← VOLVER

CUENTO

Fantasma entre las Flores, un cuento de Ramón Illán Bacca

25 · JULIO · 2026

R bacca

El viejo y metódico profesor de historia Clímaco Ayala leía con profunda atención el recorte amarillento del periódico de provincia.

Podría ser que al final encontrara, ahora, en el nuevo aniversario de la muerte del caudillo, algo distinto a los consabidos testimonios de sus acompañantes en el momento en que el homicida disparó sorpresivamente, o de las imágenes del rostro cadavérico y de las tomas del linchamiento del frágil y macilento hombrecillo a quien se consideraba como el asesino.

Pero el autor de la crónica, un antiguo escultor que en su tiempo había adquirido cierta notoriedad por sus rotundos desnudos, parecía haber empleado el cincel para escribir, como pensaba el viejo historiador mientras avanzaba en la lectura.

A pesar del pedestre estilo, en un momento dado, el profesor Ayala pudo evocar esa mañana primaveral en que Francesca Bertini, la gran dama del cine mudo, solicitó la presencia de dos investigadores de Occhi & Orecchi, la agencia privada de detectives de mejor reputación en esa Roma de los primeros años de la década del veinte. La bella, con un “deshabillé” blanco de encajes, el mismo que había lucido en La dama de las camelias, y que tantos suspiros había provocado en la asistencia masculina del Olimpia, ahora insistía en sus llamadas telefónicas a la agencia; pero en ese mismo instante, el sonido discreto y apagado del timbre de la puerta indicó que Carlo Volpone y Pietro Gaddini, los dos ases de la firma, habían llegado.

“Qué rápido me entendieron la idea”, pensó la diva después de haberles planteado el problema. Un misterioso admirador le enviaba todos los días, incluyendo los domingos, un ramo de flores a su camerino. ¿Pero es que no entendía ese estúpido que por esas flores peligraba su matrimonio con el conde Cartier? Si por una mirada de soslayo a un joven cadete le había formado aquel tremendo escándalo en la vía Venetto, ¿Qué no pasaría si supiera lo del ramillete?

Las instrucciones eran simples. Encontrar al impertinente y disuadirlo de volver a molestarla, aunque tuvieran que emplear el aceite de ricino, cosa que los fascistas estaban poniendo de moda. Pagaría lo que fuera necesario.

El joven Gaddini habló de algunas dificultades que se solucionarían con más plata; el maduro Volpone pensó, mientras lo veía convencer a la diva, en la extraña pareja de sabuesos que conformaban. Mientras sus deducciones más lógicas se habían estrellado muchas veces frente al caso concreto, las corazonadas de Gaddini repetidas veces habían resultado acertadas.

—¿Podría ver alguno de esos ramos? – preguntó Volpone.

—Todos los arrojé a la basura apenas los recibí – contestó la diva.

Pero en ese instante Allida Di Stefano, la asistenta de la estrella, una madura y elegante mujer que durante toda la conversación no había dejado de lanzar miradas aterciopeladas al joven Gaddini, intervino para decir que el último ramo todavía estaba en el camerino.

—Me sentí incapaz de botar esas maravillosas orquídeas – explicó al ver la expresión feroz de la diva.

Volpone examinó con atención el ramillete. Palpó el tejido artesanal con que estaban amarradas las flores, y juzgó las combinaciones de colores y plantas silvestres que completaban el arreglo.

—Tienen cierto toque tropical – dijo después de un largo y meditado silencio. Nada quiso añadir a pesar de las varias preguntas de la diva, trasformada en una simple y curiosa mujer.

“Era de muy buen ver”, se dijo el anciano profesor mientras, por segundos, recordó aquellas sesiones del Olimpia. Donde por mitad del precio se veía la película en el revés del telón colocado en la mitad. Allí fue donde el líder – en esa época tan solo un antipático pariente mayor- le demostró su habilidad para leer los letreros cuando entraban a su galería.

“Su admiración hacia la Bertini fue de los pocos detalles humanos que tuvo, todo lo demás era solemnidad”, siguió recordando.

—Me pareció menos bella que en la pantalla – le comentó Volpone a su compañero cuando ganaron la calle.

—Sí – asintió Gaddini. Y después de una pausa añadió: – Es muy saludable y tendrá una larga vida.

Valpone le miró extrañado y parándose en la mitad de la acera le indagó:

—¿Por qué lo sabes?

Gaddini contestó con un suave, pero contundente:

—Porque lo vi en la palma de su mano.

Valpone pateó con furia una lata vacía.

La policía colaboró en darles todos los datos sobre latinoamericanos residentes en la ciudad. Volpone decidió, en principio, excluir a los ganaderos argentinos, a los estudiantes chilenos, a los exiliados venezolanos y a los cónsules brasileños. A las constantes preguntas de Gaddini, contestó con un tajante:

—La cuerda del ramo es de artesanía indígena, primero agotaremos esta pista interrogando a los residentes de los países andinos.

Las investigaciones sobre los embajadores de los países escogidos no arrojaron nada en claro. Todos, sin excepción, resultaron ser viejos generales de las guerras civiles casados con ex – coristas dominantes y posesivas.

—Creo que debemos prestar más atención al hecho de que las flores fueran orquídeas, sugirió Gaddini.

Pero la pista también se frustró porque Allida Di Stefano les comentó que tan sólo en una ocasión habían llegado esas flores, y que, en las demás ocasiones, los ramilletes eras de precios módicos.

—Como para la novia de un estudiante – terminó diciendo.

—¡Ecco! Exclamó Volpone y desde ese día empezaron a rondar las floristerías situadas en las callejuelas cerca a la Piazza Navona. Gaddini asedió a la joven desgarbada dependiente de la floristería Paolo E Francesca, hasta que ésta entregó la dirección del peruano que todos los días encargaba flores y las recogía personalmente.

 Cuando llegaron al pequeño apartamento. Los detectives encontraron las huellas de una presencia femenina: jarrones con flores en las mesas y luminosas y recién estrenadas cortinas en las ventanas.

El inquilino, un joven magro, de constitución débil y color cobrizo, los recibió con la ceremoniosa cortesía heredada de una antigua cultura. Sin embargo, al saber el motivo de la visita dio paso a una profunda indignación. ¿Cómo venían a fastidiarle con una historia de esas durante su luna de miel? Si esa puttana napolitana era celosa, su mujer Annuccia, que era romana, tampoco se le quedaba atrás. ¿Es que acaso querían destruir su matrimonio?

Los investigadores dieron explicaciones y a lo último, confundidos y dando excusas, se fueron, no sin que antes Gaddini tropezara con la mesita recargada de “bibelots” y rompiera el más caro.

Desde la ventana, el joven de piel cobriza contempló las mutuas recriminaciones que se lanzaban el joven Gaddini y el maduro Volpone.

El viejo profesor Ayala recordó en ese instante haber leído un ataque furibundo de Mariátegui contra Francesca Bertini. ¿Tendría algo que ver con lo que estaba leyendo?

Pero ahora los investigadores estaban tras la pista de un escultor. ¿Peruano?, no podrían precisarlo; de todos modos Suramericano. Pero ¡ah!, al llegar se toparon sólo con un estudio vacío, pues, como les dijo la conserje, una señora gorda con muchas ganas de conversar, el artista había partido de regreso a su país.

—Va a hacer unos trabajos de muchas liras – añadió mientras les entregaba unos bosquejos que había dejado.

Volpone los examinó. Ante los esbozos de unos bustos de próceres no pudo menos de pensar que esas jóvenes naciones de pobres historias tenían demasiados héroes. Una diosa empuñando una bandera le valió el calificativo de mediocre, pues él cultivaba algunas inquietudes artísticas.

Al parecer habían llegado a un punto muerto. Pero, curiosamente, fue para esa fecha cuando dejaron de llegar los ramos a la diva. Francesca Bertini pudo, al fin, respirar aliviada y pasearse de nuevo con su celoso prometido sin tener nada que ocultarle.

Ahora podía realizar su profundo anhelo de ser tan sólo la madre feliz de un sinnúmero de bambinos. Sin embargo, el día que los periódicos sacaron ediciones extraordinarias con el relato de la boda de “la Estrella y el Noble”, Volpone y Gaddini, todavía sin órdenes de suspender el caso, le hicieron una visita al estudiante de derecho. ¿Boliviano o Colombiano?

Nunca pudieron precisarlo. Pero después de una búsqueda por antiguas y retorcidas callejuelas hallaron la calle ciega con una fuente dañada y decorada con tritones al fondo.

En una de las casas vecinas estaba la portezuela que daba a la habitación del universitario, un hombre bajo, de pelo lacio y muchos dientes. Los recibió con una andanada de citas legales. Volpone no pudo menos de admirar el italiano fluido que empleaba, aunque también notó su tendencia a italianizar vocablos españoles.

*

El anciano profesor hizo a un lado la lectura.

“Pierdo mi tiempo – se dijo-, faltaban aún algunos años para que el líder viajara a Roma”, y apretando el recorte hasta volverlo una bola, lo lanzó al cesto de papeles ubicado en un rincón.

Un impulso repentino, no obstante, le obligó a mirar la vieja fotografía bajo el vidrio del escritorio. La imagen del surtidor seco y los tritones descarados le daban al lugar un aire fantasmal.

Y entonces, por primera vez en su vida, el anciano historiador no buscó la exactitud del dato, sino que pensó en una Gaddini aterrorizado que le decía a su compañero haber tenido una visión.

—Vi a un tipo de gabardina sucia y ojos enloquecidos dispararle a ese joven, ya un hombre maduro, y matarlo. Todo ocurre en una ciudad brumosa, fea y fría situada en los Andes, que nunca he visto antes. Después veo incendios y muchos muertos.

—Estás jugando demasiado al Tarot- le contestó un sosegado Volpone.

Con un ademán, el viejo hizo desaparecer esos pensamientos, pero inmediatamente se le superpuso la imagen de la diva Bertini esperando detrás de una ventana de hierro labrado la llegada de un nuevo ramo de flores, porque ahora, después de un matrimonio tormentoso y sin futuro, ella empezaba a conocer varias cosas, entre otras, tal vez, la ensoñación.

(1988)

 * Ramón Illán Bacca nació en Santa Marta, Magdalena. Publicó los libros de cuentos Marihuana para Goering (Lallemand Abramuck, 1980), Tres para una mesa (Ediciones La cifra, 1991), Señora Tentación (M.I. Editores, 1994) y El espía inglés (Eafit, 2001), y las novelas Deborah Kruel (Plaza y Janés, 1990), Maracas en la ópera (Planeta, 1999; reedición Editorial Uninorte, 2018), Disfrázate como quieras (Seix Barral, 2002), La mujer del desfenestrado (Ediciones Pijao, 2008) y La mujer Barbuda ( 2011).  También fue el autor de la serie de  artículos Crónicas casi históricas (Ediciones Uninorte, 2007). Dirigió el proyecto Voces 1917-1920 edición íntegra (Ediciones Uninorte, 2003), por cuyo prólogo obtuvo el Premio Simón Bolívar 2004 en la categoría de mejor artículo cultural. Murió el 17 de enero del año 2021.