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RESEÑA

Una décima gata para acompañar esta novena sinfonía

27 · JULIO · 2026

Un gato ha entrado en mi sueño, Fabio Martínez. Adriana Villamizar, reseña, Silabario
Por: Adriana Villamizar
Profesora Universidad del Magdalena
Cineasta y escritora

Si yo fuera una gata, lo más probable es que sería de raza angora, no muy pura, pero con toda su altivez característica. Tendría tonos grises con lunares blancos, y el pelo en total desorden y alborote. Me escaparía de uno y otro hogar de paso, para andar libre y caminar a pasos cortos pero alegres, dejando que la brisa acaricie mi lomo, mientras vagabundeo en las tardes por las calles aledañas al río que atraviesa a mi bella y gatuna Cali.

Mis ojos, también grises, otearían muy atentos a la espera de Madame Emily, a quien he mirado desde mi escondite cuando viene a comprar el salmón de Canadá y leche deslactosada. Lo que más quisiera es pavonearme cerca de Madame y enamorarla para que me lleve a vivir a su casa. Sí, de ahí no me escaparía, ya la conozco, de lejos he visto a los nueve que me aceptarán en la manada y hasta a El tigre, que no se ha dado cuenta que lo espío desde un árbol cuando no levanta su cabeza del computador, más que para revisar y preguntarle a Lolita González si está de acuerdo con el párrafo que acaba de escribir.

Estoy segura de que allí encontraré el hogar que ando buscando hace buen rato. Madame Emily me ha mirado, lo sé, la descubrí un día cuando estuvo a punto de acariciarme, pero no se atrevió a interrumpir la siesta que hacía junto al gato negro y con manchas de colores que está en el Boulevard del río. Si no es porque la amiga con la que iba salió corriendo a pedir el baño en uno de los restaurantes de enfrente, ese día Madame Emily se habría inventado cualquier cosa para llevarme a su mansión de gatos.

Está decidido, ese será mi hogar y dejaré el vagabundeo eterno. Donde hay nueve pueden caber diez, ¿por qué no? Quiero perderme en esa biblioteca inmensa y leerme todos los libros, aunque, y uno a uno, los primeros que gozarán mis ojos grises serán los escritos por el Tigre. Cómo no irse de pachanga con La gente pide para bailar tumba y bongó o con El tumbao de Beethoven, quiero entreverarme en las páginas de Balboa, el polizón del Pacífico o en la biografía de Jorge Isaacs de La Búsqueda del paraíso, sin que me falten, Del amor inconcluso y entre otros más, El desmemoriado.

Puede ser solamente una intuición, pero creo que el tigre ha de ser Fabio Martínez, escritor, ensayista y columnista caleño nacido en 1955, doctor en Semiología, magíster de La Sorbona en estudios iberoamericanos y profesor titular en la Universidad del Valle.  Lo he leído desde 1988 cuando publicó su primera novela Un habitante del séptimo cielo. Apenas acababa de regresar de su estancia en Francia y España, “donde al contemplar la luz crepuscular en Madrid”, tomó la decisión de poner en pausa el teatro y la música, sus otras dos grandes pasiones, para dedicarse por entero a la narración, que, entre novelas, cuentos, ensayos y antologías, ya suman más de veinte títulos, hasta llegar al que acaba de ponerle la palabra ‘fin’ y lleva por nombre Un gato ha entrado en mi sueño (Pigmalión).

Una vez Madame Emily convenza a su marido, El tigre, tendré que ganarme la confianza, primero de Duquesa, a ella hay que respetarle su lugar como la jefe de la manada. Pero caerá derretida cuando la mire con esta ternura que se me desborda, ahora que soy feliz por haberlos encontrado en este libro donde mis próximos hermanos son los protagonistas y en el que para cada uno de mis congéneres hay un relato. Yo, que he rechazado órdenes y nombres, aceptaré sus reglas y llamarme como ellos, mis padres, quieran hacerlo.

Duquesa me contará sus aventuras en Egipto cuando conoció a Bastet, la gran diosa de todos nuestros ancestros, también le preguntaré detalles del día en que la manada se convirtió en la inspiración y musa del maestro Tejadita. Si así gano su afecto, me presentará a Katia, Tita, Teo, La Negra y Lupita, porque a Lolita ya la he saludado desde el árbol donde vengo haciendo la cacería hace rato. Ella sabe que no soy un peligro, además, puedo convencerla para que entre las dos leamos los manuscritos diarios de nuestro padre El tigre.

Después vendrá tarea dura con Moro, ese gato furibundo con su propia especie y, aún más con Toby, el Tinieblo, pero no porque sea malencarado como El Moro, sino porque puede llevarme de nuevo, y con toda facilidad, por las calles de la perdición nocturna que tanto me gustaban en otros tiempos. Ya no, mi razón de ser y estar ahora es otra, y aunque soy felina desde la cocorota hasta las pezuñas, me caen como anillo al dedo las palabras de El Tigre cuando en el capítulo dedicado a El tinieblo, le dice a su amor Madame Emily: “Yo era como Toby en mi juventud. Los seres humanos vivimos cambiando de piel, en cada momento de nuestras vidas”.

Leo despacio y con su armoniosa cadencia Un gato ha entrado en mi sueño, y como si fuera un exquisito manual de instrucciones, los pormenores del día en que todos los gatos estuvieron en la sesión de fotos: “La más agraciada de todas es Katia, que no necesita ponerse maquillaje porque ella tiene una belleza natural. Duquesa le sugiere que se coloque un corbatín rojo a la altura de su cuello. La Negra repasa un cepillo por su smoking natural, contornea sus pestañas, y luego se pone un corbatín color naranja en la garganta. Teo y Moro se peinan sus gruesos bigotes, y lucen unas corbatas de lunares rojos y amarillos. Tita, Lolita y Lupita se limpian las patas, y se colocan una diadema de colores a la altura de sus cabezas. Y Toby, el tinieblo, se viste un saco leva con charreteras y botones dorados, que le llega a sus pies”.

La tarea no será fácil, aun no sé qué tan bien recibida sea una décima gata para acompañar esta novena sinfonía. La felina verdad es que quiero ganarme la portada del libro escrito por Fabio Martínez y al que ha titulado Un gato ha entrado en mi sueño. A eso he venido. No pude resistirme al olor fresco del salmón y de las croquetas de atún, y Madame Emily no se dio cuenta o tal vez se hizo la despistada cuando me le colé entre la gran bolsa de papel, que ahora entregan en los supermercados para ver si algún día, y, finalmente, dejamos de usar plásticos. Mi dueña, entonces, abrirá la bolsa en la cocina de la nueva casa a donde se han ido a vivir con toda la manada y apenas me enrosque en sus brazos con toda mi elegancia, no podrá echarme a la calle porque pensará que soy un regalo inesperado. Y como llegaré de última a la manada, no puedo exigir que escriban un cuento en mi nombre, pero con este garbo desbordante y mi belleza, podría lograr mi mejor pose para la carátula de este libro de relatos donde los felinos somos los que mandamos y tenemos tanto la primera como la última palabra.