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CUENTO

Viajando a ninguna parte, un cuento de Milciades Arévalo

06 · OCTUBRE · 2026

Milciades Arévalo Silabario Cuentista Colombia

Mi abuela era sorda, pero lo oía todo muy bien, eso pensé en el momento que “Pateperro” comenzó a ladrar en el solar y me mandó a ver quién había llegado. Era Rosario, vestida vaporosamente de rosado con una canastilla en las manos. Vivía en una casa perdida entre las veraneras, al otro lado de la carrilera.  Me preguntó por mi abuela.

-Está en la cocina haciendo arepas; ya se la llamo —le dije.  Rosario se sentó a esperar a mi abuela, en la piedra de moler que había junto al aljibe. Estiró las piernas y las manos, plena de vida. Las hebillas de sus zapatos de charol brillaron al sol de la tarde. Era agosto, el viento peinaba los cabellos dorados de Rosario y todo parecía como de aire. Yo mismo era un habitante del aire, vivía del aire….

— ¿Tu abuela sabe leer? —me preguntó de pronto al ver un montón de libros en la mesa del comedor.

—Sí.  Mi abuela es sabia. Tiene un montón de libros que le regaló la señora Simona, pero están en francés —le dije para que dejara de hacer preguntas que yo no podía contestar. Frunció los labios, se alisó los rizos y luego se miró los zapatos, cuidando que estuvieran limpios. De pronto dijo:

—Mi papá conoce todo el mundo y no sabe leer.

El papá de Rosario era el jefe de líneas del Ferrocarril del Nordeste. En ese ir y venir del tren por pueblos sin nombre no estaba el resto del mundo. Eso estaba claro, pero Rosario era muy fantasiosa y había que creerle cuando decía mentiras.  A mí no me importaba conocer el mundo sino mirar a Rosario.

—No me mires tanto que me pones triste —dijo.

Para impresionarla más, le dije que mi abuela, además de sabia, era bruja porque sabía todo lo que iba a pasar el resto del año.

— ¡Eso es imposible! —Sus palabras resonaron en mis oídos como campanitas de cristal. Iba a decirle que si quería comprobarlo viniera cuando mi abuela estuviera dormida, para mostrarle un montón de cosas que escondía en la petaquita que guardaba debajo de su cama; pero mi abuela, al oírnos hablar tan animadamente salió al patio y se quedó mirando a Rosario. Rosario me miró y yo miré a la abuela.

— El domingo voy a visitar a mi papá —le contó Rosario a mi abuela y bien pronto pasó la tarde sin que Rosario dejara de hablar del viaje. Poco después de las cinco de la tarde se fue para su casa con una canasta de huevos, dando brinquitos de dos en dos. Rato después, el cielo se encapotó, un relámpago iluminó la lluvia; “Pateperro” se escondió debajo de la cama y mi abuela, que era más sorda que el que no quiere oír, oyó llorar a un niño. Para desgracia nuestra, cayó un rayo que partió el eucalipto que había en mitad del patio y mató un cerdo y tres gallinas.

Al día siguiente volví a la escuela. Con tantos ventarrones y aguaceros torrenciales, el techo se había caído. La maestra con toda prontitud le mandó una carta al alcalde del municipio pidiéndole que mandaran a reparar el techo lo más pronto posible. Tres meses después vino un señor que dijo ser el secretario de educación del municipio. Era tan enteco que no parecía ser hijo de la misma madre sino de distinto padre.

Para festejar la llegada a la escuela de tan importante señor, la señorita Rebeca Linares contrató la banda de Suesca y un par de funámbulos que hicieron las delicias del público, atravesando de un salto un aro de cuchillos, pero no hubo tiempo para la lectura de poemas, porque se sirvió el almuerzo al que asistió el párroco, la mujer del alcalde, el comandante de la policía y otras personalidades importantes del municipio. El almuerzo no alcanzó para todos.

Abrumado por tantos agasajos donde menos lo esperaba, el secretario de educación nos habló de la paz, del triunfo de la democracia, del señor presidente y sus ministros, de los límites del país y hasta de la mojarra frita. Enardecido por tan sabias palabras, levanté la mano para preguntar cómo se llamaba el presidente.

Hubiera preferido morirme. Accidentalmente tumbé el tintero de la niña Martha, una niña que sufría de melancolía y se la pasaba suspirando. Unas cuantas gotas de tinta alcanzaron a salpicarle el pantalón al secretario de educación quien, de inmediato le pidió a la señorita Rebeca aplicarme un castigo ejemplar delante del alumnado de la escuela La Fuente del Saber. La señorita Rebeca, tomó mi mano entre sus dulces manos y me pegó con una vara de rosa hasta hacerme sangrar. Sé que lo hizo porque era su deber   y por eso no lloré.

El domingo, cuando Rosario fue a visitar a su padre, yo estaba en la estación vendiendo caramelos de leche para completar el arreglo del pantalón del secretario de educación. Cuando ella subió al tren, la vi tan radiante que pensé que volvería más feliz que otras veces, pero no fue así: como la noche anterior había llovido mucho, una avalancha de tierra taponó la vía y el tren se estrelló contra las tinieblas de la noche. Mi abuela dijo que Rosario nunca debió tomar ese tren.  Ella sabía lo que decía porque era bruja desde chiquita. Tenía una petaca llena de cosas, un talismán de fantasías, una bola de cristal, hilos de colores, anillos de compromiso y amuletos de encantamiento.

Cuando entré a la iglesia a rezar por Rosario, todas las luces estaban encendidas y olía a tristeza de manera miserable.  En la nave central estaba el ataúd y dentro del ataúd, Rosario, con una diadema de pétalos en la cabeza, vestida de blanco.  Nunca la había visto tan cerca de mí como para darme cuenta de que tenía pecas en la cara. Y mientras miraba su rostro, la curvatura de las cejas, sus labios trémulos, pensé en las cartas que yo le había escrito para decirle que la amaba… Mi letra era horrible, lo sé, pero Rosario me hubiera entendido de haber leído una sola de las muchas cartas que le dejé entre las veraneras de su patio de aromas, cuando yo pasaba para la escuela. No sé si eso era amor. Mi amor era más de viento que de amor y tal vez por eso, ella nunca se enteró que yo le escribía las cartas de amor que el viento se llevó.

Desde entonces, cada vez que oigo pasar el tren, pienso en Rosario y la veo vestida de blanco, corriendo por un sembrado de trigo, tratando de alcanzar las cartas que se llevó el viento, pero me engaño. Rosario sólo pasó una vez por mi vida en un tren que jamás llegó a su destino.