo en España, sin alcanzar a pensar en la carga que será allí, y vaticinándole que los hombres de la familia siempre son abandonados.

Batola y Lipoma comparten un hospital corroído por la corrupción y una protagonista, la médica Alejandra, vista primero desde adentro y luego desde los ojos de quien la dañó. En Batola, aquella niña que no recibió protección parental ni social se ve ahora obligada, moral y socialmente, a cuidar de un hombre por el que no siente ningún cariño. En Lipoma, Lorenzo Mendoza Arcila, un hombre en deuda y sin escape con su abolengo, debe reencontrarse con su compañera de la Facultad de Medicina. Alejandra, como el resto del personal, espera que el nuevo administrador lleve a cabo cambios estructurales, pero los parientes de Lorenzo, dueños del hospital desde siempre, solo lo autorizan a hacer cambios superficiales.

La plata del miserable y Papá de papel retratan a hombres que prefieren la fe mágica, la huida o el sabotaje antes que la responsabilidad. El primero está conectado con Teruel: apenas de soslayo, en una videollamada, descubrimos la falta de autoestima de Javier cuando está enamorado. En el segundo, Daniel planea llevarse a su hija para hacer sufrir a Lorena, sin poder aceptar que haber quemado el registro civil de ella para dificultarle la búsqueda de trabajo, o pinchar las llantas de la motocicleta que compró con sus primeros sueldos, son la causa de que lo haya dejado. Quiere que ella fracase, cuando el desastre viene de su propia mano.

Perro viejo, el cuento que cierra el volumen y que está emparejado con Cancelación, entrega a Sofía, relegada al rango de una sucursal más, en una mañana que la retrata mejor que cualquier explicación: descubrirá que, en su propia casa, seguirá subordinada a la primera esposa y a las hijas de Hernán.

Lo más logrado del conjunto de cuentos es la economía. Laguna Rivera no explica, insinúa: una bufanda mal puesta, unas uñas sin cortar, un televisor sin cables dicen más que párrafos de psicología. Los cruces entre cuentos (los banqueteros de una fiesta resultan ser el amante de otra historia) premian al lector atento sin castigar al que lee cada pieza por separado. El oído para el habla de la casa colombiana es preciso, y el humor amargo de las mujeres del libro sostiene lo que de otro modo sería insoportable.

Esa contención tiene un costo. La galería de padres abusivos, viejos supersticiosos y maridos que huyen llega a sentirse reiterativa hacia el final, y algunos símbolos (la ceiba, el café con leche, la pelusa) reaparecen con la insistencia de un inventario. Papá de papel es el relato más esquemático: su protagonista está dibujado con trazos demasiado gruesos para un libro que en otras partes confía en el matiz. Lipoma, en cambio, es el mayor riesgo del volumen, un monólogo de conciencia intoxicada que compite consigo mismo (delirio, hospital y memoria en el mismo plano), pero logra algo difícil: hacernos habitar a un depredador sin absolverlo.

Teruel y Batola son los cuentos mayores. El primero por su arquitectura de tiempos y países, y porque el narrador no sabe lo que el lector sí: mientras cuenta la herencia del padre, la está repitiendo; el final se resuelve en un objeto olvidado sobre una silla. El segundo, por su voz, furiosa y precisa, donde el pasado irrumpe en la sintaxis misma y convierte la palabra del título en la imagen de una vida entera sin coraza. Muy cerca quedan Perro viejo, capaz de contar un matrimonio completo a través de un único gesto sobre las manos de un muerto; La plata del miserable, que tiene el mejor material humano y un narrador con voz propia, y Cancelación, el retrato más cruel y más divertido del libro.

Desde la clínica, el libro es un catálogo de la falsa suficiencia: hombres sin empatía que no se hacen cargo de sus actos y que, de ser tan hábiles como se creen, evitarían exactamente lo que les ocurre. Pero conviene no leerlo como un tratado. Los personajes femeninos de Laguna Rivera tampoco son víctimas puras: hacen cuentas, negocian, callan y a veces heredan lo que odian. Es literatura que confía en el lector, y esa confianza es su mayor virtud. Para quien quiera entender cómo se transmite el daño dentro de una familia sin que nadie lo nombre, Perro viejo es un libro que vale la pena leer dos veces: la primera cuento por cuento, la segunda buscando los hilos.