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POESÍA

“Cancerberos”, poemas de Jáder Rivera Monje

14 · OCTUBRE · 2026

Jader Rivera Monje Silabario Poeta Colombia

1

Amarrado a los árboles del bosque,
cazado como un tigre,
rabioso y vulnerable,
miro a mis cancerberos.

Me preguntan:
¿Eres poeta? ¡Haznos el milagro!
¡Libérate!

Cierro los ojos.
Estoy entre bocas oscuras de fusiles.
Mariposas amarillas se levantan
de excrementos humanos,
hay ríos crecidos, desbordados,
tempestades de las que no sé
si están en el cielo o en mi pecho.

Detesto cuanto he escrito.
Miradme atado a los árboles
y a punto de morir.
Poetas bastardos, inútiles,
indolentes, engreídos,
hinchados de vanidades,
¿qué podéis hacer por mí,
por mí que necesito tanto de vosotros?

Hablo con los secuestradores
y hallo amargura en sus almas.
Me quedo callado.
El vientre del cielo es pardo
y su luz lechosa.
Hace frío. Me ovillo.
¿Qué luz iluminará mi espíritu?

2

Amo al mayor de mis captores,
al más robusto y oscuro.
Terrenal, hediondo a pedos,
a sangre, a hierros oxidados,
me asombra y lo amo
con ese mismo amor, acaso,
que un dios distante y frío
ama a sus criaturas.

Le digo:
No habéis secuestrado a un hombre.
Habéis capturado a un pájaro.
Mas no cantaré para vosotros
no porque no seáis digno de mí
sino porque he descubierto
la inutilidad del lenguaje.

Me podéis tomar del cuello,
arrastrar por la ladera
y en un claro del bosque,
blandir el hacha y hacerme astillas.

Podéis meter mi cabeza en la quebrada
y hacer que me beba toda el agua del cauce,
o colgarme de las manos a los árboles
y dejarme allí, por siglos, con hambre,
con sed, eternidades.

Te repito:
No habéis secuestrado a un hombre.
Habéis capturado a un pájaro.
Y no cantaré para vosotros.
He desterrado de mi boca las palabras.

3
Yo era un grito inmenso,
una herida abierta de espanto.
Y sólo estaba el árbol del dolor,
el cuerpo solo, el espíritu torturado.

No sentía los brazos, las piernas.
El dolor había borrado mis contornos.

Les dije, les imploré a mis captores:
Los dedos no.
Por favor, los dedos no.
Pero una a una me arrancaron las uñas
y aún sangrando,
se las enviaron a mi padre.

Sobrevino entonces el silencio.
Y escuché
que todos los árboles del monte gritaban;
todos los pájaros, todas las estrellas
gritaban en mi nombre.

Te dije:
Oh cuerpo mío,
¿Por qué no te desprendes de mí?
¿Por qué te aferras cuando bordeo la muerte?

Para entonces yo no tenía cuerpo.
Era sólo una carne palpitante
arrojada a las bestias del monte,
un miserere susurrado
por los labios exangües de un muerto.

4

Estoy aquí.
Descanso sobre un túmulo de hojas.
El descansar es un decir.
Mi cuerpo sólo quiere sumarse a la tierra.
Pero algo lo detiene.
Un último aliento aletea como pájaro
en el pecho
y vuelve, a ratos, a la vida.

Llueve.
Sé que llueve. Siento la lluvia.
Escucho el agua caer sobre el monte.
Las hojas murmuran.
Las hojas de los altos robles me hablan.
“Vuelve a la vida – me dicen,
Recupera tu cuerpo.”

Los ojos se abren y la luz me inunda.
Los dedos duelen, pero ya son mis dedos.
La lengua de una bestia lame mis pies.
Estoy descalzo y siento el calor de la saliva.

“Torna a la vida”, dice el corazón.
Y empiezo a escuchar el reflujo de la sangre
en la tarde de noviembre,
bajo la lluvia y los truenos y los relámpagos.

5

Pienso en el dolor. Quiero hablarle.
Lo busco por todo el cuerpo
y lo encuentro
en las uñas fantasmales,
en los ojos cruzados por las sombras,
en la garganta que traga saliva
y grita como si tragara piedras;
en el estómago que gruñe,
reclamando el alimento;
en los pies lacerados,
en la espalda arañada por las zarzas.

Pienso en el dolor. Quiero hablarle.
Preguntarle por el sacrificio
de las gallinas degolladas
y de las vacas que sesteaban en la tarde;
por las hormigas aplastadas por los pies,
y el ave destrozada por el gato,
y el ratón tuerto que vivía en mi jardín.

Quiero hablarle, preguntarle
si en ellos también estaba el dolor,
si en las hojas de los árboles al caer,
si en los peces que agonizan a la orilla del cauce,
si en la hierba que se marchita,
si en la vibración y el estallido de la chichara.

Pienso. Se nubla mi mente.
Alguien se baña desnudo en el río.
Fluye su sangre al tropezar con una piedra.
Grita y yo entiendo su dolor.
Míos son sus pies y sus dedos heridos,
y la sangre que brota y se la lleva el agua.

6

No hubo súplica,
poder humano o divino que lograran liberarme.
Solo el dinero abrió la puerta de la jaula.

Recorro las calles,
aún con la soga ciñendo mi cintura.
Los árboles a los que estuve atado
aún me siguen.

Aún me fustigan con palabras,
con hierros oxidados.
Aún me dicen “Poeta, libérate”
y a mí me sangran de nuevo los dedos,
los ojos, los oídos, la nariz, la boca.

Estoy enfermo.
He de admitir que estoy enfermo.
Me enferma esta vida,
esta patria, esta estupidez de gentes,
este andar a diario
y ser llamado
“restos de un alguien que antes fuera”,
“el pobrecito del poeta.”

7

Yo estoy aquí, quieto, sin ofender a nadie.
El mediodía ronda mi cuerpo y lo incendia.
¿Y tú vienes y preguntas por El Mañana?

Ve,
pregúntale al poeta que salió hoy en la prensa.
Él, que tanto habla de la vida y de la muerte,
del amor y el desamor.
Él, que dice ser el faro del mundo
y ustedes simples náufragos en el mar de los tiempos.

Ve y pregúntale, pregúntale a él.
Acaso él te responda:
“El Mañana resplandece en tus ojos”
y otras tantas cosas que se dicen sin decir nada.

Yo solo estoy aquí, quieto,
en este ahora, bajo el sol, sin ofender a nadie.

Dime:
¿Quién te dijo que yo era un profeta?
¿Quién te dijo que yo te salvaría de ti mismo?

8
Esto me han preguntado:
“¿Si tu casa ardiera en llamas,
qué libro salvarías?”

Yo les he respondido:
¡Imbéciles, me salvaría a mí mismo!

Creo que esto los ha molestado.
No han vuelto por mi casa.
Bien sé yo que quieren un poeta mártir,
sentir el olor del humo
y la carne chamuscada.

Yo, paradójicamente,
moriría por salvar mi vida,
como lo harían las gallinas y los cerdos,
las vacas y las cabras,
y todas las criaturas simples del campo.

9

Salgo a caminar.
Dos obreros vienen a mi encuentro.
Me dicen:
“Qué Dios te bendiga, poeta.
Te queremos vivo por siempre”

Yo callo.
Pero hubiera querido confesarles:
Ojalá hubiera sido el carnicero del pueblo
para que ustedes me dijeran:
“Te encargo para mañana una libra de huesos
y una costillita de cerdo para mi amada.”

De esta forma, y sin ofensas,
me sentiría mejor.

10
Esto me han reclamado:
“Es la canícula.
El sol anda por encima y por debajo de la tierra.
Había un árbol, pero se ha secado.
Si al menos tus palabras sirvieran para hacernos sombra.”

Yo vuelvo sobre esto una y otra vez.
He aquí la inutilidad de mi oficio en tiempos terribles.
No digas de mí que soy poeta
si con las palabras no puedo hacerte sombra.

Si al menos pudiera hacer crecer un árbol,
al decir: crece árbol.
Todos saben que un árbol al mediodía es mejor
que un poema.

Sueño con hablarles del agua,
y que al nombrarla brotara de la peña.
Pero esto es asunto de dioses y mesías.
Yo solo soy un hombre preocupado por la vida.

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