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CUENTO

Sepia, un cuento de Guillermo Bustamante Zamudio

21 · SEPTIEMBRE · 2026

GUILLERMO BUSTAMANTE ZAMUDIO SILABARIO CUENTISTA

—Esta es la síntesis de lo que podría enseñarte durante el trayecto de la vida en que me necesites.

Estas palabras acompañaron la entrega —del padre al hijo— de un cuaderno de notas, a todas luces añoso. El muchacho no dejaba de ser un niño y ya empezaba a ser un hombrecito. Aunque la incógnita del contenido era muy poderosa, a su juicio el obsequio era bastante delgado como para albergar lo anunciado. Hizo el ademán de abrirlo, pero fue detenido por estas palabras del padre:

—¿Es un momento adecuado?

El muchacho se asustó y, entonces, se abstuvo de abrir el cuaderno. Siguieron hablando de cualquier cosa; hablaban por hablar. Rápidamente, cada uno buscó deshacerse del otro: el padre quería dejarlo solo, para que tomara su propia decisión; el muchacho quería estar solo, pues tomar una decisión a veces hace que los presentes estorben.

Ya sin testigo, contempló la idea de leer el cuaderno en orden. Pero eso suponía que lo prometido seguiría una secuencia. ¿Era así? Podría empezar en cualquier punto y seguir en cualquier dirección… ¿o estaría organizado por temas?

Su padre le había leído muchos relatos. Había inventado para él, sobre la marcha, historias locas que lo hacían reír y entender lo casual que puede ser el orden. Más tarde, empezó a husmear libros por su propia iniciativa, aunque solía pedirle al padre una brújula para el mar de su biblioteca. Con cada volumen que el papá le deslizaba, el muchacho leía la historia narrada pero, al mismo tiempo, algo del derrotero de las lecturas que el otro había hecho, los caminos que había tomado por entre esos libros, y que ahora adquirían el hilo de un sentido que había impuesto sus rasgos por razones inescrutables, que no se agotan en un orden secuencial.

Ese transcurrir no había sido en vano, y no quiso ser inferior a él, aunque todavía no lo armaba muy bien. Decidió no abrir el cuaderno. Como sabía que no era para cualquiera, como lo había recibido en una suerte de ceremonia, lo escondió en sitio recóndito de su armario.

Otra curiosidad se le impuso: ¿cuándo debería consultarlo? En cualquier caso, no podía saciar la curiosidad por el contenido (para la que sólo bastaba abrir el documento), sin echar a perder la segunda por el momento oportuno. Y la segunda le lucía más importante, aunque requiriera esperar algo que no podía precisar.

Y esperó.

Ante cada contingencia, inquiría si ameritaba recurrir al cuaderno. Siempre titubeaba, hasta parecerle que él mismo era capaz, o que podía buscar los elementos; incluso, que su padre habría querido que, en una situación como ésa, se las arreglara solo. Al comienzo, incluso soñaba con aquellas hojas pautadas, con que facilitarían el camino y que la vida tendría sus mojones y que éstos estaban registrados en el texto. Titubeaba, pero gracias a ese lapso incomprensible, terminaba por parecerle que él mismo era capaz de sortear el asunto o, al menos, que era capaz de rastrear los ingredientes. Pero, entonces, ¿diría el cuaderno que, para ese caso, no era necesario recurrir al cuaderno? No era inusual que sonriera ante la paradoja.

Con el paso del tiempo, cada vez pensaba menos en el cuaderno. Pronto vinieron decisiones cruciales y, por consiguiente, dilemas. Entonces, cavilaba: una respuesta certera, escrita en páginas mustias, lo esperaba en un rincón de su armario. Sin embargo, cuando mucha era la incertidumbre, cuando los pasos tendrían que llevarlo allí, se cuestionaba si la enseñanza no vendría a agregarse a los enunciados discordantes que ya acudían a su cabeza. Su incertidumbre no era carecer de respuesta, sino tener muchas opciones y no poder decidirse.

De entrada, sólo había escuchado el anuncio del don; ahora escuchaba la reserva que había en lo que se le dijo: sólo encontraría lo que el papá podría mostrarle; es decir, no todo lo que quisiera preguntar debía resolverlo un padre; y, aun entre lo que sí le correspondía, el suyo podía no haberlo previsto. Además, era posible que no tuviera respuesta a todo lo que, no obstante, hubiera considerado pertinente… ¿acaso su padre no tenía también sus propias cuitas?

Había cambiado una pregunta pueril, por una letanía de preguntas engorrosas. Había crecido. La complejidad progresiva de los interrogantes así lo testimoniaba. Por fortuna, el padre lo había detenido aquel día, cuando por vez primera tuvo el regalo en las manos y ya se precipitaba a abrirlo. No habría sido capaz de entender nada. Pero ¿sí sería capaz ahora? Tal vez tampoco, pero de otra forma (¡había distintas maneras de no entender!), pues había crecido reservando el tesoro de las respuestas contenidas en el cuaderno sepia.

Al principio, el escaso número de páginas del cuaderno lo había hecho dudar de la promesa; ahora, más bien lo alertaba sobre el número de tópicos que ameritarían una consulta. ¡Al parecer, no eran muchos! Esto no explicaba el hecho de no haberlo consultado todavía, pues una cosa tenía clara: no recurrir al consejo paterno, siendo necesario, se constituiría en un error, y éste traería otros, lo cual multiplicaría las razones para la intervención del padre… ¡pero, entonces, el cuaderno sería voluminoso!… Un texto que se escribiese retrospectivamente, en función de las expectativas del lector… parecía una de las historias locas del papá. Era una necedad, pero igual fue a tantear —sólo a tantear— en el fondo del armario. Sus dedos acariciaron aquel tesoro. Ni siquiera lo miró.

Aunque hablaba con su padre de muchos asuntos, nunca volvieron a tocar el tema. Estudió una carrera y, al terminar, partió de la casa. Le habría gustado saber la opinión —¿estaría escrita?— del padre sobre su nueva vida, pero, igual, se trataba de su decisión.

La idea de tener un hijo fue una de esas ocasiones, cada vez más esporádicas, en que retrotraería, del pasado a la memoria, el cuaderno de color sepia. Ya no recordaba la última vez que lo había tocado. Su progenitor murió y él lo acompañó con preguntas contenidas, con tranquilidad, con tristeza.

A los pocos años, nació su hijo. Y empezó a espigarse. Y él veía, ahora con desespero, ahora con una sonrisa, el zigzag de su desarrollo. Le leyó relatos e inventó para él historias locas de las que iría descreyendo, pese a quedarse con algún saldo inenarrable del ejercicio.

Y cuando vio que empezaba a ser un hombrecito, sin haber dejado de ser niño, le entregó el cuaderno que nunca había abierto, un poco más viejo, acompañado de idénticas palabras, pues, pese al paso del tiempo, las recordaba textualmente.