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APUNTE

Armero, los hijos del volcán – poemas de Fredy Yezzed

27 · OCTUBRE · 2026

Fredy Yessed silabario

Del libro Armero, los hijos del volcán
(Abisinia Editorial / Editorial Universidad de El Bosque, Bogotá, 2025)

Armero los hijos del volcán, Fredy Yessed, Silabario

Yacían desnudos los cuerpos jóvenes sobre el lecho
en aquella hora nocturna en que ardía el aire
—ella apretaba las piedras contra sus ingles
y él tanteaba el sexo con el que iba a arar la tierra—
cuando el rugido tocó a sus hombros
y una lluvia de cenizas invadió las pieles
y el lodo furioso entró por la ventana…

 

Un alud de silencio los sepultó. Era la lengua del volcán.
Labio contra labio la noche los metió en el fondo
de su canasto campesino,
donde gritó el amor los precede ahora la mudez,
donde había luz hay ahora luz oscurecida.
Las torceduras, el diluvio, la máquina lírica y amorosa
no dejaron oír el bufido ni el ladrido que los alertaba.
Bajo la montaña vocales y guirnaldas retorcidas.

 

Un dios ha abierto los grifos de la sangre.
Los aplasta sin clemencia el peso de la ceniza.
Se vino abajo la noche con sus muros y sus latas y sus astros.
Las tejas de barro, el gallo que las cantó, los travesaños de
madera que sostenían el mes de noviembre
cayeron como un manto sagrado,
arroparon los torsos que rasgaban las pieles del sol.

 

El volcán del Ruíz arrojó su leche primera
y en su embestida quebró la rama frágil de él para siempre en el
agujero del grito.
El aliento musical del placer llenaba de amor las albercas.
Amantes por los siglos de los siglos.
Ángeles podridos en el nido de la desgracia.

 

Ella, un instante antes de que las toneladas de silencio arquearan
y quebraran el amor, vio cómo la luz brilló en el fondo de
las pupilas del joven que atenazaba.
Lo sabía: engendrarían en ese segundo a una hija a la que
llamaría Azalea. ¿Por qué aquella flor?
Porque a él le gusta aquella palabra fresca.
Jardines de oscuridad donde de repente germina un astro.

 

¿Qué hay del otro lado de estas paredes de cal? ¿Los chillidos de
los loros en su migración? ¿La soledad de este pueblo de
los Andes entre zarcillos y alambres de púa?
Lo que haya no importa a la hoja de romero.
Lo que haya solo le concierne a la inundación.
Lo que haya pesa como un hijo muerto entre los brazos.
El tiempo: capas y capas de lodo, pedregal y viento negro.

 

Ha venido, entonces, la noche a metérseles en la garganta:
aprieta sus huesos, descoyuntura los cartílagos, crujen vértebras
bajo la violencia del volcán.
Noche bendita con raíces de ruda para los sagrados que soñaban
llevar banderas al mercado de aves y hortalizas.
¿Quiénes eran estos desconocidos de la tragedia?
Aquí el tiempo le soltó la mano a Dios y se perdió
entre los naranjos polvorientos.

 

¿Es acaso el momento de abrir la boca? ¿Tengo culpa en esta
obra de los durmientes?
Mi nombre es Abel Ruiz y mi error fue amar con los árboles
turbios de la inocencia.
Una tarde frente al río le confié a mi hermano mayor el amor
que sentía por la hija de los Quintero,
mas Gabriel, enceguecido también en los vapores de su cuerpo,
corrió primero a ofrecerle sus palabras y sus brazos
ejercitados bajo el sol
y Leda, que no era ignorante de mis mejillas cuando la miraba,
accedió curiosa y caliente y enamorada…