← VOLVER

POESÍA

Armando Romero, poemas

15 · SEPTIEMBRE · 2026

A. romero benalmadena Silabario poeta

LA CAJA DE HUEQUITOS

A jugar con los espacios
nos enseñó mi madre.
Ella los guardaba
en una caja de huequitos,
donde también estaban
los sueños.
Mi espacio se construía
de insectos invisibles,
y ese miedo, siempre.
El de mi hermana era
de blusas blancas.
El de mi hermano
de libros y palabras.
Por años los espacios
nos habitaron,
y si los abandonábamos,
luego aparecían
como juguetes por la casa.
Nunca se supo de los sueños
hasta que ella vino a despedirse,
y nos dijo que estaban hechos
de eso que florece,
allá adentro,
todos los días.

LA PALABRA MISERICORDIA

Ya quedó atrás en el tiempo
la palabra misericordia.
Se le fue enredando
como una telaraña,
y al final era difícil distinguirla,
allá al fondo,
casi perdida.
En nuestro mundo
muchas palabras se pierden,
pero no desaparecen por completo,
sólo dejan una vaga memoria.
Recuerdo esta palabra
cuando era pequeño.
Mi madre la usaba por las noches,
al caer el silencio,
y yo sabía que los ojos
de mi padre la escuchaban,
abiertos.

TENTATIVA DE CANTO EN EL CAMINO

“¡Oh, qué cansado estoy
de mi cobarde, vieja, tan salvaje tierra!”
Salvador Espriu
A Eugenio Montejo, in memoriam.

Nadie cantó mejor que nadie
a eso que fue de tierra
hasta llamarse patria,
ni hizo del salvaje grito
aridez de piedra,
desolada tristeza.
Nadie amó mejor que nadie
su punto y raya sobre el espacio,
la cuenta de círculos
que hacia sí convergen.
Nadie comprendió mejor que nadie
que era ilusión el sol
de buena vida en otra parte,
pájaros de salud y euforia,
ojos de bestia feliz.
Nadie me acompañó mejor que nadie
a contemplar el árbol
que florece por los hielos,
a ir por el camino
que lento nos digiere,
a palpar lo que existe
a tres pasos de su nada.
Nadie me enseñó mejor que nadie
que hay un solo aquí
que se disuelve,
aljibe que torna invisible
nuestro rostro en lo profundo.
Nadie me explicó mejor que nadie
que si del sentir se habla
se llama patria,
terruño salvaje,
grieta árida, cobarde y vieja.
Nadie cantó mejor que nadie
la felicidad que rechaza
lo que en el camino se resuelve.
Nadie lo dijo mejor que nadie
pero fue en aquel entonces,
de horas limpias y transparentes,
ya no.

EL AZUL

Cómo puede no verse
que el azul le falte el respeto
a todos los colores.
El azul se le tira a los abismos
sin importarle ser el cielo.
El azul se hace de rabia horizonte
contra los mares y sus islas.
El azul es color que dice de pasión
y lucha como los rinocerontes.
El azul pica como una flecha
de serpiente envenenada.
Yo vi el azul en una esquina,
lo vi bajarse de tus ojos,
poniéndole temor al encanto.
Por eso lo digo.

EL ÁRBOL DIGITAL

Era un hombre al que le habían enterrado su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica

Le había dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado

Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada

Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar

LA TÍA CHINCA

A Antonio Zibara

Nunca hablé de mi tía Chinca por miedo a su silencio. Recuerdo esas largas oleadas de humo que venían desde la última pieza, la que daba al patio, y que eran producto de sus cigarros baratos. Ella los fumaba allí, en lo oscuro, como quien saluda al infinito. No sé cómo era su voz porque nunca me dijo una palabra de rabia ni de cariño. Tengo memoria sí de sus vestidos negros y de sus babuchas gastadas por un caminar de no sé dónde. Nadie me dijo qué hacía mi tía Chinca los domingos o si tuvo amores secretos, pasiones violentas, encuentros fortuitos. ¿Qué hacía mi tía Chinca sentada sola en el patio? Cuando pasaba a mediodía por la sala, donde toda la familia se reunía a oír las canciones de Pedro Infante, mi tía Chinca dejaba una estela de cenizas y escombros como si lentamente se estuviera deshaciendo. Pero nadie lo notaba, o ¿era yo sólo el que descifraba las manchas que dejaba en el espacio? Dicen que murió pequeñita, como una torcaza, y que con ella enterraron también su silencio.

MI INFANCIA

Yo también, al desaparecer mi infancia, estuve presente. Con un grueso hato de oraciones y un látigo sibiloso se cortó esa calle por donde arrastraba las piedras o buscaba escarabajos. No dijo de azules begonias ni de las otras matas en el patio; se fue como trepando por esa escalera que llevaba al abovedado. Se arrepintió de una mirada furtiva a los senos de la niña vecina y aplastó el cigarrillo contra uno de los postes del alumbrado. Mi infancia ya no estaba allí cuando vino el radiopatrulla a buscarla.

AZÚCAR EN LOS LABIOS

Desde la mujer del tendero hasta Conchita la pelirroja, y desde Jesús el zapatero hasta Roberto que dirigía la escuela, todos, sin excepción, amanecieron con un terrón de azúcar en la punta de los labios. Sin embargo, los únicos en enterarse de lo sucedido fueron los que se besaron por la mañana.

DIALOGO

Dos monjes hablan en la noche.
Una voz clara, golpeante, deja que las vocales se desprendan
gota a gota.
Una voz de tierra, acechante, se escurre por entre las brumas.
Una voz salpica las paredes con salmos como lanzas.
Una voz acelera su ir de tropel confuso.
Una voz de consonantes dice su última palabra.
Una voz de susurros espera, incrédula.
Una voz hace alto, altanero, su momento.
Una voz es una pantera.
Una voz es un silencio.

DIFERENCIAS

Debe haber otra felicidad
en el gesto que acompaña
al monje tañendo la viga
de la oración.
Debe haber otra tristeza también
para el taciturno que recoge
los platos en el refectorio.
Una felicidad como agujas de lluvia.
Una tristeza como trapos al sol.

AEDO, HOY

¿Quién tan pequeño
entra en una hormiga?
El que a tu lado
se sienta
y escribe el poema.
No tiene ojos,
sólo antenas,
y muchos pies
para vacilar
por los abismos.
Carga los muebles
de la casa
como si fuesen
palabras,
y hace de la miel
una trampa.
El que escribe
el poema
es una hormiga,
negra.