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CUENTO

El aroma de la noche, un cuento de Hugo Fernando Cabrera Ochoa

28 · JULIO · 2026

Hugo Fernando Cabrera Ochoa, Silabario

La enterraron al caer la tarde, cuando el sol ya no calentaba y el cementerio comenzaba a llenarse de ese silencio que no es del todo silencio.

Él fue el último en marcharse. Lo hizo porque sus colegas casi que lo obligaron a retirarse.

Esa noche la casa no lo dejó dormir.

No era angustia —o no solamente—, sino una inquietud leve, como si algo hubiese quedado mal cerrado. Se levantó varias veces a beber agua, recorrió la casa con la costumbre inútil de quien busca a alguien que sabe no va a encontrar y, cuando volvió a acostarse, ocurrió.

Su sentido del olfato le permitió percibir aquel inconfundible aroma.

Era el mismo perfume que ella usaba desde joven: una mezcla de jazmín y lavanda que se quedaba en las sábanas aun después del lavado. Él se incorporó de golpe. Pensó que la memoria le estaba jugando una mala pasada. Abrió la ventana, dejó entrar el aire frío y se dijo que era normal: después de tantos años juntos, el cuerpo también aprendía a recordar.

Pero el olor no se fue.

Se quedó suspendido en la habitación, tibio, cercano, como si alguien acabara de cruzar el umbral.

A la mañana siguiente encontró una de sus blusas colgada en el patio. Juraría haberla guardado el día del velorio, pero no le dio importancia. Durante el desayuno, mientras el café humeaba, creyó ver una sombra pasar por el corredor. No se detuvo a mirarla. No quería darles nombre a las cosas.

Los días continuaron.

Por las tardes, cuando el sol se filtraba entre las rendijas del ventanal, la casa parecía respirar. A veces una sombra se alargaba sobre la pared y luego se deshacía, como si no soportara del todo la luz. Él aprendió a no seguirla con los ojos.

El aroma regresaba siempre al anochecer, como si llegara con la luna.

En los días de viento, el vidrio del cuarto —que nunca selló del todo— dejaba pasar el aire por pequeños orificios que producían un silbido irregular. En vida, ella solía decir que la casa cantaba.

Aquella noche, mientras él intentaba dormir, el viento entró con más fuerza… y entonces lo escuchó.

No era una voz.

Era un tarareo.

Suave, exacto y afinado, como solo ella sabía hacerlo, sin haber estudiado música jamás. Las melodías de siempre: las que repetía mientras barría, las que seguía con los labios cuando la radio sonaba bajo, las que inventaba sin darse cuenta.

Él contuvo la respiración.

El tarareo no venía de ningún sitio preciso. Parecía formarse en el aire mismo, mezclarse con el viento, entrar y salir por los pequeños huecos de la ventana. Duró apenas unos segundos. Luego cesó.

No volvió a oírlo esa noche.

Ni la siguiente.

Pero el aroma regresaba de vez en cuando. A veces al abrir un armario. Otras al acomodar la cama. Y algunas madrugadas, justo antes de despertar, sentía que el colchón cedía levemente, como cuando ella se sentaba antes o después de acostarse.

Él nunca habló de ello, porque sabía que nadie le creería, y tampoco estaba seguro de querer que alguien lo hiciera. No era miedo lo que sentía, sino una forma extraña de compañía.

Pasaron los meses.

Un día, mientras cerraba la ventana, el viento entró de golpe y el vidrio vibró con una melodía breve, perfecta, conocida. Él sonrió sin mirar atrás.

Desde entonces comprendió que algunas ausencias no se van.

Solo aprenden a quedarse de otra manera.